La tragedia que (casi) nadie quiso ver

Si en vez de ser inmigrantes los cuarenta y nueve ahogados en aguas de Alborán, hubiesen sido cuarenta y nueve pasajeros de un barco de recreo, ¿ cuántos informativos y cuanta

Pedro Manuel de La Cruz
01:00 • 09 jul. 2017

A Adama Sangare, un inmigrante de Costa de Marfil a quien mis hijos una mañana dieron agua y que desde aquel caluroso día de hace más de quince años, nos enriquece con el caudal inmenso de su afecto. 


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El pasado martes, cinco horas después de que Salvamento Marítimo hiciera público el rescate de tres inmigrantes en el Mar de Alborán y la desaparición (el protocolo tiene estas sutilezas: desaparecer es más sutil que perecer) de otros 49, ahogados entre sus aguas, llamé a los responsables de comunicación de Zarzuela, Moncloa y San Telmo. Salvo en el portavoz del gobierno andaluz, en ninguno de los otros dos percibí la impresión de estar impresionados por la noticia; es más me atrevería a decir- ya saben: los periodistas somos así de maliciosos- que estaban más cerca del desconocimiento que de la alarma.
Y eso es lo que alarma: que cuarenta y nueve seres humanos hayan perdido la vida en medio de un horror de pánico y desesperación irremediable y los centros del poder político del país contemplen la escena desde una posición de frialdad que, moralmente, da escalofrío.
Han pasado cinco días desde entonces y la frialdad se ha acercado a la orilla terrible de la indiferencia. 
Cuarenta y nueve seres humanos mueren a poco más de cien kilómetros de nuestras costas, que es lo mismo que decir ahí, a la vuelta de la esquina, y los periódicos y las emisoras de radio del país, en su gran mayoría, relegan la noticia a las páginas interiores o a un apunte de salida en sus webs.
Durante estos días me he preguntado por qué tanta indiferencia, por qué ese desdén hacia la tragedia más horrible sucedida en la última década en el Mediterráneo español. 
En la reunión de redacción del jueves, la responsable de la sección de Ciudades de La Voz no encontró la respuesta, pero sí un interrogante demoledor. “Si los cuarenta y nueve ahogados no hubieran sido inmigrantes a bordo de una patera infame- se preguntó Eva de la Torre- y sí participantes en una excursión turística en un barco de lujo, ¿cuántas portadas y cuántos telediarios habrían abierto con la noticia, cuántos minutos habrían ocupado en los informáticos de radio, cuántos comentarios hubieran provocado en las redes sociales?”. Solo pensar la respuesta produce espanto.
Estamos alcanzado un nivel de insensibilidad que un horror como el vivido esta semana en el mar de Alborán apenas ocupa espacio en el relato informativo y emocional. Si no hay imágenes de tanto horror entre las olas, de tanto espanto entre las aguas, de tantas lágrimas desesperadas en medio de un adiós a la vida irremediable, nadie se conmueve. Lo que no se ve no existe. No se siente. No somos capaces de compadecer- padecer con- a quien ha visto rota la barca de su vida por un golpe de mar asesino.
Solo nos conmueve lo que vemos o lo que tenemos cerca en nuestro registro emocional. Medio centenar de subsaharianos se nos antojan seres de otra galaxia, rostros inexistentes, números inapreciables descansando ya y para siempre en la inmensidad del mar.
Pero lo dramático no es solo la pasividad de los despachos oficiales- tan prestos a comunicados de condolencia cuando las víctimas son de nuestro mundo-, ni la indiferencia mediática cuando el espanto no genera audiencia. Lo dramático es que, si un día aparecen media docena de cadáveres en una de nuestras playas, esa pasividad y esa indiferencia se tornarán en ríos de palabras y en caudales de imágenes salpicadas de comentarios ilustrados. Si no hay espectáculo no hay tragedia. Y no. Lo que hay es tragedia, no espectáculo.
En los primeros años 90 Miguel Naveros y yo acompañamos a Juan Goytisolo a la Chanca y en un momento del recorrido, el escritor que tanto amó a ese barrio miró al mar y sentenció: “Hasta ahora han sido pocos los inmigrantes que han llegado hasta la frontera sur de Europa huyendo de la desesperanza y la miseria, pero la televisión ya ha llegado hasta sus aldeas y están siendo testigos de que existe otra vida y otro mundo mejor que en el que ellos sobreviven. Dentro de unos años vendrán a millares y esa oleada no la va a poder parar nadie, porque nadie puede parar a quien huye del hambre, a quien busca un futuro mejor para sus hijos”.
Aquel vaticinio de aquella tarde me sonó a extravagancia literaria. Los años han demostrado mi error y su acierto.
El mar que nos une es ya un camino salpicado de cadáveres ante el que nadie hace nada y, lo que es peor, ante en el ya ni nos conmovemos dejando así al viento, la miserable insolidaridad de los desalmados. 
Los inmigrantes que murieron esta semana en Alborán eran pobres. Los que miraron desde la frialdad su tragedia son miserables.







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