Ventoleras (II): Rompeolas

La escritora Virginia Woolf pasó por Almería en el primer tercio del siglo XX

Virginia y Leonard Woolf en 1912, el año de su boda.
Virginia y Leonard Woolf en 1912, el año de su boda. La Voz
Mar de los Ríos
07:00 • 06 jul. 2018

Ella siempre tuvo un efecto hipnótico sobre mí. Puedo pasarme horas observando sus ondas, cotejando sus movimientos, comparando el color tornasolado que me envuelve a cada rato, que no es otra cosa que el vaivén de los matices de la luz reflejada. ¿Está infinitamente viva o profundamente muerta? Depende si decido surcarla con la esperanza de llegar a algún universo escondido; depende si concluyo en sumergirme en su eterna humedad por destino. Y eso me produce pavor y éxtasis a partes iguales. Podría fundirme en ella y ser su bocado de la mañana sin que nos inmutásemos ninguna de la dos; podría rascar con mis uñas su informidad  mientras se ríe de mí a grandes carcajadas de espuma blanca, como siempre… Soy tan pequeña a tu lado…






Me gusta tu caminar a grandes pasos, con tus largas piernas que parecen hayas, rutilante, abundante, como un racimo de perlas por todos lados… (*)




Y traigo tus cartas en el bolsillo del vestido y las repaso con la mente y con el dedo. Es como seguir teniendo nuestra cita de los jueves y acariciar tus pliegues, que no son míos, que nunca lo serán, que se revuelven entre mis dedos sarmentosos cuando te dejas tocar por un instante antes de saltar como una ágil pantera a otro árbol. 
Llevo varios días deslizándome hasta esta playa para ver amanecer. A Leonard no le gusta madrugar y he llegado al acuerdo de que me deje venir sola hasta el filo de la tierra. Es un trayecto completamente recto. Desde las casitas de los ingenieros ingleses, bajar y bajar por la vereda de un río seco al que llaman la Rambla, hasta alcanzar al mar. No tiene ninguna pérdida. Y aquí empieza mi dulce extravío.




Las rocas se desvanecen. Innumerables y pequeñas olas grises se extienden delante de nosotros. Ya no toco nada; no veo nada. Podríamos caer y reposar sobre las olas. El mar golpeará en mis oídos. Los pétalos blancos se obscurecerán al contacto del agua marina. Flotarán por un instante y después se hundirán. Seré arrollada por una ola. Otra me llevará sobre sus hombros. Todo se derrumba en una catarata gigantesca en la que me siento disolver... (**)




Y me hace tanto bien la brisa marina... Por eso hemos venido a España, a desconectar, a escapar, a olvidar, a respirar, a curar. Por eso hemos parado en Almería en nuestro viaje de vuelta desde la Alpujarra  de Granada. Permanecer casi dos semanas en Yegen, en casa de Gerald Brenan, hablando de literatura doce horas al día, ha constituido un placer y un exceso a partes iguales. Lo peor fue la llegada a Granada. Brenan se empeñaba en llevarnos a los toros en el denominado domingo de Resurrección y yo tuve que fingir una jaqueca espantosa para que me excusasen de tal evento. En contrapartida, y mientras sucedía aquel espectáculo al que Leonard decidió acudir, pude retirarme  a la casa de los Temple, al pie de la Alhambra. Ha sido delicioso pasar unos días dentro de un palacio nazarí de ensueño antes de subir a la Alpujarra. Después, correr por las colinas entre higueras y olivos, me ha devuelto parte de la inocencia de la infancia; esa que depende de la cantidad de risas que se escapan desde nuestra alma entre la naturaleza y que se nos olvida ejercitar como ablución diaria. Trotar con el cielo por sombrero nos conecta con la vida. Montar en burro: el experimento más exótico de mi existencia.




En esta tierra me resulta todo mucho más delicioso. El sol se comporta como potenciador de sabor del verbo encontrarse, es el faro de nuestro ánimo. Definitivamente el campo en primavera en el sur de España ha resultado toda una explosión para mis sentidos, que han sido capaces de relativizar mis dilemas cotidianos, propios de una rumiante sin remisión. Cualquier jardín inglés resulta infantil al lado de estos olores y de estos colores, de esta luz.




Tu abundante pecho, como un gran velero con las velas desplegadas, navegando… (*)


Ay, pero el rompeolas, sentir retorcerse el agua lamiendo mis piernas mientras recuerdo tu aliento en mi nuca…esto… es otra cosa. Paramos en esta pequeña ciudad, casi un pueblo, donde reside un antiguo amigo de Leonard. Estamos hospedados en su casa. De hecho Mr. Barrow es un ingeniero de la empresa inglesa que explota unas minas de hierro cercanas.  Desde este puerto se carga el mineral que transportan grandes barcos a sitios lejanos. Y aquí sentada, en la húmeda arena del amanecer, puedo sentir la presencia del gigante de hierro a mis espaldas. Pronto llegará el primer tren del día y todo se cubrirá de una sutil neblina roja. Ahora, ahora va surgiendo el disco de oro desde el mar. El milagro del día siguiente… Y cuando recibo su presencia de esta manera tan rotunda, imposible de vislumbrar en mi Londres, se diluye mi éxtasis. Entonces me gusta caminar, seguir avanzando con los pies desnudos alguna que otra milla en dirección a Cabo de Gata, antes de que el calor se vuelva insoportable para una británica.


