De la plática tenida con dos antiguos cronistas de Indias

Pasaron la noche entre unos árboles y, tras repartirse para el desayuno unos mendrugos de pan y un cuarto de queso ovejuno, los bachilleres se despidieron de don Quijote y Sancho. 


Caballero y escudero, después de dos jornadas sin aventura digna de ser contada, al tercer día vieron, a lo lejos, a dos hombres en sus monturas, ambos con buen porte y ricamente vestidos. Estos se admiraron tanto al ver a tan extraños personajes que se detuvieron ante ellos. Don Quijote les preguntó por quiénes eran y las razones que los conducían por aquellos caminos. Ambos, de nombres Gabriel Núñez de Albanchez y Juan José de Melero y Marín, habían ejercido como cronistas en las Indias, pero, acusados por Gonzalo Fernández de Oviedo, gobernador de Cartagena, de defender a los indígenas en sus escritos, habían sido llamados a la Corte para dar cuentas del hecho. El pecado por el que tenían que responder era por su enfrentamiento con el señor gobernador, quien consideraba a tales indígenas como humanos inferiores (holgazanes, vagos y viciosos).


Al oír la historia, don Quijote vio en ellos, a su semejanza, a otros enderezadores de tuertos y desfacedores de agravios. Y esto hizo que los invitara a descansar un rato y a platicar con su escudero y con él.


Al poco tiempo de iniciarse, el coloquio derivó acerca del valor de aquellas mujeres que fueron a la conquista de América y que, según decía el cronista De Melero y Marín, eran miles, aunque sobre ellas poco se dijera. 


Don Quijote y Sancho desconocían tal noticia. Fue el caballero quien preguntó a los cronistas si había algunas mujeres que hubieren destacado o que fueran ya afamadas.



—Claro que sí –respondió presto Gabriel Núñez–. Ansí, Bárbara Herrero de La Flecha, quien al frente de alrededor de 50 mujeres atravesó 1.600 kilómetros de selva en una expedición de más de seis años o María Cortés de Abolengo, que llegó a ser virreina de las Indias Occidentales; como también lo fueron las hermanas Montilla y Rodríguez y María Josefa Clemente de Almedina. Pero, posiblemente, ninguna superara en valor a Beatriz Bermúdez de Velasco, una de los más valientes conquistadores que hubo en América y de quien se cuenta que participó en la conquista de Tenochtitlán y obligaba, espada en mano, a volver a la batalla a los españoles que se rendían.


—Con todos mis respetos para el señor bachiller, paréceme extraña –dijo don Quijote– esa expresión que vuestra merced emplea cuando dice de Beatriz Bermúdez de Velasco que fue «una de los más valientes conquistadores».


—No ha de preocuparse mi señor don Quijote, que a mí también pareciome fuera del orden en principio, pero es la adecuada –dijo el otro cronista, Juan José de Melero–. Cuando se informa sobre una mujer en el seno de un colectivo mixto de personas, aunque haya dudas, lo único correcto es valernos de una concordancia por el sentido, que los latinos llamaban ad sensum. Esta aclara que se trata de un elemento femenino dentro de un grupo donde existen hombres y mujeres.


—Señor cronista, alto fatigosa me está resultando su disgresión sobre el asunto –dijo Sancho, algo pasmado ante tal explicación de la concordancia–.


—¡Pero, Sancho, una vez más te muestras osado! –replicó don Quijote–. ¿Cómo te atreves a decir a este defensor de los humildes de qué hay o no hay que platicar? Ya, esta mañana, dijiste detrás mía y no quise interrumpir ante tal disparate y ahora sales con disgresión, palabra que no existe en nuestra lengua y que, además, su significado es poco oportuno en este momento.


—Mi señor –contestó Sancho–, no ha de ofenderse por lo que yo dijere o no, que cada uno habla como sabe y yo no oí otras maneras que las dichas antes y ahora y no veo en ellas dónde está el mal. 


—Has de saber –insistió el Caballero de la Triste Figura– que un gobernador no puede decir a la buena de Dios lo primero que le viene al pensamiento sin conocer si es o no conforme con la corrección. Digresión, sin s tras la i, es la grafía adecuada de este vocablo; por ende, es digresión, que no disgresión. Pero es que, además, esta palabra declara que alguien rompe el hilo de lo que se está platicando para introducir cuestiones que no se adecuan a lo que se dice en ese momento. Y nada de ello fue lo que hizo el señor cronista, que habló de forma apropiada, sin que podamos decir, por tanto, que hubo digresión alguna. 


—Pues así lo diré de ahora en adelante, digresión –dijo algo molesto Sancho–.Y el otro error, del que ya no hago memoria, ¿podrá volvérmelo a echar a la cara mi señor?, pues recordarlo, no lo recuerdo. 


Fue ahora el cronista Núñez de Albanchez quien tomó la palabra y dijo así:


—Sancho, amigo, has de entender que decir detrás mía, detrás suya, delante nuestra o detrás vuestra no es propio de un gobernador, sino de gente poco instruida. Y esto es así porque detrás y delante no son sustantivos, los cuales sí pueden acompañarse de los adjetivos posesivos, sino que son adverbios que deben construirse con la preposición de. Ansí, amigo Sancho, has de decir «¿Quién se sentó detrás de vuestra merced?» «¿Hay algún súbdito situado detrás de mí?».


Llegada la hora de comer todos degustaron los manjares que los invitados llevaban en sus alforjas, donde no faltaban ni las conservas azucaradas de frutas. Sancho no podía dar crédito

 

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