El almeriense que talla en calabazas la historia de La Alpujarra

El artista radica su obra en un vegetal que fue el utensilio universal en las labores del campo

Manuel Ayala posa con su colección de tallas de calabazas desplegada en el salón de su casa.
Manuel Ayala posa con su colección de tallas de calabazas desplegada en el salón de su casa. Víctor Navarro
Víctor Navarro
11:37 • 25 feb. 2024

En un espacio ordenado en el salón de su casa, y compuesto por gentileza de su creador con motivo de esta cita periodística, se despliega la impresionante colección de Manuel Ayala. Este artista de Alboloduy ha forjado su obra utilizando un recurso que abundaba generosamente en los parajes de La Alpujarra en tiempos pasados: la calabaza.



Dispuestas estratégicamente sobre mesas de diferentes alturas como si fuera una exposición permanente, las creaciones de Ayala al lado de otras calabazas en bruto, capturan la atención con su presencia y revelan historias que han sido esculpidas desde los años 70 del siglo pasado, en cada una de estos humildes vegetales.



Aunque su formación y oficio fue la carpintería, Manuel Ayala heredó el  apodo de “el de la Luz”, una distinción que acompañaba permanentemente al nombre de su padre, quien fuera el electricista de Alboloduy.



Su conocimiento en el uso de las herramientas y en el trato de la madera llevaron a este alboloduyense de 66 años a interesarse por el mundo de la talla y la imaginería. Pasear por los pasillos de su casa es un itinerario continuo de objetos decorativos y útiles que llevan la firma de las manos de Manuel: barandas, sillas, imágenes de santos, puertas y marcos de ventanas, así como apliques y lámparas, concretamente aquella que ilumina el salón, una pieza realizada en calabaza y que espera a ser sustituida por otra de mayor tamaño a modo de araña. “Mis hijos y nietos dicen que esta alumbra poco para las cenas de Nochebuena, y claro he tenido que ponerme ha diseñar otra para más bombillas” bromea Ayala.



Del pasado Más allá de un simple hobby para este amante de las manualidades (como así se define) la talla de calabazas tiene una dimensión más profunda que la decoración. Supone evitar que caiga en el olvido un cultivo que tanto hizo por la vida de los habitantes de la comarca, y así lo muestra en su particular exposición.



En primer lugar, junto a las calabazas naturales luce un cartel que reza “utensilios del pasado”, este tramo de la muestra contiene piezas genuinas con más de 100 años de antigüedad de artefactos utilizados en la vida en el campo. Jarrillos, garrafas, cantimploras, porta perdigones o embudos entre otras cosas. “El plástico acabó con todo esto”, matiza Ayala al tiempo que explica que era muy común ver crecer estos vegetales enredados en los alambres de los parrales.



Ayala es un estudioso de esta mata, y conoce a la perfección su simiente y sus variedades. “Es muy importante limpiarlas correctamente, sino le ataca la carcoma”. Esta lección  no fue solo para el, sino para todos aquellos que alguna vez utilizaron la calabaza. “La gente de antes ponían guijarros y agua en el interior,  y a base de zarandearla limpiaban la ‘esponja’ que hay dentro”.



Inspirado por un reloj

Inspirado por la figura de Francisco González Garrido, un sacerdote que ofició en Alboloduy durante 20 años y que tallaba rosarios de ciprés para los cabeceros de cama, Manuel debutó en la talla de calabazas presentándole a su mentor un reloj despertador que competía en belleza con el que anteriormente habría elaborado el párroco. Corrían los años 70 y empezaba todo un torrente desbordante de imaginación enfocado al diseño de objetos con calabaza.


Manuel Ayala ha expuesto su obra en citas importantes como ‘Expoarte’ en Sevilla, o a través del BBVA, pero una foto en blanco y negro narra una cita especial. En el año 79 se le concedió un permiso en la ‘mili’ para visitar los estudios de TVE donde llevó sus calabazas al programa ‘Gente hoy’ de Mari Cruz Soriano.


En el salón de los Ayala descansan todo tipo de objetos, ya sean finos juegos de café con tazas, bandeja y cucharillas, así como delicados jarrones y aguamaniles inspirados en el siglos XVIII y XIX. La visita a este espacio revela la profundidad de la pasión de Manuel ‘el de la Luz’ y ofrece una lección sobre la esencia de un cultivo olvidado y un tributo a la creatividad que hace reflexionar sobre ¿Cuánto se valora el arte?


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