Aplausos para el gobernador

Había llegado el momento en que Sancho iba a dar su primer discurso ante sus súbditos. Sería con motivo de las justas de Barataria. Su susto era tal que no solo tenía el estómago revuelto, sino que no dejaba de dirigirse, en busca de amparo, a su señor,  a veces sin saber qué decirle. En una de esas ocasiones, sin embargo, preguntole así:


—Señor, tengo entendido que el buen decir de los gobernadores se premia con aplausos y a mí me gustaría que estos se escuchasen a lo largo de mi plática. 


Cuando don Quijote oyó aquello quedó patidifuso y empezaron a hinchársele los carrillos al tiempo que su boca con tanta risa mostraba señales de querer reventar. 


—Mira, Sancho, - dijo el Caballero de la Triste Figura, sin dejar de reír- los aplausos no son como la primavera, que ha venido y nadie sabe cómo ha sido, sino que los gobernantes recurren a trucos para propiciarlos, trucos que yo no sé si tú podrás hacer tuyos dada tu falta de juicio para estos menesteres.  


— Díga¬me vuestra merced -respondió Sancho, algo airado- cuáles son algunos de esos trucos con que conseguir el aplauso de mis súbditos, aunque con tal nombre más parecen señales de fulleros que de gobernadores, y yo, si bien pobre, soy cristiano viejo, no debo nada a nadie y quiero ser tan digno en mi gobernanza como el que más lo sea. 


Don Quijote, con nulas esperanzas de que fuere a entender nada de lo que pudiere decirle, pensó, con buen citerio, proponerle casos sencillos, por si las pocas luces de su escudero alcanzaban a entenderlos. 


—Mira Sancho, cuando tú vayas a terminar una de las partes de tu discurso, procura que su final sea dicho con parsimonia y con varias palabras o ideas con significados parecidos. Ansí, pongamos que la referida parte haya tratado de la obligación que tienen tus insulanos de cumplir las leyes. Al dicho tema no podrás ponerle fin de manera sencilla, con un solo argumento que lo motive, diciendo algo así como: «porque fuera de la ley no hay, democracia», sino que tal final se ha de reforzar con algún argumento más que insista en la cuestión y habrás de decir así: «porque fuera de la ley no hay, democracia, fuera de la ley no hay convivencia, fuera de la ley no hay derechos». De esta guisa, quedará más contundente, más persuasiv y, lo más importante, cada argumento es un aldabonza que enciende el corazon, predispone a actuar a quien escucha y propicia el aplauso. Y así has de hacerlo tú.  


—Así será –respondió Sancho-. De tal modo que cuando haya de ir a reclamar a mi sobrina los tres burros que mediante cédula de cambio me prometió vuesa merced, no he de decirle «sobrina, dadme los tres burros», sino mejor «sobrina, dadme los tres burros, dadme los tres jumentos, dame los tres borricos».


—Quedose espantado don Quijote con tanta simplicidad y tornose la risa a su cara y así, con mucho esfuerzo por disimular la hilaridad, dio por inútil nuevas recomendaciones pues, aunque no complicadas de entender, ya había oído la versión dada por su escudero una vez explicada esta primera argucia para propiciar la aclamación.  


—Mira, Sancho, contestó Don Quijote, mejor es que busques el aplauso con artimañas más sencillas.  Ansí, has de mencionar a alguna persona querida en tu ínsula y que haya hecho mucho bien por ella, y, si es fallecida recientemente, mejor sonarán los pretendidos palmoteos. Igualmente, el agradecimiento al esfuerzo de alguna institución, por ejemplo,  a los cuadrilleros de La Santa Hermandad, que han impedido que en tu ínsula prosperen los pícaros, rufianes y ladronzuelos, lo que no han conseguido en la misma Corte.  Sobre todo, Sancho, has de presentar con gravedad en el rostro el anuncio de futuras medidas que habrán de beneficiar a tus insulanos. Amigo Sancho, ten por seguro que, tan pronto sea dicho, seguirá el aplauso de los asistentes que verán cómo su gobernador se ocupa y preocupa por ellos. Ah, y no olvides, hermano, hacer ver, y así de nuevo te aplaudirán, la cantidad de inconvenientes que tú y tu gobierno habéis tenido que vencer hasta poder llegar a ese anuncio. Y termino, que tarde se está haciendo ya, pero no sin advertir sobre esta última astucia: cuando veas que tu platica sobre tan enormes esfuerzos como los llevados a cabo por el bien de tus insulanos va a llegar a su fin, has de recordar el pasar del nosotros al yo, para que así vean tu mayor implicación. 


—Señor, no entiendo que quiso decir con el nosotros y con el yo, pero sí el resto de las cosas que han de llevar a los insulanos al aplauso.


—Quiero decirte que si bien cuando hables de los esfuerzos hechos tomes como agentes de ellos el nosotros, o sea, las personas que te ayudan a gobernar, cuando ya se acerque el final de la cuestión y dejado para ese momento culminante  lo esencial, ese nosotros se debe sustituir por la primera persona, el yo. Y ese yo, Sancho, serás tú, que eres el gobernador y el que más ha luchado por conseguirlo.


Sancho siguió sin, realmente, entender nada, pero dio por bueno lo dicho y adelantose en busca de los pocos mendrugos de pan que quedaban y de un pedazo de queso ovejuno, tan duro como una piedra.  Y es que, como buen caballero andante, siempre estaba sujeto a la mucha hambre. 



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