Dos bercianos en el Almanzora

Al borde del mediodía las lomas yermas por olas ocres definidas se suceden encadenadas entre Los Filabres y las Estancias. En los aislados huertos de naranjos y limoneros sobrevivientes la banda sonora del estío, el canto incesante de las cigarras, ocultas, como las grandes musas de los compositores tras las ramas de los eucaliptos, alivia el bramido  ensordecedor de los automóviles y camiones que en sucesión mecánica transitan la –todavía- redia del Almanzora. Las espadañas y campanarios de las iglesias de algunos de los pueblos de la comarca llaman al Ángelus a las doce en punto. A esa hora meridiana, la flama, el “fuego” que llaman los paisanos en días de bochornoso calor, es la dueña y señora de todo el Valle del Almanzora. 


Superado el mediodía, la blanca luz blanca de este rincón del Sur alcanza tal grado de luminiscencia que hace de los párpados un activo fuelle de acordeón en desafinada interpretación.  La marmórea e impoluta cabeza de Antonio López saluda a quienes nos rendimos ante su pescuezo. Las chicharras no cesan en su cántico estival, entreverado con el gorjeo de los gorriones que abraza el paraje de Olula del Río. En este primer día de agosto, con la calor por montera, el Museo-Casa Ibáñez habita su justa ocupación. Salvadas algunas estancias accedo a la planta superior, cuna noble de este parnaso creativo, donde el verbo y la música se hacen arte con nombres bercianos, bajo el prudente testimonio de Ginés Reche, técnico de Cultura del Ayuntamiento orialeño, cicerone e incondicional acompañante de los dos ilustres hijos del Bierzo: el cantautor y compositor Amancio Prada, y el poeta, grabador, escultor y ensayista Juan Carlos Mestre, un tándem imprescindible en el mapa universal de la Cultura. La amplia sala superior acoge el encuentro entusiasta entre el creador e impulsor del Museo y los dos autores bercianos: el poeta y el trovador, quienes reconocen tan admirable empresa, en tanto sus palabras visten de sorpresa y consideración tan valioso hallazgo en este periférico paraje del cogollo de la Cultura patria. 


La casa Ágora, en Fines, es posada hospitalaria en el ecuador de la jornada, donde el juglar de Dehesas y el poeta de Villafranca del Bierzo tercian algunos saludos. La mesa abre boca a la conversación, donde, cuán Guadiana, la temática, amplia y diversa, va y viene sin excesivos ribetes protocolarios, donde se hace presente una sugerencia con vocación de sueño: la interpretación del Cántico Espiritual en la Basílica de las Mercedes La mensajería de los ensoñadores del poeta causa cierto gracejo a los concurrentes, al tiempo que media la genealogía judía y los ancestros de los presentes, quienes disfrutan del verbo sentido de Prada cuando desgrana la experiencia compartida sobre el escenario del Teatro Real de Madrid, el pasado domingo, día 28 de julio, en el concierto de despedida del icono de la canción protesta, Joan Báez, cuando la cantante  invitó a Amancio Prada a subir al escenario para interpretar juntos “Adiós ríos, adiós fontes”, el poema de Rosalía de Castro que mejor define la morriña gallega. Prada quedó impresionado y desconcertado cuando, en la despedida, Joan Báez le regaló una de las dos guitarras Martin que ha utilizado en la gira con la que ha puesto broche final a sus 60 años de intensa carrera musical. 


La noche nos convocó en el recital escénico del orialeño Mirador de San Gregorio, abrasado de mística y lirismo, donde el hijo de un panadero y el de un agricultor del Bierzo legaron un generoso ramillete de emociones y sentimientos, del que brotó más de una lágrima sin pañuelo.  Un impagable obsequio correspondido con la natural sencillez de los corazones altruistas de estas sepias tierras del Sur. Tal vez, porque como el verso de Agustín García Calvo, del que Prada se acordó cuando recibió la guitarra de Báez, “Uno solo tiene aquello que da”.





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