Viaje al voto rural de las pedanías

En la provincia hay el triple de anejos que de municipios y allí también se juega el 26M

Juan Cervantes (Pozo de la Higuera), Alfonso Serrano (Topares), Pedro Carrasco (Las Norias)  y Juan Velasco (Villaricos).
Juan Cervantes (Pozo de la Higuera), Alfonso Serrano (Topares), Pedro Carrasco (Las Norias) y Juan Velasco (Villaricos).

Uno entra a Pozo de la Higuera -a escasos kilómetros de Pulpí- por una carretera de peón caminero y tiene el vahído de que se va a salir del mapa. De hecho, si se descuida lo hace, porque su calle principal es el límite de dos regiones y de dos provincias. Allí, sobre una piedra  de mármol, está una mano enigmática que hace de mojón jurisdiccional, señalando con un dedo a Almería y con otro a Murcia, unos habitantes con número de teléfono que empieza por 950 y otros por 968.


Allí vive Juan Cervantes Cazorla, el vecino que hace las veces de pedáneo para el flanco urcitano, en esa tierra fronteriza, paradigma de lo que acaban de rotular ahora en los programas de televisión como ‘La España vaciada’; allí está ese hombre con sus 69 eróticos años, un viejo yesaire ya jubilado. “Gané mucho dinero de 1996 a 2006, pero después, con la crisis, se acabó la fiesta, llegué a tener 30 empleados, todos con su casa y con su coche, después me tuve que venir a vivir al cortijo de mis antepasados ‘Mis Reyes’. 


Allí, en esa pedanía partida por la mitad como una sandía, que huele a espliego y a tomillo de primavera, hay también dos mesas electorales: una que pertenece a Pulpí y otra a Lorca. “Somos andaluces y murcianos, pero todos nos llevamos bien”, asegura Juan. En el Pozo viven unos 400 vecinos, también muchos latinos y marroquíes, que no votan la mayoría. 


Es este anejo, parte de la Almería rural ( de esta provincia donde hay 103 municipios y el triple de pedanías donde también cuentan los votos),  pero no está ni mucho menos en trance de ser aplastada por los muros de la historia, sino todo lo contrario. “Aquí las empresas de Pulpí como Primaflor, Agrupapulpí, Peregrín, dan mucho trabajo, solo tenemos un 7% de paro, el porcentaje más bajo de la provincia, quizá”.


El Pozo tiene vida, aunque la gente joven se marcha cada vez más a La Fuente o a Terreros. Juan es como el mayordomo de sus vecinos, pero sin cobrar un euro. “Yo lo hago con mucho gusto, me gusta ser servicial, tengo las llaves del pabellón, del cuadro eléctrico, ahora necesitamos darle una mano de pintura al centro médico. Que quién va a ganar, no lo sé la verdad, no puedo decir otra cosa”.


Alfonso Serrano Marín ha sido alcalde pedáneo de Topares (Vélez Blanco), los últimos doce años -el actual es panadero, duerme de día y no puede atender a la prensa- y se dedica a la agricultura y a la ganadería a través de un cooperativa familiar denominada El Gamonal.


 Topares, con 300 vecinos,  la cumbre de Almería, el último bastión al norte de la provincia, es también tierra fronteriza, que se halla a 200 kilómetros de Almería capital y sin embargo tiene a Caravaca a solo 30 kilómetros. Muchos de los vestidos, de los sombreros o de los televisores de plasma que compran los topareños lo hacen, por proximidad, en el municipio de la célebre cruz.


“En Topares la gente vota lo que vota, no nos preocupamos unos de otros”, señala Alfonso. El municipio huele a Neolítico, con sus campos de cebada, de trigo, de avena, con sus pastos para el cordero segureño, es una tierra auténtica -todo lo contrario  a la broma del anuncio de la Fabada Litoral- por la que corría el agua cuando aún llovía. “Ahora llueve mucho menos, y el trigo se paga a solo 27 pesetas el kilo, vamos tirando como podemos, pero no nos quejamos”. Topares puede llorar por un ojo: tiene médico, escuela, supermercado y botiquín 24 horas, un caserío al que otrora llamaban ‘el granero de la provincia’ y que dobla población en verano, en sus casas rurales con piscina, cuando la gente viene a refugiarse del calor buscando su umbría y los chuletones que sirven en El Corralillo y el Asador Martínez. Alfonso reconoce que hay que mejorar un poco las carreteras a Vélez Blanco y a las Cañadas de Cañepla, “pero no vivimos mal, es todo muy familiar”.


Las Norias es una más de esas 26 pedanías de Huércal Overa, que antiguamente dependían de siete diputaciones. Allí gobierna con poder vicario, Pedro Carrasco -homónimo del célebre púgil de los 70 que veíamos boxear de madrugada en blanco y negro.


 En Las Norias viven 170 vecinos, muchos de ellos británicos asustados por el Brexit, aunque la mesa electoral es de 225 personas, porque se suman parte de Góñar y Gacía, otras pedanías huercalenses. “Tenemos muchos problemas de despoblación, las escuelas se cerraron en los 90 y ahora se vive un poco de la segunda residencia”, explica el pedáneo con resignación. Es uno de esos núcleos donde aún se mantiene viva la tradición de los mítines en la plaza del pueblo, anunciados con altavoz en mano como a la antigua usanza de la Transición.


 “En esta mesa electoral siempre ha ganado el PP, pero ahora nunca se sabe”, añade. Las Norias vivió tiempos más esplendorosos, cuando una compañía inglesa explotaba las minas de Sierra Enmedio -como la compañía bananera de Macondo- y el mineral se transportaba por el Camino de los Carros hasta embarcarlo por Aguilas camino de Gran Bretaña. “Muchos tanques ingleses que combatieron en la II Guerra Mundial se fabricaron con hierro huercalense”, revela Pedro. 


Pero todo acabó en los años 60 y la puntilla se la dio el desmantelamiento de la línea Guadix-Almendricos y el cierre de la Estación que había enmedio del pueblo . “Ahora nos conformamos con pequeñas cosas, como por ejemplo que nos asfalten la calle que nos falta, de las tres que tenemos, en donde llegó a haber cinco tiendas, una carpintería y oficina de Correos”.


Villaricos está encajonada entre la sierra y el mar, entre Almagrera y el Mediterráneo. Es la joya de la corona del turismo cuevano, junto a los vestigios fenicios de Baria, donde reina el galán y el gallopedro, y donde tiene mando en plaza desde hace décadas Juan Velasco “El Canana’, un villarriqueño impulsivo, que lleva a su barriada siempre en el corazón. Allí, en esa mesa electoral, suele ganar el PSOE, “ahora nos queda mejorar  el alcantarillado, el alumbrado, las calles y volcarnos con el turismo, sin descuidar otros sectores”. 


Villaricos tiene 600 habitantes censados, aunque en verano se superan los 3.000 como lugar de baños, con la multinacional química Deretil, con dos pequeños puertos y con cuatro barcos de artes menores que surten la carta de Tadeo y de Maruja de género fresco pescado al chambel.



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