Cartas y poemas del maestro de Fuenllana

A  caballo entre la indiferencia de muchos y la pasión de otros, la resaca valentina de este fin de semana nos deja la evidencia del arraigo y vigencia en nuestro entorno de la celebración del día de San Valentín, efeméride que en realidad conmemora el martirio del sacerdote romano Valentín de Terni. El conocido como patrón de los enamorados perdió la vida por apadrinar matrimonios secretos de parejas jóvenes, actuación que le causó el enfrentamiento con el emperador Claudio II. Con San Valentín o sin él, el amor habita en la vida del ser humano y escribe infinidad de historias donde concurren todos los sentimientos.


Una de esas hermosas e íntimas historias reales me llega entre la comprensión, la admiración y la sorpresa de una descendiente de los protagonistas del relato, quienes han permanecido  vivos en los poemas  y cartas de amor que el tiempo conserva intactos en varias cajas primorosamente custodiadas por Lola, la única hija viva del principal personaje de esta narración que acogió el corazón de Castilla- la Mancha entre finales del siglo XIX y el pasado, si bien sus ecos perviven en el seno de las sucesivas generaciones. Era don Inocencio Marín, notario de Miguelturra, hombre de caballerosa y hacendosa estirpe familiar que no debió reparar en planes y proyectos para el futuro de su familia, sobre todo para su hijo Valeriano. Dado a la altas costumbres de la sociedad de entre siglos –XIX y XX-, gustaba el Escribano ocupar su entretenimiento en timbas y partidas en las que se ganaban fortunas y se sembraban ruinas. En uno de los lances de naipes la suerte se olvidó del notario y perdió hasta la casa familiar, que no tuvo que entregar porque el ganador, conocido y amigo, le perdonó mientras viviese para evitar el bochorno de ver a su familia sin un techo que le cobijase. La imprevista situación obligó a toda la familia a una forzosa readaptación y el frustrado acceso universitario del hijo Valeriano quedó en la obtención del título de maestro nacional. El descenso del estatus de la familia  tuvo otras consecuencias colaterales.


Desde hacía algunos años el obligado enseñante mantenía relaciones con Margarita, una  distinguida joven de la localidad, señorita de piano y bolillo, cuyos progenitores, también de selecta posición social, se mostraron contrarios a la continuidad del noviazgo de la pareja por la repentina bajada de escalón socioeconómico de la familia del novio y por la infravaloración que tenían  del Magisterio. A pesar del ardiente amor que unía a los dos jóvenes, la presión familiar llevó a Margarita a enclaustrarse secretamente en el cenobio de clausura de las Clarisas de Villarrubia de los Ojos. 


Desorientado, presa del dolor y enojado con su propia familia, el maestro se alejó de aquel entorno que le mortificaba. Obtuvo plaza en Fuenllana, “ese lugar de la Mancha…”, de El Quijote, donde sus íntimos sentimientos encontraron confesor en los miles de renglones de amor escritos en la soledad del pueblo manchego a través de cartas y poemas a la amada ausente. Una mañana de un buen día, el maestro se tropezó con uno de los arrieros de la comarca, quien al conocer la procedencia del enseñante, le dio cuenta del relato que se contaba en Miguelturra de una joven que se había recluido en el convento de Villarrubias por el impedimento de los padres a su noviazgo. Azaroso y sorprendido, Valeriano dio una carta al arriero, que la entregó a Margarita, quien, a su vez, comunicó con su antiguo novio. Tras dos años de relación epistolar, un día señalado, la joven abandonó la congregación religiosa. El amor triunfó y Valeriano y Margarita se casaron y se establecieron en Fuenllana, donde la felicidad y el gozo fueron efímeros. En poco más de un año de convivencia el primero y único parto se llevó a Margarita y a su hijo. Desolado y dolido, el maestro hizo por superar el trance y, transcurrido algo más de un año, se casó con Cleofé, hija de una reconocida familia de propietarios manchegos, con quien decidió trasladarse a la capital y con quien fue padre de un hijo, Valeriano, y una hija, Lola. Sin embargo, el infortunio perseguía al  maestro. Una mañana de primavera, la joven y modelica esposa se enfrió y, tras diez años de matrimonio, murió de una pulmonía doble.




Nuevamente solo, con dos hijos menores, el antiguo maestro de Fuenllana se dejó llevar por las consejas familiares y se casó con su cuñada Arcadia, que estaba viuda y era madre de un hijo, Abelardo, quien se hizo piloto del Ejército y en un desgraciado accidente entre Baleares y la Península desapareció engullido por el mar.


Hombre culto, tan alto como sus conocimientos, de semblante serio bajo sombrero alado, maestro de generaciones, el abuelo Valeriano murió en Madrid a los 84 años, pero mucho antes, emocionado, leyó sus poemas de amor y dolor a su nieta, quien ahora, a la muerte de su padre, Valeriano, ha reabierto el legado literario y sentimental que guarda su tía Lola.


Una herencia que habla de su buen hacer como esposo en sus tres matrimonios, pero, sobre todo, de la pasión y de la intensidad, única y profunda, de su primer amor, el que guardan las cartas y poemas del maestro de Fuenllana.


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