Se puede vivir sin llorar por el Tajo

Almería, el Almanzora, tienen otras batallas por el agua más cerca que la de La Mancha

Regantes visitando la presa del Negratin, de la que el Amanzora puede disponer hasta 50 hectómetros.
Regantes visitando la presa del Negratin, de la que el Amanzora puede disponer hasta 50 hectómetros.
Manuel León
00:29 • 11 oct. 2022

El sueño de trasvasar agua de los embalses manchegos hasta las feraces huertas levantinas y murcianas lo formuló por primera vez  en la II República un tal Manuel Lorenzo Pardo, un ingeniero madrileño que intentó convencer a Indalecio Prieto de que regaría de prosperidad todo el Sureste peninsular. Entonces fue una idea tan exótica que ni se llegó a presupuestar estudio alguno. Fueron corriendo los años con Franco inaugurando pantanos, hasta que aquella extravagante aventura, brotada en tiempos republicanos, adquirió carta de naturaleza. Y  con el almeriense Joaquín Garrigues de ministro de Obras Públicas, en 1979 empezaron a llegar caudales del Tajo hasta Murcia primero y después  en 1983, con el ministro, Julián Campo de testigo, se  abrió el grifo del néctar de Buendía y Entrepeñas hasta El Saltador. 



Había sido preciso y precioso cambiar la ley, por el nuevo texto de 1980, para que el agua del Tajo llegara a la provincia de Almería, porque hasta finales de los 60, el agua del Trasvase se iba a quedar en Lorca, pero la sequía de los pozos de El Saltador que inauguró para los colonos el Dictador, propició que el ingeniero Pérez de los Cobos implorase en El Pardo para que el agua llegase también hasta Huércal-Overa y posteriormente a la presa de Cuevas del Almanzora.



Pero lo que en ese momento fue un gran logro, como el maná caído durante 40 años en el desierto del Sinaí, con los años se vio que fue demasiado ruido para tan pocas nueces, por dos razones evidentes: una, que nunca llegaron los 15 hectómetros prometidos para regadío (la media ha sido de 7 hectómetros); y otra, que la superficie de cultivo en esas tierras almanzoríes, sobre todo al aire libre y con verdura de hoja verde, se ha multiplicado como las tribus de Israel. 



El agua del Tajo  para 5.000 hectáreas era como un piscina, pero para 24.000 como hay ahora en producción, es un charco.



Por tanto, convendría poner en situación lo que de verdad pierde Almería con ese recurso que nos hurta García Page bajo el paraguas del caudal ecológico que nadie ha explicado muy bien lo que es, pero que implica que mucha de esa agua acabe en el atlántico portugués antes que regando lechugas de Pulpí o naranjos de Antas.



En una tierra seca como una calavera, cualquier gota es un mundo y la del Tajo también lo es, pero la parte del león, por la que más hay que llorar, está en otras selvas.



El Tajo, como digo, ha venido dejando 7 hectómetros en El Saltador y en Cuevas en los últimos 40 año -algunas temporadas menos- y  ahora con una reducción del 40%, apenas llegarán 5 hectómetros. Es decir, lo que pierde Almería, con la decisión de la ministra Ribera son apenas tres hectómetros anuales, porque Almería -conviene recordarlo- solo representa el 3,5% del agua que viene de La Marcha, bien es verdad que a un precio de saldo para los tiempos actuales: once céntimos. 



La parte mollar, el solomillo del Trasvase, se lo comen los murcianos, el Segura. Apoyar a los vecinos sí, pero la verdadera guerra de los regantes almerienses está en otros lares: por ejemplo en el Negratín, que son 50 hectómetro anuales, que llevan meses y meses sin llegar al Levante almeriense. Una obra pagada de su bolsillo por los propios agricultores y que han aportado a las arcas públicas, según cálculos de la sociedad promotora, Aguas del Almanzora, cerca de 900 millones de euros en jornales. Es la obra privada de la provincia que más ha rentado al Estado en cuotas a la Seguridad Social.


Bien es verdad que, en los últimos años, los regantes de la comarca han aprovechado los derechos del agua del Tajo para permutarlos a regantes alicantinos por agua de la desaladora de Torrevieja. Pero poco caldo se ha podido hacer con ese hueso.


El otro frente realmente crucial para esas 24.000 hectáreas es el de la maldita desaladora de Cuevas que cumple una década averiada. A 15 hectómetros de concesión por año, han sido  150 los que el Almanzora ha dejado de recibir desde el día de San Wenceslao de 2012, o lo que es lo mismo, casi veinte veces más que ese caudal manchego por el que hemos llorado como plañideras de Samaría en los  últimas semanas, más -intuyo- por defender la trinchera política que por solventar estructurales carencias hídricas de una comarca a la que bien se le pudiera aplicar aquella estrofa del cantar de gesta medieval: Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor. 


Han pasado los años, han pasado las décadas, han llegado el gigabit y el algoritmo, pero, como nuestros antepasados, seguimos haciendo lo mismo: mirar al cielo a verlas venir. 


Temas relacionados

para ti

en destaque