Lola Valls expone ‘Desvío temporal’ en el Museo de Arte de Almería

La muestra verse hasta el 15 de noviembre en el Espacio 2

Las relaciones que mantiene Lola Valls con la luz y fundamentalmente con el color no es pues algo novedoso.
Las relaciones que mantiene Lola Valls con la luz y fundamentalmente con el color no es pues algo novedoso.

Almería es dueña, entre otros prodigios, de muy bellos crepúsculos, seguramente por la claridad y la transparencia del aire, pero también por la inmensidad del escenario donde se unen cielo, mar y  tierra. Y si esto no fuera suficiente, por el misterio de un gran lienzo de piedra natural que abraza la bahía y modula, según las horas del día, las gradaciones de luz sobre las estribaciones de Sierra de Gádor. El guardián de esos crepúsculos ha sido siempre el mar y un horizonte africano en el que resulta imposible discernir dónde empiezan esas aguas a separarse del cielo. Muchas veces me he preguntado por qué los artistas almerienses no se sentían atraídos por este bellísimo paisaje, sin saber que sobre un acantilado de la otra orilla, en Castell del Rey, la artista Lola Valls observaba desde su casa-estudio- atalaya – en acertada definición del pintor Ginés Cervantes-  la misma explosión de color, y se sentía fascinada ante la belleza de una naturaleza primigenia. Fruto de esa experiencia, que trasciende lo real, son las obras que Lola Valls (Almería, 1958) presenta ahora, hasta el 15 de noviembre, en el Museo de Arte de Almería- Espacio 2, bajo el título: Desvío temporal.

Lo que une la luminosidad de este paisaje y la obra de Lola Valls es visible en toda esta exposición, que reúne series creadas en el año 2019 y 2020, aunque ya lo era en obras pertenecientes a etapas anteriores. Pintura y vida forman un todo indisociable en la conciencia de esta artista almeriense. Las relaciones que mantiene Lola Valls con la luz y fundamentalmente con el color no es pues algo novedoso, es fruto de un “ojo entrenado como ojo, ojo idóneo para encontrar la belleza más refinada”, en palabras del poeta Darío Jaramillo, pero en las cosas más sencillas y cercanas.  Recuerdo sus cuadros incluidos en la exposición organizada por el IEA, Pintura almeriense, hoy, allá por el año 1991, seleccionados entre otros por Juan Manuel Bonet y Antón Patiño. Una muestra colectiva itinerante donde Lola Valls mostraba una pintura de “colores intensos… apenas esbozada, pero que posee un indudable frescor”, según señalaba Juan Manuel Bonet en el texto de presentación. Con los años la pintura de Lola Valls se ha acercado a una abstracción, a veces lírica, a veces más gestual y expresionista, pero siempre dejando que el color plasme las huellas de sus estados emocionales. Luego el tiempo, ese gran censor, ha validado su trayectoria artística de una gran coherencia y capacidad autocrítica. Y todo gracias a un aprendizaje, a un periplo vital, si se me permite la expresión, con vocación de pájaro solitario. Esa soledad entendida como “un estado interior, como una disposición del alma… una vocación contemplativa” de nuevo en palabras de otro poeta, el valenciano Carlos Marzal.

Aunque Lola Valls ha compartido su vocación de pintora con la enseñanza, primero como profesora de Instituto y más tarde en la Escuela de Arte, su labor como artista la ha desarrollado desde un retiro casi espiritual, y una soledad que se entiende propicia para la creación: pintura con vocación de silencio. El resultado ha sido una obra creada en conversación con ella misma, sin nadie más, y por esa necesidad que apremia al artista, y desinteresada de las cosas del mundo, en un trabajo de experimentación que ha ido dando sus frutos, gracias a la entrega, y al trabajo. Sólo “el trabajo borra las huellas del trabajo”, decía J. Whistler.

En mi opinión, Lola Valls ha creado esta obra desde un silencio contemplativo, intuitivo y emocional, a través de los sentidos, aunque su conocimiento del arte, y de las tendencias modernas y contemporáneas, refuerzan y amplían su creatividad y su bagaje crítico. En su biblioteca descubrí a muchos artistas entonces desconocidos en una ciudad de provincias como Almería. Recuerdo el impacto que sentí la primera vez que vi a Francesco Clemente, Sandro Chia, Enzo Cucchi y a otros pintores de la Transvanguardia italiana, reproducidos en magníficos catálogos ilustrados. A Lola Valls este bagaje teórico le ha permitido conocer mejor la pintura, ampliando al mismo tiempo su horizonte estético, sin barreras de escuelas, ni estilos, ni siquiera épocas. Un ejemplo es Desvío Temporal, donde queda patente su admiración por los clásicos y también por una modernidad desde la que puede hacerse una lectura del pasado, como si el arte fuera un viaje que cada época resuelve a su manera. En esta exposición la artista almeriense glosa el color a partir de las obras de algunos pintores del renacimiento italiano, pintores figurativos por la necesidad de representar la realidad y a sus mecenas. Pero ella escoge un detalle de la obra, un fragmento en el que sitúa su verdadero campo de interés, el color, para más tarde darle a esos fragmentos, a esos “trozos de pintura”, continuidad y recorrido en secuencias que la enriquecen. Es la experimentación con la geometría, con las posibilidades y la versatilidad del color, a través de variaciones y sucesiones compositivas, sin estridencias, en busca de un orden y una lógica interna.

