Hablar y escuchar

  • Ramón García
  • 14:08
  • 11.09.2018

Cuando los que sobrepasamos el medio siglo éramos jóvenes, comprar un disco triple representaba un verdadero milagro. Nos costaba dios, ayuda y toda la paga semanal adquirir uno. Llevarte tres de un golpe era un lujo asiático.  


Pero mi primer contacto con Carlos Santana fue precisamente a través de un álbum triple que mi amigo Jose María trajo de Alemania, desde donde llegó en plena adolescencia intentando encontrar sus raíces en una Almería alejada y provinciana. El disco era un directo llamado Lotus, que en ese momento resultó demasiado denso para mis entonces vírgenes oídos. Diferente era uno de sus últimos lanzamientos en ese momento, Inner Secrets, donde descubrí Well alright antes de escuchar la versión de Blind Faith.


Pero la cuestión, que me desvío, es que en ese momento descubrí la música de ese energético guitarrista mexicano adoptado por EEUU como su ‘guitar latin hero’. De haber llegado en la ‘era Trump’, habría sido deportado en un santiamén.


Recuerdo haber reproducido hasta la saciedad su disco debut, de leonina portada y cargado de poderosos ritmos afro-cubanos mezclados con rock y psicodelia que, aún hoy en día, me sigue pareciendo uno de los mejores inicios de carrera en esto del rock. Tras él llegó Abraxas, también legendario  – ¿algún terrícola que no conozca Samba pa ti o el Oye como va? – que formó parte de la banda sonora de mi adolescencia.


Pero sorprendentemente, en la cumbre de su popularidad, Carlos Santana decidió dar un giro de 180 grados a su vida – bastante dislocada, entre sexo y todo tipo de drogas – y a su música. Influido por el gurú Sri Chinmoy – tras lo del Maharishi de The Beatles, si eras una estrella del rock y no tenías un guía espiritual, no eras nadie –, y por los consejos de su amigo John McLauglin, lanzó al mercado una trilogía que no dejó a nadie indiferente, discos que amas u odias: Caravanserai, Welcome y Borboletta. En ellos aunaba su siempre presente vena latina con largas improvisaciones cuasi jazzísticas, influencias orientales y estructuras más cercanas al progresivo que al pop-rock inmediato que venía haciendo.


Recuerdo haber pasado muchos ratos de charla, que a unos imberbes de quince años  nos parecía trascendente, en casa de mi amigo Paco Guillen, acompañados por los sones del Love, devotion and surrender y tantas otras melodías etéreas y espirituales. En esa época, sin ordenadores ni móviles, los jóvenes nos reuníamos para realizar unas actividades que a día de hoy se tacharían de extravagantes: hablar y escuchar música. Y en muchas ocasiones era Santana el que nos daba la bienvenida.

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