La peor de las pandemias

Si los microbios tuvieran boca, la sonrisa del coronavirus se vería desde la EEI. La atención que está recibiendo este pollito coronado es inversamente proporcional a su tamaño. No tendrá vanidad  ni egocentrismo este bichito. Andará ajeno a la que está liando con la ayuda de los medios de comunicación de medio mundo. Supongo que sus compañeros del enorme mundo vírico no tendrán envidia tampoco. Si fuera así, se los llevaría los demonios a los de la gripe vulgar, al de la hepatititis, los del SIDA, el del papiloma, este y el otro. Incluso se corroería a si mismo ese virus tan familiar que no nos abandona a muchos humanos y cada año asoma en el labio en forma de simpática pupa o herpes.  


En los últimos días, los seres multiorgánicos que nos llamamos humanos nos hemos dado cuenta de que la expansión de noticias sobre el virus ha ido más rápida aun que la expansión del propio bichito. El tiempo y los hechos dirán si esta ha sido la primera fakendemia del siglo XXI. 


Años antes de que el coronavirus sea el último motivo de celebración hipercomunicativa universal, me preocupaba otro virus que verdaderamente se ha expandido hasta anidar en gran parte de la especie Homo Sapiens Sapiens


Conocemos más de los virus físicos que de la estupidez humana. De esta no se sabe si tiene proteínas, doble hélice, capa grasienta o qué. Los virus son unos seres simples, como las tonterías. Viven de los demás,como la estupidez. Necesitan de un cuerpo ajeno para alojarse, como la simplicidad.  



El lerdovirus 2000 ha arrasado en pocos años con la mayor virulencia que he conocido a cualquier microbio. El lerdovirus digital ha acabado con las diferencias de pensamiento entre edades, entre latitudes, con la historia y el tiempo, con la tolerancia, con el sosiego, con la duda y la crítica.  


La pandemia ha sido virulenta, rápida y simpática y ha necesitado la comunicación como medio de transmisión. Los medios de comunicación tradicionales se plegaron a los medios digitales. El mundo digital ha sido el vehículo de los virus culturales que se han ido propagando por distintos meridianos y latitudes del planeta, imparables. Ha arrasado con la diversidad cultural. Han usurpado y secado conceptos seculares hasta hacerlos inermes. Los cerebros humanos ya no necesitan actividad neuronal propia, solo requieren que aniden estos pocos virus, iguales, y lo harán de forma muy agresiva y efectiva.  


Miremos el caso de Plácido Domingo. Antes del virus podríamos tener una riqueza de respuestas biológico-conceptuales para analizar médicamente el tema que incluían anticuerpos como llamarlo abusón, cerdo, grosero, salido ...hoy, tras la colonización viral solo tenemos una única respuesta: Domingo es un agresor sexual. El biotopo del virus se extenderá pronto y alcanzará a los pagafantas de discoteca y a los chulos de playa. Si ambos existieran aún, que lo ignoro. Esperemos a la ley de Irene Montero para que lo aclare. Este es solo un ámbito concreto en el que el virus de la tontería ha arraigado. 


No es pura coincidiencia ni metáfora que hace poco más de dos decenios se eligiera el término ‘virus’ para las usurpaciones invasivas digitales. Recuerdo bien el primer virus digital de ámbito universal, se le denominó “I love you”, e hizo estragos entre unos aún inocentes usuarios de ordenador. 


Tampoco es casualidad que se use el término ‘viral’ para aquellas conductas repetitivas que triunfan por copia, imitación y replicación. De ellas, las tonterías son las más virales, a veces vestidas con prendas de solidaridad o de impacto emocional. 


Años antes de internet, el biólogo y filósofo Richard Dawkins acuñó el término ‘meme’ en el mismo sentido. Introdujo la idea de que la cultura es parte de nuestra selección natural y sobreviven aquellas unidades con potencia para ser replicados con éxito. Y estas suelen ser las ideas simples como los virus o los genes. 


Dawkins ignoraba que en español tenemos el término ‘memez’ tan próximo a su neologismo. La memez ha sido la gran epidemia que arrasó con todo en el planeta, la terrible pandemia de la estupidez universal.


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