El autor de ‘La violetera’

El compositor almeriense fue admirado por mujeres como Raquel Meller

José Padilla denunció el plagio de una de sus obras por parte de Chaplin,
José Padilla denunció el plagio de una de sus obras por parte de Chaplin, La Voz

“Este niño será músico”. El comentario fácil de la comadrona que había asistido al tercer parto de Carmen Sánchez adquiriría con el tiempo, la certeza de un oráculo. Quizás un primer y musical llanto de José Padilla o, casualmente los acordes de la banda municipal de Almería, provenientes de la glorieta de San Pedro, en aquel domingo de mayo, resultarán reveladores a los oídos de la partera. Un mes atrás, Hanna Chaplin incrementaba el suburbio londinense con una nueva criatura. Tras el tradicional palmeteo y, al verle tan feo, el pronóstico de la comadrona de Charles Chaplin pasó desapercibido. “Este niño es horroroso, parece un payaso. Todo el mundo se va a reír de él”. 


Decenios después y tras ser repetido en que pronto el mito de Casandra, Padilla y Chaplin elevarían notas e imágenes a la categoría de arte universal. Hoy, en el centenario de sus nacimientos, «Charlot» es un personaje inmortal. Los sones de «Valencia» han sido acompañados de letras en italiano, francés o ruso. En ambos casos, la obra ha trascendido más que el genio creador. 


Esa primera y anecdótica coincidencia comprende una serie de paralelismos existentes entre el artista británico y el almeriense. Crecen en un ambiente donde la conexión familiar con el mundo del arte y del espectáculo propiciaba sus inclinaciones. La infancia de Padilla, entre hogareñas e improvisadas sinfonías. La de Chaplin, al amparo de una madre con la que haría su debut teatral a los cinco años. 


El autor de «El chico» (1921), «Tiempos modernos» (1936) o «El gran dictador’ (1940) —feroz Sátira a uno de sus coetáneos, Adolfo Hitler—, cuatro veces casado ha sido tildado de hombre seductor en cambio de los numerosos romances que mantuvo; Edna Purviance, Pola Negri o Gloria Swanson fueron algunas de las mujeres que, en su día, han aparecido unidas a Chaplin por cuestiones amorosas. También el maestro Padilla cosecharía grandes éxitos entre el personal femenino atraído por su buena planta, su carácter fuerte y, en gran medida, por la fascinación de su fama.



Cuando Raquel Meller se traslada a Hollywood gracias a un contrato millonario, incluía en su repertorio la composición de José Padilla, «La violetera». Sería allí donde Chaplin al escuchar dicho tema, decide incorporarlo como una perfecta ambientación a la que se convertiría en una de sus obras más entrañables, «City lights» («Luces de la ciudad’). Un enamorado Charlot que pretende reunir dinero para operar a una violetera ciega argumenta una película que enternece al público. al compás de «Llévelo usté señorito! ¡que no vale más que un real! cómpreme usté este ramito! pá lucirlo en el ojal». 


Chaplin se apropió de «La violetera» y anunciaba la composición como suya. Padilla, a quien la admiración que por el cómico y cineasta británico sentía no le impidió llevar el asunto del plagio a los tribunales, ganó la demanda interpuesta y fue indemnizado. Hoy, el nombre de José Padilla figura como autor de la música de «City Iights». Nacidos en 1889, disfrutaron los dos artistas de una vida larga; Padilla falleció a los 71 y Chaplin a los 88 y los dos, Padilla y Chaplin rompieron fronteras con obras de alcance universal.


“Padilla era perseguido por las mujeres. Era guapísimo, importante y tenía la aureola de la fama, todo esto era una garantía para tener éxito con las mujeres. Atraía». Eugenia Montero, sobrina del músico reconoce así la importancia que en la vida de su tío han tenido las mujeres, entre las que ella misma desempeñó un papel destacado pues «era la única chiquilla de la familia”.


“Amó mucho a las mujeres”. Esta relevancia se vislumbraba ya en una afinidad especial surgida entre el joven José y su madre. Temperamental, optimista y siempre dispuesto a la broma, el músico almeriense poseía un atrayente carácter que sumado a su aspecto físico y, con los años, la llegada de la popularidad reunía la mayoría de los requisitos para gozar de un buen recibimiento femenino.


En ocasiones las mujeres se convirtieron en una de las claves de su éxito profesional. Otras, fueron el eje de su equilibrio sentimental. Una de sus piezas más conocida, «Princesita» compuesta en la travesía de Buenos Aires a España, estuvo inspirada en la que sería su primera esposa, la canzonetista vasca, Rosa Orúe. Enamoradizo y conquistador, con anterioridad a esta relación había estado a punto de casarse con la actriz Gloria Torrea, quien acabaría suicidándose en México en el año 1924. Padilla y Rosa se instalaron en Barcelona. Era la época de los teatros del Paralelo, difícil económicamente para un Padilla aficionado a los buenos restaurantes. Pronto comenzaron a soplar nuevos aires y el maestro Padilla entra de lleno en la que sería su «luna de miel» artística con el estreno de «El relicario».


Se inició así una colaboración entre el músico y Raquel Meller —intérprete de «El relicario» y «La violetera»— dominada por la falta de entendimiento entre ambos. A pesar de todo, Meller popularizó los compases de Padilla en el París de 1914, que desde ese momento se rinde al maestro andaluz. Sin embargo, los problemas familiares entre Rosa y el músico comenzaron a enturbiar el placer del éxito.


Los celos y deseos de posesión de Rosa, convertida en una dominante señora de Padilla, iniciaron el desgaste de la relación que tras algún que otro escándalo desembocaría en la separación. El compositor decidió fijar su residencia en la capital del Sena y de nuevo, otra mujer aparecería a-su lado, Didí. También habría un cambio de intérpretes; el próximo triunfo de Padilla «Valencia», sería presentado por la debutante Mercedes Serós y- posteriormente, en el Moulin Rouge, ‘<Valencia», sería interpretado por la estrella parisina de la época, Mistinguett. - Para este último estreno, hubo un gran despliegue promocional. El lanzamiento de esa canción fue cuidado hasta el más pequeño detalle; se editaron discos de «Valencia», la partitura fue enviada a todas las orquestas francesas con la advertencia de que no se ejecutara hasta el día siguiente al estreno. Esa noche de 1928, en el Moulin Rouge, las ovaciones que los galos brindaron a «Valencia» comenzaron antes de que la pieza llegara a su fin. En un año. Los beneficios que esta obra proporcionó a Padilla alcanzaron los 25 millones de francos.


En la cumbre del éxito el compositor vive perseguido por las mujeres, adorado por el público hasta que un segundo fracaso sentimental le costará la pérdida de muchos bienes —como el castillo de Chanoix— que fueron a parar a manos de Didí. De todas formas, Padilla ya cuenta con un nuevo amor, la portuguesa Lydia Ferreira, compañera definitiva del músico.

 

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