En la diana del terror islamista. Michel Houellebecq, almeriense de adopción, bajo protección policial

Frases como “La religión más estúpida es el Islam” le han granjeado el odio del fundamentalismo

El autor francés durante presentación de la edición bilingüe de su ‘Poesía’ en Antas.
El autor francés durante presentación de la edición bilingüe de su ‘Poesía’ en Antas.
Javier Irigaray
22:56 • 12 ene. 2015

Uno de los más importantes autores de la literatura francesa del último cuarto del siglo XX nació en Enix, se llamaba Agustín Gómez Arcos y fue uno de los escritores más laureados en el país vecino. Descendiente de republicanos y pensador por su cuenta, tomó camino del exilio para recalar en el país galo. Gómez Arcos murió en París en 1998, justo el año en que Michel Houellebecq publicaba ‘Las partículas elementales’, su segunda novela y primer ‘melocotonazo’ a escala mundial. 




Con ‘Plataforma’, la tercera, consolidó su estrellato en el mundo de las letras, ganó muchísimo dinero –en dos días vendió 200.000 ejemplares-, la enemistad del fundamentalismo islámico y de los extremistas de lo políticamente correcto.




En ‘Plataforma’ aparece el tema del terrorismo islámico. Los suburbios de París ardían a finales del siglo XX. Para la pacata intelectualidad oficial francesa, contarlo en una novela suponía apuntar con el dedo a sus compatriotas de procedencia magrebí. Y no hablemos de las acusaciones de pedofilia de que fue objeto por tratar en la obra el asunto del turismo sexual. Nunca faltan quienes piensan que no existe el problema que no se ve. 




A Houellebecq, que nunca se ha distinguido por filtrar lo que piensa, le bastó sólo una entrevista para granjearse el anatema y odio eterno del fundamentalismo islámico y de los defensores de los derechos humanos. En ella declaraba: “Me digo a mí mismo que el simple hecho de creer en un sólo dios es un comportamiento de cretino, no encuentro otra forma de describirlo. Y la religión más estúpida es, seamos honestos, el Islam. La Biblia por lo menos es bella porque los judíos tienen un gran talento literario... y sólo por eso se les perdona mucho”. Y también: “Cuando lees el Corán se te cae el alma a los pies”. No necesitó más para ganarse una querella que el juez archivó.




Descubre Almería
Acababa de empezar el siglo y la polémica suscitada por ‘Plataforma’ tuvo un efecto inmediato. Harto de vivir en el ojo del huracán, optó por abandonar Francia y, tras una breve estancia en Irlanda, con el dinero que su editorial francesa, Flammarion, le había adelantado a cuenta de su próxima novela, compró algunas propiedades en la Costa de Almería, donde vivió largas temporadas y escribió ‘La posibilidad de una isla’.




A Houellebecq se le podía ver, acompañado de su fiel y adorado Clément, recogiendo los periódicos franceses que le guardaban en la Baraza, en alguna terraza de Vera, fumando de esa manera tan personal e incontinente  y bebiendo vino, echándose alguna siestecilla a deshoras en la trastienda de la librería Nobel o disfrutando de los paisajes lunares del Cabo de Gata. Michel valoraba sobremanera vivir con normalidad, sin que nadie se le acercara para lanzarle algún improperio. Y lo agradeció como mejor podía, inmortalizando nuestra tierra en una de sus novelas, en esa isla posible que para él fue y es Almería. 




De vuelta a París y dos novelas después, una trágica coincidencia vuelve a cruzarse en la vida de Houellebecq. El pasado miércoles, 7 de enero, en Europa se volvía al trabajo después de las navidades. El autor de ‘El mapa y el territorio’ presentaba esa noche su última obra, ‘Soumission’, traducción literal de la palabra ‘islam’. En ella, un partido islamista ganaba, en 2022, las elecciones presidenciales en Francia al término del segundo mandato de Hollande tras superar, en la segunda vuelta, al Frente Nacional de Marine Le Pen. En la revista satírica ‘Charlie Hebdo’, un par de fanáticos musulmanes pudieron verle prediciendo el futuro desde la portada del último número del semanario antes de perpetrar una masacre en la reunión de la redacción.




Dicen que la realidad siempre supera a la ficción y, claro, sólo a quién es capaz de describir su asesinato en una de sus novelas o su propio secuestro en una película, le puede ocurrir algo así en la vida real.


‘Racismo antimusulmán’
Ya había quien había tildado de mediocre y de novela diseñada desde la mercadotecnia su última obra. Alguno decía haber sentido la necesidad de vomitar por su ‘racismo antimusulmán’. Otros, en cambio, comparan ‘Soumission’ con el ‘1984’ de Orwell por su carácter profético, y alaba su fina capacidad de análisis.


Él dice que se limita a describir la realidad y nunca se ha sentido responsable de cómo es ésta y alega que se trata “sólo de ficción política”. Sostiene que los musulmanes franceses no tienen a quien votar y que el primero que se presente enarbolando la bandera del Islam partirá con un nutrido número de votantes.


En cualquier caso, hoy, siguiendo los consejos de la Sécurité, tras suspender la presentación de la novela, se halla bajo protección policial en algún lugar de Francia esperando que amaine el temporal, aunque él nos ha manifestado estar convencido de que los recientes sucesos de París no son obra de ningún grupo organizado, sino de unos cuantos fanáticos empeñados en ganar un cielo inexistente a costa del infierno de muchos.


Un día con Houellebecq en Antas
Tener a Michel Houellebecq como vecino era una tentación demasiado fuerte como para no sucumbir a ella, así que ni tan siquiera intentamos resistirnos. Acababa de salir ‘El mapa y el territorio’ y le propusimos presentarla en Antas.  Días después, contestaba que sí y esperábamos la confirmación  cuando le otorgaron el premio Goncourt. Su agenda se complicó y nuestra posibilidad de compartir un día con él se esfumó.


Pero dos años más tarde, por medio de Antonio Muñoz Ballesta, se puso en contacto con nosotros para decirnos que el 13 de octubre de 2012 podía acudir a su cita. Proponía presentar ‘Poesía’, la edición bilingüe de su obra en verso. Le dijimos que sí y luego saltamos, gritamos e hicimos todo lo que se hace en semejantes trances. Ese día, Houellebecq se levantó a las tres de la madrugada en Reikjavik y llegaba, acompañado de Antonio Muñoz y Nico, a las ocho y cuarto de la noche hasta el Bar Mi Casa, donde le esperábamos el poeta Antonio García Soler y yo. 


Tras leer en francés los poemas que parte del público leyó en castellano, respondió a todas las preguntas, firmó todos los libros, se fotografió con quien se lo pidió y se tomó unas cervezas con quien quiso acompañarle.


De vuelta al coche, vio un cartel anunciando el acto. Se paró, lo miró y, con mucho cuidado, lo despegó, dobló y guardó en un bolsillo interior de su cazadora. Junto al corazón. Aquel día se le vio feliz. Claro, todo lo feliz que puede parecer Houellebecq.



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