Salió por la puerta grande y sin cruzarla siquiera

Cristo resucitó ayer y subió a los cielos con un arte que jamás olvidaremos


Si es usted de los que lamenta que el Resucitado no saliera a la calle yo soy de los que bendigo la hora en que se puso a llover. Y es que lo que vivimos en el interior de la Catedral no pudo ser, ni más bonito, ni más simbólico, ni más emotivo.


Me pongo en el lugar de los miembros del cortejo y comprendo su decepción. No es lo mismo darle dos vueltas a las naves catedralicias que pisar asfalto; La ilusión se queda coja. Y, si me pongo en el lugar de la gente que, por no poder entrar en una Catedral abarrotada, se fueron contrariados, también les entiendo. Y entiendo también a los que hubiesen querido que brillara el sol para ver la procesión sentados en una terraza con una cervecita. Pero, a veces, Dios nos hace regalos que se escapan al entedimiento porque son, directamente, para romperte de gozo el corazón.


Llovía al terminar la misa estacional. Tras las llamadas y consultas oportunas se anunció lo que ya todo el mundo daba por hecho, que no se salía. Y, entonces, las bóvedas de piedra se convirtieron en un cielo tan hermoso como poco frecuente, la girola en una Carrera Oficial sagrada, el trascoro en la puerta de una Iglesia y las naves laterales en avenidas. Fue entonces que la luz artificial, los muros y las nervaduras se hicieron a la vez casa y calle de Dios y los sones de la Agrupa compusieron una  gloria bendita de banda sonora. ¡Qué repertorio! ¡Qué Ave María de remate y de babero!


¿Y el tintineo de las campanillas? ¿Acaso no era también la Gloria el sonido celestial de las campanillas dentro de la Catedral? Cuando, a las dos de la tarde, y tras cumplir con un impecable ejercicio de prudencia y sabiduría,  Juan Diego y Víctor subieron al Altar Mayor para decir que, finalmente, se celebraría una procesión claustral, bajaron mil ángeles del cielo a consolar a los niños y a  darles brío, alegría y calor para que sonaran como nunca esas benditas campanillas. ¡Qué cosa más bonita!


La acústica de la Catedral, solo por eso vale la pena que llueva un Domingo de Resurrección. Qué bonito y que poético fue que, el último paseo procesional que ha dado el Resucitado de Coullaut Valera, se produjera dentro de los muros catedralicios. Había más móviles en alto que personas, había más emoción que decepción, había más sueños que pesadillas. No había forma más grande de celebrar la Resurrección del Salvador. No, no le buscamos entre los muertos y sí, sí le dijimos adiós a la Semana Santa de este año.


Cofrades, almerienses en general, guiris preguntando que cuánto pesaba el paso y entusiasmados con algo que, según ellos mismos, era divino... Ayer Cristo resucitó, todos lo vimos, y estaba tan vivo que reventó la Catedral y salió por la puerta grande sin tener que cruzarla siquiera.


 

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