La Orquesta de RTVE reta a un duelo de altura con musica de cine

El recital `Clásicos en pantalla grande` ofreció un viaje por partituras de películas míticas

La Orquesta Sinfónica de RTVE, con su director, anoche durante el concierto.
La Orquesta Sinfónica de RTVE, con su director, anoche durante el concierto.
Marta Rodríguez
00:49 • 18 nov. 2017

Disparos. Silbidos. El aullido de un coyote. El lejano oeste ha impuesto en Almería su imperio de la no-ley que se ha saldado con un duelo a muerte sobre el escenario del Auditorio Maestro Padilla. A un lado, la Orquesta Sinfónica de RTVE, dispuesta a hacernos creer con su virtuosismo que lo que oímos no se corresponde con lo que vemos. Es decir, que no son más que una ilusión óptica, acaso un holograma, que nos impide ver la gran pantalla donde están proyectando algunas de las películas más paradigmáticas de todos los tiempos. Enfrente, pisando polvo, la razón.


Dirigida por Miguel Ángel Gómez-Martínez, la formación no escatima en pólvora con el tema principal de El bueno, el feo y el malo, obra en la que Morricone da rienda suelta a su heterodoxo sinfonismo. Estamos en el Festival Internacional de Cine de Almería, FICAL, en el concierto Clásicos en pantalla grande, y Leone no podía faltar.


En la majestuosa partitura de Maurice Jarre con sonoridades del mundo árabe que tiene la épica Lawrence de Arabia, de David Lean, los ojos de Peter O’Toole -los más azules del séptimo arte con permiso de Paul Newman- vuelven a fundirse con el mar de la Playa de Ákaba, en Carboneras.  


Con la suite de La guerra de las galaxias, el Auditorio sufre una insólita pérdida de presión hasta quedar ingrávido. De repente, la orquesta, al mando de una nave, el Auditorio, que inicia un viaje espacial desde el que la ciudad va haciéndose más y más pequeña hasta casi desa­parecer. Hasta convertirse en apenas un punto de luz en la fría noche de noviembre. ¿El responsable? John Williams, uno de los artífices de que la música de cine sea la nueva música clásica. 




El ratón más famoso del cine, Mickey Mouse, es visto con sombrero azul con lunas y estrellas y túnica roja, primero asomándose tímidamente desde bambalinas y luego, cuando El aprendiz de hechicero de Paul Dukas así lo requirió, metido en el papel de mago principiante intentando mover en el aire los instrumentos de los músicos. Como en la película de cine mudo, se muestra del todo incapaz de controlar sus poderes. 


Hipopótamos con tutú y avestruces con lacito dan el do de pecho bailando La danza de las horas de Ponchielli en una parodia del género del ballet. Casi un juego en miniatura al que dar cuerda. El de Fantasía, la inolvidable película de 1940 de Walt Disney, uno de los pioneros del uso de la música clásica en el cine de animación. 


De repente, el Maestro Padilla deja de serlo y el público asiste, incrédulo, a un espectáculo operístico en el Teatro Massimo de Palermo. Sobre el escenario, Tony, hijo de Michael Corleone, hace su debut en un personaje protagonista antes de que se desate la madre de todas las tragedias con unos cannoli sicilianos de por medio que acabarán con un asesinato en la escalera. Suena el Intermezzo de Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, pero no podemos ver más allá de El padrino III.


¿Puede una de las escenas más violentas del cine sonar deliciosa? Con Obertura de La gazza ladra de Rossini, puede. La Orquesta de RTVE está en una especie de éxtasis que eleva a sus integrantes en algo así como una marea mientras viene a la mente la famosa escena del muelle de La naranja mécanica de Kubrick.


El duelo ha concluido sin bises. Nuestra razón yace tumbada sin consuelo. Ha bastado una sola bala, el tiro certero de los intérpretes ante un patio de butacas lleno -el público que chista aplausos a destiempo-, para que el imperio de  la no-ley se imponga: el cine sin música no es cine. La vida sin cine no es vida.



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