Un vecino de Mojácar construye una ballena ‘monumental’ en su jardín

Mide 32 metros, está construida con material reciclado y en su interior acoge esculturas

El escultor se ha preocupado de que su Moby Dick tenga aguas por las que nadar.
El escultor se ha preocupado de que su Moby Dick tenga aguas por las que nadar.

En su juventud vio enormes cetáceos surcar las aguas del océano Índico. Y conocía la historia de Pinocho, que llegó a habitar en el vientre de uno. Quizá por eso, o porque aparecían en sueños inspirados por sus viajes, el día que a Bernardino Cortés Torres le sugirieron poner cuatro palos y un techo para mantener a resguardo sus esculturas tuvo claro que haría “una cosa más rara”. Corría el año 2012 y en ese momento nadie alcazaba a adivinar que lo que este hombre se estaba imaginando era construir una ballena a tamaño real en el jardín de su casa de Mojácar.


Nueve años después, y a dos meses de convertirse en octogenario, Nino -como lo llaman desde siempre- acaba de dar una mano de pintura a la ballena de 32 metros de largo que ha creado de la nada en su terreno valiéndose únicamente de materiales reciclados. “Uso maderas y todo lo que pillo o me dan los ingleses”, explica el artista a LA VOZ. El tamaño de la estructura es tal que la cola del cetáceo se sale de la casa. No en vano, hubo que moverla con una grúa.




La ballena de Nino mide 32 metros de longitud y está construida con materiales reciclados.
La ballena de Nino mide 32 metros de longitud y está construida con materiales reciclados.



Su profesión de toda la vida -mecánico de ingeniería pesada- lo ha ayudado a saber cómo ajustar cada pieza de esta suerte de Moby Dick que mira con el orgullo de saber que es solo obra suya. Cada soldadura, taladrazo y trabajo de tornillería son el producto de sus desvelos. El reflejo de un esfuerzo continuado y en soledad. “Como lo hago yo solo, la voy alternando con otras cosas porque si no, corro el riesgo de cansarme”, expresa.


Como Pinocho y Gepetto, en el vientre de la ballena habitan esas “otras cosas”. Se trata de más de una treintena de esculturas que Nino ha dispuesto a modo de exposición, ya que espera recibir a visitantes cuando afloje la pandemia de la Covid-19. No es más que una prolongación de un hogar donde “cada rincón es arte” y lo mismo te encuentras una casa o una bicicleta incrustadas en un árbol que unas cataratas en el baño del apartamento.




La estructura tiene tales dimensiones que la cola se sale de la casa.
La estructura tiene tales dimensiones que la cola se sale de la casa.


La mujer de Nino -que falleció hará tres años- contempló cómo la ballena cobraba forma sin decir absolutamente nada. Haciendo gala de la sobriedad que marca el carácter inglés. Sin embargo, luego advertía a sus amigas: “Tenéis que venir a ver lo que está haciendo”. “Ella no quería que me lo creyera”, justifica el hombre con cariño.

Un hombre muy querido

“Yo llevo el coronavirus encima”, bromea Nino, que es muy querido en Mojácar, pueblo que recorre con un 600 rojo que tiene bien visible un cartel que dice ‘Coronavirus, pandemia global 2020. Más vale prevenir que curar’. Y en la baca del automóvil, una recreación del maldito virus hecha, como todo, con sus propias manos. “Ahora iré a darme una vuelta con él”, advierte.



El interior de la ballena es una sala de exposiciones.
El interior de la ballena es una sala de exposiciones.


Bernardino Cortés Zamora tiene tras de sí una historia fascinante como viajero y aventurero. Nacido en Zamora hace casi 80 años, se crió en Motril y con 25 años se fue a recorrer África, donde se dedicó a “construir pantanos y abrir caminos por la selva” al servicio de distintas compañías internacionales. Sudáfrica, Botsuana, Angola, Mozambique y El Congo configuran solo una parte de su itinerario vital que también ha transcurrido por lugares como Thailandia, La India y Sri Lanka.


Precisamente fue en África donde conoció a su mujer, con la que más tarde descubriría Mojácar, que les sedujo por su tranquilidad, un clima parecido al del continente africano y la belleza del mar. Allí se fueron a vivir cuando él se jubiló y allí se ha quedado Nino. Con su inmensa ballena que parece escupir plástico en un guiño con mensaje medioambiental y una casa repleta de secretos y lugares por descubrir que, hasta que el coronavirus dé una tregua, se pueden admirar a través de Facebook, donde es posible contemplar el proceso que ha seguido hasta levantar su criatura marina.



 

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