En las piezas que componen el pórtico de esta exposición: Friso melancólico, Corazonada y Cardiopatía, todas de 2019, especialmente en las dos últimas, destaca una paleta llena de colores complementarios, y la gestualidad del trazo, una pincelada que forma curiosas envolventes a través de líneas onduladas, en “obras que gritan y se expanden” según nos comenta la autora. Lola Valls  relaciona la expresividad de estas obras con modos y maneras característicos del barroco. Las otras series incluidas en Desvío temporal surgen de presupuestos muy diferentes, del “giro a una austeridad formal y serena”, mediante la línea y la geometría, como un canal de encauza lluvias y tormentas. Este giro es fruto de una nueva mirada, del deslumbramiento ante la pintura de algunos maestros del Trecento y el Quattrocento italiano (Fra Angélico, Piero de la Francesca y Giotto). El camino recorrido desde aquella visión barroca a esta otra clásica- renacentista, justifica el título de la exposición, Desvío temporal. Cualquier aventura artística, y ésta lo es, sin duda, se caracteriza por la provisionalidad y la incertidumbre, de ahí que el artista tome a veces desvíos, caminos equivocados, atajos imposibles.    

Un viaje hacia la claridad y la transparencia que es que también un viaje a la pureza, a una belleza interior, a mi juicio una de las claves de esta exposición. En una de las primeras series de Desvío Temporal, titulada, Son, se comparte mucho más que la referencia a la música, también presente en las obras de su anterior exposición Desafinado, inaugurada en el año 2014 en la Sala Arte 21, de Almería. En Son, hay bocetos, cuadros de pequeño formato, y un guiño entre las bases rítmicas, las bandas de color, el movimiento de la línea, y el gesto que la pincelada deja impresa sobre la tabla, rememorando aquellos antiguos frescos donde el agua, la cal y los pigmentos eran los únicos elementos necesarios para pintar. Pero para reflejar esa luz y esos colores, Lola Valls necesita un soporte físico que no es el tradicional de lienzo, bastidor y tela, sino que pinta sobre sobre tabla, una superficie más lisa y sin ninguna resistencia al trazo, ideal para pigmentos como el acrílico, soluble al agua y de secado rápido, cuya pincelada simula un velo transparente.


Ahora, sobre estas tablas cuya blancura casi nos ciega la artista fija la luz y el color con acrílicos, en sencillas composiciones geométricas cuyo origen es la línea. Creo que Son, anticipa y preludia las demás series: Anunciación, Piero y Scrovegni, donde se alcanza un mayor vuelo poético, utilizando en todas ellas el acrílico.  

Decía el crítico ingles Roger Fry que para un artista encontrar la materia ideal que encarne sus sentimientos es un éxito. Pienso que Lola Valls lo ha encontrado en el acrílico, un material perfecto para crear veladuras, vitrales de luz que dejan al descubierto el ánima de las cosas. Aquí también hay ciertos paralelismos con aquella refinada y espiritualizada sensualidad de Fran Angélico que ya resaltaba Paul Cézanne, como una respuesta perfecta en las veladuras opalescentes del temple al huevo.


Pero más allá del uso de los acrílicos Lola Valls investiga con otro material, el pastel, en series como Anunciación y Piero, para afrontar el desafío de los volúmenes y las masas de color, una realidad más física. Mediante una gama de tonos opacos, aunque cálidos, el pastel le permite construir una arquitectura terrenal, en lo que es una visión complementaria, a esa otra visión celeste, más etérea de la pintura, cuyos atributos estarían más cerca de “los trabajos del alma”.

Lola Valls cierra estas series “celestes” con una muy luminosa, muy bella, Scrovegni, que remite a los frescos de la capilla que Giotto pintó en Padua, de atmosfera evanescente, concebida delicadamente a través de una geometría de leves y sencillas franjas de color. Pero no quisiera terminar estas palabras sin destacar El Gran silencio, la última serie que clausura este Desvío Temporal como epílogo a una obra que destaca el sueño de la luz y el color, llevándonos metafóricamente a los frescos meridionales donde sigue latiendo un anhelo de felicidad. Pero no hay luz que no se apague. Y ya el sol empieza a esconderse tras el perfil solemne de Sierra de Gádor,  entonces un gran silencio se apodera de nosotros, que somos parte de la naturaleza. Pero un silencio que afortunadamente solo durará hasta mañana. Vayan ustedes a ver esta exposición de Lola Valls, merece su visita.



 

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