El Toresano: fútbol, toros y pajaritos fritos

Manuel Toresano se lanzó a abrir un nuevo bar que llegó a tener las colas de doña Manolita

Manuel Toresano del Aguila, en la barra de su establecimiento, en los años 60. A su lado, con la chaquetilla de camarero, su cuñado Juan Moreno.
Manuel Toresano del Aguila, en la barra de su establecimiento, en los años 60. A su lado, con la chaquetilla de camarero, su cuñado Juan Moreno.
Manuel León
16:01 • 10 feb. 2024 / actualizado a las 20:00 • 10 feb. 2024

El día del Carmen de 1955, un jovenzuelo que había escanciado cientos de chatos de Jumilla en la bodega Tébar de la plaza Vivas Pérez, se lanzó al estrellato por su cuenta: se convirtió en patrón  y dejó atrás el aire de aplicado camarero que le había embargado hasta entonces. Con su esposa Francisca Moreno, abrió el bar Toresano en las entretelas de ciudad intramuros, en el preludio de la calle Regocijos, en las mismas compuertas donde antes figuró Casa Diego y antes aún el bar Flor. Manuel Toresano del Aguila aprovechó de inmediato el lustre que le daba estar situado junto al rompeolas de la ciudad y quiso ir más allá de las tapas tradicionales de otras botillerías al uso, introduciendo mucho guiso, mucha cocina verdadera, mucha innovación a su manera y a la de su mujer que estaba al mando de los fogones. Así fue almidonando una nutrida clientela que acudía al Toresano como el que peregrina a un santo lugar, al reclamo de platillos de gloriosa olla gitana, de picantes caracoles, de sustanciosos callos, de nutritivos taberneros,  de variadas croquetas, acompañados de la especialidad de la casa que era la cerveza Damm en vaso corto, además del vino de Albondón y Valdepeñas. Toresano introdujo, además, algún bocado ungido en su propia fragua: el bíscuter, que era un caña servida con dos lozanas gambas a la plancha por el precio de una peseta. También triunfó el barman con sus célebres pajaritos fritos. Había días que gastaba cinco o seis sacos que le traían cazadores que salían al campo a montear solo para él. Al poco tiempo se prohibieron, como los chanquetes, aunque el primero que acudía a saborearlos al mediodía con un vermú era el Gobernador Civil, Ramón Castilla.



La barra del Toresano fue creciendo en predicamento,  fue adquiriendo pedigrí en sana -a veces porfiada- rivalidad con otros acrisolados figones del entorno como el Sevilla, el Imperial o el Puerto Rico, siempre de picaílla a ver quién inventaba una nueva tapa de éxito.



Tenía de bueno el Toresano, aparte de la diligencia de Manolo en la barra y del talento de Paquita como maestresala de ollas y sartenes, su emplazamiento que le hacía estar a mano de todo: lindando con la botica de Durbán, muy cerca de la vena comercial de la calle Las Tiendas, enfrente de los kioscos Amalia, Oassis, de la administración de lotería El Gato Negro, de Teresa Pumarola. Por allí se apostaba también Rafael el betunero y Miguel con su carrillo en el que vendía caramelos y tabaco de contrabando. Y más arriba el Hotel La Perla, de Gustavo y Goyita, que enviaban a los huéspedes, artistas y toreros a tomar un tentempié en el Toresano.



Lo que más distinguió, sin embargo, a esa bar de la calle Regocijos, lo que ha quedado en la memoria de los más mayores de la ciudad, lo que sin duda le dio singularidad y notoriedad -más allá de delicatessen como el bíscuter o los pajaritos fritos- fue convertirse en taquilla oficial de las dos diversiones nacionales: el fútbol y los toros. Cuando el antiguo camarero de la bodega Tébar abrió su establecimiento, el Almería se llamaba Hispania, militaba en la tercera división, disputaba los encuentros en el estadio de La Falange y vestían la zamarra rojiblanca futboleros tales como Goros, Basora o Falcón. 



A Manolo le ofrecieron entonces convertirse en el dispensador de entradas para el fútbol y los toros por su céntrica ubicación en la ciudad. Así, dispuso Toresano un pequeño cuarto exterior junto al bar donde se expendían los boletos y desde entonces, sobre todo cuando toreaba algún figura del escalafón como El Cordobés, Paco Camino o Bienvenida, o cuando el equipo local disputaba un partido importante, la cola daba la vuelta a toda la manzana. 



El no va más fue cuando el Almería se estaba jugando el ascenso a Primera División en 1979 y 1980, la cola de gente como si se tratase del despacho de doña Manolita- llegaba hasta la Rambla Alfareros y una pareja de policías tenía que regular el tráfico por la muchedumbre que se concentraba para conseguir una localidad en el Franco Navarro. Un jueves -el día que cerraba- de 1981 abrió Toresano el local y donó toda la recaudación para el equipo, en total 35.000 pesetas.



El negocio iba con viento de cola y Manolo se ayudaba de camareros como su cuñado Juan Moreno, Agustín, Pedro y Antonio Charli, que eran de Pescaderia, Gaspar y Paco de Instinción y Emiliano de Lubrín. También empezó a colaborar el hijo mayor, Manolo, y se hizo una reforma para abrir servicio de restaurante con comedor en la planta superior. A Manolo se le murió su compañera en 1985, y, ya viudo, se refugió en sus grandes pasiones: el flamenco, los toros -llegó a ser presidente de la peña Jueves Taurinos junto a gente como Paco Ruiz, Esteban Núñez y Paco Navarro- el dominó y en amigos como Manolo el Patati, de La Mar Chica o Antonio el del Puerto Rico.



Continuó unos años más sin su esposa hasta que en 1992 traspasó el negocio a su hijo, quien lo modernizó dándole el aire de una taberna andaluza, hasta cerrar definitivamente el  Toresano. El hijo abrió un restaurante en Sevilla, el Ajoblanco, y posteriormente tres establecimientos en Las Negras, donde aún continúa un Toresano cabogatero. Manolo, el fundador, se marchó a Aguadulce a gestinar La Trocha, que era una cafetería con tablao flamenco, que compartía con sus cuñados Manolo Martínez Acacio, el de Los Mariscos, y Gabriel Sánchez y ya de noche volvía a su casa de la calle Regocijos. Su último destino, antes de jubilarse, fue la cafetería Che Olivier, también en Agudulce. Manolo el del Toresano,  falleció en 2012 tras más de 50 años pegado a una barra, tras una vida de toros, fútbol, blanca doble y pajaritos fritos.  


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