Me gusta romper la espuma de las olas con la punta de los dedos, como me gusta  lamer tu pecho con la punta de mi lengua...


Y tienes la frescura de escribirme a Granada para contarme lo mal que lo estás pasando por tu ligereza de cascos: “Tengo un problema tremendo, Virginia, no sé qué hacer. Me he liado con Mary Campbell y el bestia de Roy anda con una pistola en mano por todo Londres para matarme”.  “Eso te pasa por promiscua” ha sido mi escueto telegrama enviado ayer desde la estación de trenes de Almería. Vita, Vita, ¿qué esperas que te conteste a eso por muy liberales que pretendamos ser? Tu nombre ya lo dice todo, mezcla de  cabeza  llena de nubes grises inglesas, esas que tanto te aburren y la calentura del sur de España. Tu abuela Pepita era una gitana malagueña, la bailaora más famosa de Europa en los últimos cincuenta años, llegando a tener siete hijos ilegítimos con Lord Sackville-West. Y tú, su nieta favorita, la del Lord. Porque Pepita murió de parto de su séptimo hijo. Entre su prole, la bella Victoria, tu madre, la hija mimada de Lord Sackville. ¡Pero, quién te doma a ti, Vita, quién!  Eres libre como el viento y yo tampoco te deseo de otra manera, aunque me escuezan tus escarceos, iba a decir cuando me voy de Londres. No es verdad, tus escarceos a secas. Algún día escribiré tu biografía, pero a modo de cuento medieval. Uno donde seas príncipe y princesa a la vez, donde vivas cientos de años, donde cabalgues a  lomos de un robusto corcel en un país de excesos, en el cual solo existan los extremos: que llueva a mares o que no llueva en absoluto.


¿Y Leonard lo sabe todo? Más de lo que verbaliza, estoy segura.  De un tiempo a esta parte tampoco quiere que le dé detalles cuando salgo o entro de nuestras citas de los jueves. Siempre fuimos parejas abiertas. Ya  llevamos casados once años y yo he cumplido los cuarenta y uno. Acordamos no tener hijos, la Literatura es nuestro legado y nuestra prole. Van creciendo nuestros retoños. La Hogarth Press da sus frutos, pero yo a veces creo morir ahogada de aburrimiento. Mi necesidad de desvanecerme entre tanta mediocridad me supera en según qué momentos y ni siquiera la excitación de escribir, del sexo prohibido, del refugio del amor de Leonard o el de mi hermana y mis sobrinos son capaces de extraer los demonios de mi cabeza.


Y ya, con el sol alto, son los marineros los que atrapan mi atención con sus barcazas, aquellas  que vislumbro a lo lejos en busca del sustento diario. Al atardecer, las parejas de enamorados me distraen en su paseo por la explanada del puerto, donde puedo captar su excitación sexual, la huelo. Y yo necesito dar. Voy a enriquecer a alguien, voy a entregar al mundo esta belleza. Voy a hacer una guirnalda con mis flores y avanzaré con mi mano extendida para ofrendarla. Pero, ¿a quién? Seguramente a nadie, seguramente a todos. Lo mío será trenzar toda mi emoción en letras, con esta pulsión de nervio y hueso que imprimo a mi mano en los días de consenso conmigo misma.


Doy la vuelta en dirección al puerto. He quedado en verme allí con mi marido sobre las nueve y media. Entonces subiremos el Paseo de Príncipe e iremos a desayunar churros al bar cerca de la Plaza del  Mercado, uno muy típico que descubrimos ayer. Esa masa dorada en aceite de oliva me resulta deliciosa. Aquí nadie fríe en mantequilla como en las Islas. Ya los había probado en mis dos viajes anteriores a España y estaba deseando volver a paladearlos. Oler a churros y a cebolletas, a tomates y a pescado mientras fluye la muchedumbre en la circunvalación de la Plaza, me resulta delicioso. Luego compraré alguna fruta del tiempo para almorzar. Las verduras, tan variadas, tan baratas son otra de las cosas que me están alegrando los humores. Es como una inyección de optimismo en colores. Tocar el sol con la cara todos los días, comer cosas ricas, beber vino bueno, no tener responsabilidades, tan solo sentirse animal, mezclado todo con dos tacitas de arte místico, es simplemente el paraíso. Porque lo que más me ha emocionado del patrimonio cultural de España es la arquitectura religiosa. Las catedrales son magníficas, cada una diferente, única, con historias aledañas singulares  dignas de novelar, porque sobre sus piedras  convergen trescientos años y mil vidas. Lo que me disgusta de todas ellas es que están cubiertas en su altar mayor con ese pan de oro que recuerda  la riqueza de la Conquista de América. Las rigolas parecen grandes bombones de licor barroco, en contraposición con la altura de sus hermosas cúpulas o de la robustez de los nervios de piedra desnuda que sostienen las bóvedas góticas.


Y ojalá te acierte Roy con su fino revolver en alguna esquina de Picadilly Circus y mueras como te mereces: inmersa en una escenografía excesiva donde seas la heroína y la villana a un tiempo.


Te he echado de menos, te echo de menos, te echaré de menos. (*)


Ah, por allí viene Leonard… Todo retorna a la calma…


Virginia Woolf  (Gran Bretaña, 1882-1941) 
Escritora y editora.
Visita España en: 1905,1912 y 1923. Según las hemerotecas, al menos en una de ellas pasó por Almería.


(*)Versos de Virginia Woolf a Vita Sackville-West
(**) Pasaje de la novela: Las Olas (1931)


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