Comedia y tragedia

Juan Pardo Vidal
00:44 • 04 abr. 2019 / actualizado a las 07:00 • 04 abr. 2019

Llevaba toda la tarde sin mirar el móvil, cosa rara. Estuve viviendo. Eso que hacemos fuera de las pantallas. Estaba yo más feliz que una perdiz. Y ¿por qué son felices las perdices?, se preguntarán ustedes. Pues porque riman, riman con “feliz” y con “felices”, sólo por eso lo son. Las palabras son así, se emparejan con las que se parecen a ellas, son como noso­tros. Estamos hechos de palabras por dentro, célula es una palabra.  


Cuando entré al auditorio a ver una obra de las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro lo puse en silencio para no hacer el ridículo como siempre, y abrí el ‘wasap’ de un amigo, decía escuetamente: “Juan, mi madre acaba de morir”. Fue un gatillazo emocional. Pasé de ser inmortal a estar muerto yo también, de ser una perdiz a ser un topo. No le dije nada a mi acompañante. La obra de teatro se convirtió en una tragedia, recordé el artículo de Millás que había leído sólo dos días atrás y me di cuenta de que, como en su vagón de metro, el Maestro Padilla también estaba lleno de muertos, de gente que iba a morir, que para el caso es lo mismo. Todos los presentes  teníamos en común eso, y ya no me parecían unos extraños, me sentí muy unido a ellos, eran mis compañeros de muerte, una filiación mucho más fuerte que el gusto por el teatro o el postureo cultureta. 


Al salir fuimos al bar Maricastaña a tomar una cerveza y a comer algo antes de ir al tanatorio. —La muerte no es parte de la vida, le dije a mi pareja mientras me comía el cadáver de un pulpo. ¿Quién habrá dicho esa tontería? Eso es mentira, la muerte es parte de la muerte y del teatro. Anita, la madre de mi amigo, era vecina de mi padre cuando eran niños. Se conocían del barrio, mi padre dice que vivía en la plaza del Ayuntamiento, cuando había barrios y la gente se conocía y jugaban en la calle en vez de hacer actividades extraescolares. Años después, su hijo y yo coincidimos en la universidad y nos hicimos inseparables. Casualidades de la vida. No fueron casualidades de la muerte. La muerte no es una casualidad, la vida sí. La vida es la hostia, la vida es casi imposible que ocurra, estadísticamente es más improbable nacer que comprar el gordo de la lotería de Navidad dos veces. En cambio, la muerte es segura, esa siempre te toca. La muerte es lo contrario al sexo, el final de la máquina bioquímica que somos.



El camarero nos trajo un vermú y me dijo que se había comprado el perfume que yo uso. Me había preguntado el nombre hacía semanas. “Blue”, le dije entonces. —¿Como azul en inglés ?, preguntó él . —Sí, aunque creo que los ingleses usan más veces la palabra “blue” para referirse a algo triste que al color. Así que ahora los dos usamos un perfume triste. 


María Castaña fue una heroína gallega que lideró una revuelta contra los poderosos en el siglo XIV y ahora está muerta porque nació en el año de Maricastaña, y todos los clientes del bar también estarán muertos más pronto que tarde y hasta el camarero, que es un buen tío, estará muerto. Como Anita, como yo, como tú que estás leyendo este artículo tan optimista estarás muerto. Te lo comunico con tiempo para que te vayas haciendo a la idea. La muerte, más que entristecer, cabrea.



Llegué al tanatorio, había poca gente allí a esa hora. Hablé con mi amigo, primero de tópicos, frases hechas, y luego de cualquier cosa con tal de que él no pensara. Si yo no me callaba, él no podría pensar en otra cosa que en mis palabras. Hablar, hablar, palabras, palabras, una detrás de otra, puestas en fila india para no pensar y para seguir vivo. 




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