La enfermedad de los otros

Entre mi interlocutor y yo hay más que un metro y medio de distancia. Nos separa también una mascarilla, gel hidroalcohólico y miedo. Le observo a través de una mampara, como si de un animal enjaulado se tratase y yo estuviera en un zoo, en lugar de un centro cultural. Presto atención con todos mis sentidos, pero sus palabras se pierden en un discurso inextricable. Desisto, ya no quiero saber el motivo por el que no me puede dar un folleto de la exposición. Me embadurno las manos en ese gel que se come el esmalte de uñas y me siento en un taburete preguntándome si alguien lo limpió antes o si lo harán cuando me levante. Extiendo mis brazos a modo de parapeto, “distancia social”, me digo. Un círculo fosforito marcado en el suelo me indica el espacio que me corresponde. Ahora yo también estoy en mi propia jaula.  A lo lejos, hay una pareja que usa sus mascarillas como brazalete. Involucionamos. Asumámoslo. Estamos condenados a la extinción. 


De camino a casa me encuentro más mascarillas convertidas en brazaletes, baberos y bandanas. Sabía que sería el complemento estrella de la temporada, pero no contaba con que la sinrazón también se pusiera de moda. “Uno, dos”, comienzo a contar, “tres, cuatro, cinco, seis, siete”. Un señor mayor camina hacia a mí, cuando llega a mi altura, se retira la mascarilla y tose, yo le increpo: “Al codo, joder”. Él me mira con resignación, como si quisiera decirme: “Si tú no te vas a morir”. Mascarilla, distancia social y codo, ¿es tan difícil?


Desconfío de la tos y de las caras descubiertas. La COVID-19 existe, pero lo hace camuflada. Se camufla en los cerca de 100 nuevos casos que se han registrado en Almería en los últimos días, en las terrazas abarrotadas del sur y en los ascensos del fútbol. Se camufla en la inconsciencia, la irresponsabilidad y la ignorancia. Ahora nos enfrentamos también a la enfermedad de los otros, aquellos que, desprovistos de memoria, olvidan a los muertos y los días en que dejamos de ser libres. Esa será la nueva pandemia. 


Llego a casa, segura, y comienzo con mi particular ritual de higiene: me descalzo, limpio las suelas de los zapatos, echo a lavar la ropa, tiro la mascarilla y me ducho. Creo que ya no me queda PH en la piel, ni ropa sin manchas de lejía. 



Cuentan que hay personas que han desarrollado el síndrome de cabaña y un miedo atroz les impide salir a la calle. No se pierden nada. Total, nos volverán a encerrar y esta vez será por la enfermedad de los otros. 



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