Tiempo de bigotes

En algún lugar impreciso del desván de la casa de mis bisabuelos el azar me regaló incierto día un pequeño y curioso utensilio manual que me obligó a inquirir por su utilidad. No tardó mi progenitora en ponerme al tanto de la misma. Se trataba de uno de los muchos peines de barba y bigote que usaba mi abuelo, José Requena, para acicalarse su puntiagudo mostacho y poblada barba. Aquel hecho, al margen de mi propia curiosidad, me  indujo a indagar e interesarme por la vida y milagros de algo tan natural como el vello facial, que ha acompañado al hombre desde sus inicios y que, según el periodo histórico, ha sido símbolo de virilidad, poder y sabiduría.


El bigote no ha entendido de oficios ni menesteres. Obreros, policías, reyes, marqueses, militares, artistas y revolucionarios no han podido resistirse al encanto del mostacho, de la barba o de ambos adornos. Es cierto que el vello ha acompañado al ser humano desde que existe, aunque no se conoce que los primeros homínidos gastaran barba y bigote, pues, simplemente, eran peludos. El bigote es algo más que pelo en el labio superior, ya que requiere ciertos cuidados y acicalamientos. A decir de los entendidos, el primer retrato que se conoce de un hombre con bigote es el de un mayordomo de la dinastía sexta del antiguo Egipto, que se conserva en el Museo del Louvre. A partir de esa data el mostacho ha estado presente a lo largo de la Historia, sobre todo como signo de poder, por lo que no debe ser casual la querencia de los dictadores por ese ramillete de pelillos de la fisonomía facial. Los emperadores, los filósofos y todos los padres de la Iglesia han gastado barba y bigote con mucha frecuencia y, además, en el último caso predomina la calvicie, que se asocia a la sabiduría, de ahí el viejo dicho “no habrás visto nunca un burro calvo”. Pero no siempre el bigote ha adornado el rostro del varón. A partir del siglo XI perdió adeptos y la clerecía arremetió contra su uso por considerarlo un signo bárbaro vinculado a comedores de carne y bebedores de cerveza. Sin embargo, entre altibajos y modas, el vello facial se ha ido imponiendo, de tal guisa que el barbero ha cobrado relevancia durante la Historia como un personaje importante, pues a fin de cuentas es quien maneja las navajas junto al cuello, zona vital de la fisonomía humana.


En los periodos revolucionarios y durante el Romanticismo, el bigote adquiere mayor presencia, si bien sus formas se adaptan a cada etapa: hay bigotes largos y afilados, laterales y discretos, estrechos y pequeños, memorables –como los de Quevedo, Einsteín o Groucho Marx, naturales en versión húngara e inglesa, imperiales , de lápiz o cepillo dental..bigotes para todos los tamaños, colores y espesores. Hay bigotes famosos y populares, repugnantes y de infausta memoria como los de los dictadores del pasado siglo, pues todos los usaban: Stalin, Mussolini, Franco…y uno de los mostachos más temidos, el de Hitler, que sembró  Europa de sangre, terror y odio. 


En nuestra historia más cercana, el bigote ha dado para todo, incluso para la política, una utilidad que recientemente me apuntaba un casual barbero al que  tuve que acudir para un retoque barbudo. Según el fígaro, algunos de los dirigentes y responsables políticos que andan inmersos estos días en tiras y aflojas, en querencias, rechazos, cordones sanitarios y pactos para conformar gobiernos y saborear las mieles del poder tendrían que emular a Salvador Dalí, quien aseguraba que cuando pintaba gustaba untarse aceite de dátil en los bigotes –que siempre marcaron las diez y diez- y ponerse un poco de miel en las comisuras de los labios para atraer a las moscas “limpias y elegantes, como las de Portlligat”. El artista abría de vez en cuando su boca para atrapar a uno de los insectos y sentir su aleteo en el paladar. Tal vez sea un método acertado para atraer y atrapar en los propios bigotes a los insectos –perdón, políticos- más reacios al veredicto ciudadano.



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