Los Coloraos (III)

El investigador bucea en los orígenes de los Mártires de la Libertad

Documento de petición de la Falange para derruir Los Coloraos.
Documento de petición de la Falange para derruir Los Coloraos. La Voz

El siglo XIX fue para España una centuria convulsa llena de guerras civiles, invasiones extranjeras y revoluciones. Almería recordó uno de aquellos episodios con la edificación de un primigenio cenotafio en el cementerio de Belén, obra de Juan Prats, y, posteriormente, otro más monumental, obra de Enrique López Rull, levantado en la Puerta Purchena. El homenaje a los Mártires de la Libertad se convirtió en unas las fiestas civiles más arraigas en la ciudad, que mostró siempre un gran respeto por su memoria. Llegado el siglo XX el monumento encontraría su ubicación más reconocible en el espacio urbano de la ciudad: la Plaza de la Constitución.


Los Coloraos se marcha a la Plaza de la Constitución

Las dos ubicaciones anteriores, el cementerio de Belén y la Puerta Purchena, pasaron al recuerdo cuando los poderes políticos decidieron darle una tercera ubicación, en la que se ha mantenido durante gran parte del siglo XX. La Crónica Meridional, en su edición del 24 de agosto de 1899, anunciaba los festejos del día, entre ellas “la procesión cívico-religiosa para trasladar los restos de los Mártires de la Libertad desde la Iglesia de San Sebastián, donde se hallan depositados, al nuevo cenotafio de la Plaza de la Constitución”. Sin embargo, al día siguiente anuncia que “el señor alcalde, llevado del mejor deseo, ha aplazado la traslación de los restos de los Mártires de la Libertad al nuevo cenotafio que se está levantando en la Plaza de la Constitución hasta que la obra se halle terminada”, por lo que los restos quedaron un año más en la Iglesia de San Sebastián, tal y como consta en los documentos de 1899 que se encuentran en el Archivo Municipal de Almería y la propia prensa de la época. El 24 de agosto de 1900 se hizo el traslado definitivo de las cenizas.


De López Rull a Trinidad Cuartara



La construcción del nuevo monumento le fue encargado al arquitecto Trinidad Cuartara, que en base al edificado por López Rull, realizó algunos cambios en el nuevo cenotafio, principalmente en el fuste y la característica bola con los pinchos, uno de sus símbolos más identificables. Por desgracia, la obra de López Rull hubo de ser derruida debido a la imposibilidad de desmontarlo y trasladarlo a su nueva ubicación. Posiblemente, Cuartara reutilizara parte de aquellos restos para la construcción del nuevo monumento, al que sin duda le dio su impronta personal. 


El cambio de ubicación no significó la pérdida de popularidad de los festejos conmemorativos. Señala la Crónica Meridional que “Los Coloraos representan algo muy grande, muy querido por la muchedumbre, sin distinción de tendencias políticas, algo que se ama con cariño entrañable, algo cuya defensa lleva aparejado el sacrificio; algo que aprendemos a balbucear en nuestros primeros años de unión del nombre de Dios…la libertad, en una palabra, la libertad que se adora con delirio, que abre campos de expansión y engrandecimiento, a los pueblos y a las sociedades y de las que éstas forma en ídolo venerado”. Es una muestra más de que aquella fiesta cívica en honor a las libertades y a la memoria de quienes lucharon por ella era una ya una tradición en nuestra Almería. 


Olvido forzado

1943 es un año aciago para Los Coloraos y la memoria de los Mártires de la Libertad. La guerra había sembrado de cicatrices y sospechas por doquier y la visita del Franco a Almería para entregar las llaves de unas casas provocó que el monumento de Trinidad Cuartara fuera totalmente destruido por orden del por entonces alcalde Vicente Navarro Gay. En una carta del Delegado Político de Falange, Delgado Pérez, al alcalde señala que el monumento “es un recuerdo de varias personas que lucharon con las armas en la mano en contra de nuestras sagradas tradiciones, obedeciendo a consignas masónicas extranjeras”, por lo que pide que desaparezca el monumento, “que desdice de una ciudad que está bajo el signo del Yugo y las Flechas”. Y así se hizo. Los restos del monumento de Los Coloraos fueron arrumbados durante años en la Plaza Pavía, donde  quedó al albor de las “inmundicias de muchos vecinos desaprensivos”, como reza un informe de la inspección de la Guardia Municipal. Nada de supo de los restos mortales de los Mártires de la Libertad hasta muchos años después. 


Volver a recordar

Retornada la democracia a España una serie de personalidades (Miguel Naveros, Fernando Martínez o Juan Pérez) se habían ocupado de rescatar la memoria de Los Coloraos y promovieron de nuevo actos en recuerdo a los Mártires. Con el paso de los años se consideró necesario volver a restablecerles su dignidad con la edificación de un nuevo cenotafio. El encargado de aquel diseño fue el arquitecto Eduardo Blanes, que en esos momentos (mediados de los años ochenta) estaba al mando de la remodelación de la Plaza Vieja. Blanes, junto al director artístico José Antonio Castro Vilches (que diseñó una pequeña maqueta de madera como base), proyectaron el actual monumento acorde a lo que se conservaba del diseño de Trinidad Cuartara. Realizado en mármol de Macael y cedido por la empresa “Mármoles Camar”, durante el año 1988, en un tiempo récord, volvió a ser levantado gracias a las suscripciones populares y al esfuerzo del Ayuntamiento, presidido por Santiago Martínez Cabrejas. De nuevo, cada 24 de agosto, se volvía a recordar que la lucha por la libertad costó mucho y que aquellos que lucharon por ejercerla y defenderla no murieron en vano. 


¿Y los restos de los Mártires de la Libertad?

Quedaba, y queda, aún una deuda pendiente con aquellos Mártires: sus restos mortales habían desaparecido en 1943. Nada de sabía de su paradero. Tras muchos años en el olvido, Carmen Ravassa Lao encontró los restos mortales en el cementerio de San José. Gracias a la labor de Ravassa sabemos que los 23 fusilados aquel 24 de agosto de 1824 fueron inhumados el 7 de mayo de 1948, en la Serie 23, nicho 52, fila 4 del cementerio. Hoy hay una placa que los recuerda, pero quizás ya es hora de que vuelvan al lugar del que nunca debieron salir: su monumento. 



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