Malos, no locos

Esther Esteban
14:00 • 02 nov. 2018

El deporte es bueno, pero hoy ha tenido un mal día. Mientras el exjugador de balonmano Iñaki Urdangarín recogía su orden de ingreso en prisión en el plazo de cinco días, declarado ya delincuente en sentencia firme del Tribunal Supremo, el presidente de la Federación Española de Fútbol confirmaba en Rusia la destitución del seleccionador nacional, Julen Lopetegui, en la víspera del comienzo del Mundial. Y todo en el día en que el recién estrenado ministro de Deportes, Màxim Huerta, era el objeto de una información de El Confidencial sobre irregularidades fiscales pasadas. Las tres circunstancias dejan preguntas en el aire.


Estos días, mientras contemplo horrorizada, como todos, el testimonio del llamado asesino de Píoz constato, una vez más, que la maldad humana no tiene límites y no dejo de pensar qué clase de monstruo puede acabar con la vida de unos pequeños y sus progenitores a quienes unían lazos de sangre, descuartizarlos a sangre fría, meterlos en bolsas de plástico y después poder irse de fiesta tranquilamente.


Como es lógico sus abogados quieren demostrar, por todos los medios, que padece algún tipo de enfermedad mental porque es mucho más fácil aceptar que alguien es capaz de cometer un acto tan brutal porque no está en sus cabales que pensar simple llanamente, como afirmó el fiscal, del caso que "Para matar no hay que estar loco, solo hay que ser malo".



Los periódicos definen lo que está ocurriendo estos días en el juicio de este modo. "Serio e impasible, Patrick Noguera apenas se inmuta cuando escucha los adjetivos que vierten sobre él: "frío", "calculador", "tranquilo", "ordenado", "inteligente"... Solo tuerce el gesto y se lleva las manos a la cara cuando acaba de declarar su tío Walfran Campos, que sin poder contener las lágrimas se dirige directamente al asesino confeso de Pioz y le interpela entre sollozos: "¿Por qué lo hiciste?". ¿Por qué mató y descuartizó a sus tíos Marcos y Janaína? ¿Por qué acabó a puñaladas con las vidas de sus primos Carolina y David, de cuatro y un año? ¿Por qué metió sus cadáveres en bolsas de basura y los abandonó en el chalé donde cometió el crimen? ¿Por qué se marchó a Brasil?". Aunque aún se desconoce por donde irá la sentencia, lo cierto es que no hay argumento posible, ni siquiera la hipótesis de que se trate de un psicópata que minimice el horror de lo vivido en el chalet de Guadalajara. Su trayectoria, de hecho, es la típica de un niño rico, malcriado y consentido que ha demostrado falta de remordimientos y empatía, un carácter manipulador y total insensibilidad, según los psicólogos forenses que lo examinaron. "No presenta patología psiquiátrica que pueda modificar o anular su capacidad de conocer o querer", concluyeron respecto a su estado mental. "Nacido en la ciudad brasileña de Altamira en 1996, pertenece a una familia acomodada: su padre es un reputado radiólogo y la familia regenta una prestigiosa clínica. En 2013, cuando Patrick tenía 17 años, apuñaló a uno de sus profesores dentro del aula -"porque me llamaba maricón"- y estuvo bajo tratamiento psiquiátrico durante seis meses. Tras aquel episodio se trasladó a Europa con la intención de convertirse en futbolista profesional y así llegó a España como invitado de su tío Marcos Campos -hermano de su madre-, la esposa de éste y los dos hijos de la pareja a quienes asesinó brutalmente.


En otro país cercano Alemania un enfermero condenado ya a cadena perpetua en 2015 por dos asesinatos y tres intentos más, se confesó culpable de la muerte de hasta 100 pacientes. El imputado, de 41 años -que la prensa ha considerado el mayor asesino en serie de la historia criminal alemana desde la Segunda Guerra Mundial- fué sorprendido por una compañera de trabajo cuando envenenaba a un paciente. A raíz de entonces admitió que en dos años había inyectado dosis de diversos medicamentos a unos 90 pacientes. "En el juicio -según recogían distintos periódicos- Högel explicó que las sobredosis de fármacos les causaban a los pacientes alteraciones serias de la circulación y el ritmo cardíaco. El acusado describió con detalle la tensión que vivía ante lo que podía suceder cuando inyectaba a los pacientes el medicamento, lo bien que se sentía cuando conseguía reanimarlos y lo deprimido que le dejaban las muertes. Cuando un paciente moría se prometía a sí mismo no provocar más casos mortales, pero sus buenos propósitos "se desvanecían con el tiempo", explicó, tras admitir que actuó por aburrimiento y para demostrar su valía ante sus colegas.



Desgraciadamente siempre que nos topamos con crímenes terribles, como estos, intentamos poner racionalidad a algo imposible de entender: la mente de un criminal y corren ríos de tinta buscando un porqué, cuando lo más fácil de entender es que para matar no es preciso una mente retorcida sino crueldad, falta de empatía y una tendencia enfermiza a obtener placer con el sufrimiento de otros. Hay personas malas, que gozan con el mal ajeno. ¿Por qué nos empeñamos en llamarles locos si son malos, muy muy malos y sin otros añadidos?.




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