Patos en el río, nudistas en La Cañita Loca y sandías en piscina

Paisaje después de la batalla del agua en el Levante almeriense

Laguna de Pueblo Laguna, urbanización en la playa de Vera, el entorno que más ha sufrido en los últimos años las riadas y que esta vez se ha librado.
Laguna de Pueblo Laguna, urbanización en la playa de Vera, el entorno que más ha sufrido en los últimos años las riadas y que esta vez se ha librado.

Los renacuajos y los patos, entre mollas de pan, volvieron ayer a nadar en el río Aguas -ese afluente habitualmente seco como la mojama que no hace honor a su nombre-  y los mojaqueros y forasteros se asomaban desde el puente para ver la tímida crecida de ese agua del color del Cola Cao que bajaba de la sierra tras toda una noche diluviando como en tiempos de Noé. 


Allí estaban esos veraneantes observando el milagro del agua dulce abrazándose al agua salada, esos turistas en bañador integrados en el paisaje de la playa de Marina de la Torre, de los hoteles y del campo de golf, ajenos al temporal, sin querer renunciar a un solo día de sus vacaciones septembrinas. 


La gota fría, esa DANA tan temida, que nos ha merodeado como un tiburón a un náufrago, parecía que no iba con ellos, con esos veraneantes rezagados, como no iba con una pareja de jubilados que, aupados en el viejo Polvorín de la Guerra que sobrevive sobre la arena -que fue chiringuito de Cristóbal el Cimbras- miraban al horizonte de un vapor majestuoso anclado en el hinterland de Garrucha, donde se había suspendido, en previsión de temporal, el habitual mercado de los viernes.


Unos pocos kilómetros más hacia Levante, el cauce del fatídico río Antas, que hace siete años se cobró vidas humanas, aparecía pacífico como un caracol y más seco que un mantecado, con una  desembocadura traviesa que sigue sin encauzarse treinta años después de la primera inundación de las urbanizaciones de la costa de Vera: Pueblo Laguna, Puerto Rey, Mari Cielo y Las Buganvillas. 



Todo el cauce, desde donde cantan miles de cigarra, está repleto de cañaveral y maleza, que provoca que se pueda acumular el agua de las avenidas y que escape en todas direcciones causando daños. Allí sigue, al frente del Restaurante Laguna, Nigel Robinson, un inglés superviviente de dos inundaciones en la zona. “Ayer noche volví a pasar mucho miedo, no pudimos dormir”, asegura el hostelero mientras muestra sus álbumes llenos de fotos como muescas de las riadas de 1989 y de 2012, donde se aprecian coches y lavadoras arrastrados por la corriente.


Los operarios de Codeur, con mangueras de succión, se afanaban en toda la costa en hacer volver todo a la normalidad, a pesar de que el agua no ha llegado al río, pero sí ha atorado pluviales. Las grúas emparejando la arena del célebre playazo, donde dice la leyenda que desembarcó Aníbal con los elefantes y de La Cañita Loca, un chiringuito a pie de playa, salen y entran grupos de nudistas como en una procesión de la carne. El tramo entre la rotonda del Consum y la entrada al Hotel Vera playa permanecía ayer cortado, también en previsión porque nunca es poca, con sacos de tierra apostados a ambos lados de la carretera a la manera de fortín. 


El Almanzora, el tercer río que serpentea como un reptil las tierras milenarias del Levante, el de más traza de los tres, recibía ayer un discreto caudal en su desembocadura: agua turbia, agua bendita para regar hectáreas de tomates y lechugas, que observándola desde el puente, se perdía hasta el mar como se pierde un cotizado tesoro, como se pierde en la vida aquello que más se desea, sin aprovechamiento ninguno, al lado de donde se monta cada verano ese oráculo de la música electrónica que es Dreambeach;  ese agua procedente de la Rambla de Muleria, de los Lobos, que provocaron el corte de la carretera de Villaricos a Las Herrerías, con la controvertida desaladora defenestrada por la riada de San Wenceslao al lado y sin reparar siete años después, con la casa del sabio Siret rodeada de palmeras a un tiro de piedras.


 Las máquinas trabajaban en adecentar los caminos en Villaricos y al lado, el bar Tiburón aparecía lleno de clientes, entre ellos Tadeo, que entre tostadas y carajillos vibraban en cada canasta de Gasol frente a los australianos. Al pantano del Almanzora, tras siete largos años, volvía a entrar ayer algo de agua procedente de las Ramblas de Oria y Albox, aunque a un nivel menos glorioso que en aquellos años 90 en los que se abrían las contrapuertas para aliviar el exceso de caudal. 


Pulpí amanecía convertido en la capital del barro, después de una tarde y noche tremenda, lloviendo a arreones hasta 158 litros, en la que la rambla que surca el pueblo amenazaba con saltar por encima de las barandillas, metiendo el susto en el cuerpo a diez mil pulpileños más encariñados tradicionalmente con el fuego de sus toros que con las humedades. Juan Pedro García, el alcalde, y Pedro Jesús Martínez, el concejal de obras, en botas de agua, iban siguiendo los trabajos de reparación de caminos, junto a una escalera destrozada por la fuerza del agua.


Algunos daños en la agricultura, sobre todo en la zona de la Oya, se ha llevado también Pulpí en esta pedrea de la gota fría del Levante, con olivos como mástiles en medio de grandes encharcamientos de agua y sandías flotando como en una piscina olímpica como la del Ego. 


 

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