Todas las vidas de Gregorio el del Bonillo

Hizo de la proletaria patata un manjar de dioses en un templo del tapeo en la calle Granada

Gregorio Giménez Bonillo y uno de sus camareros detrás de la célebre barra de la calle Granada, con el escudo del Valencia.
Gregorio Giménez Bonillo y uno de sus camareros detrás de la célebre barra de la calle Granada, con el escudo del Valencia.
Manuel León
19:19 • 18 nov. 2023

Hay solo un bar en el mundo -y está en Almería- que tiene terraza pero no se ve: hay, quizá, solo un bar en el mundo donde si se acaba la carne, matan al gato con un hacha; hay un solo bar en el mundo donde se llora de alegría cuando se tapea. Está este figón, más clásico que un Madrid-Barça, en la calle Granada y ha cumplido 55 años al pie del cañón, a base de pimentón, tomate y una lluvia de cayena molida sobre la rubia patata. Nació por obra y gracia de un almeriense pinturero, hijo de panadero, que surcó el mundo en un barco, antes de estabularse detrás del mostrador durante cuatro décadas, compaginando las cañas de Mahou con la retranca castiza de la calle Memorias: “Pasen al fondo a la terraza que hay sitio”; Joaquín, dos con y una sin”.



El ritual del fundador del célebre bar Bonillo, que hoy vive en El Parador con  85 años, con las piernas delicadas y el flequillo de un quinceañero, empezaba por la mañana temprano, cuando aparecía por la Plaza a comprar cada día 30 o 40 kilos de papas para la lumbre de su taberna y a por los tarros de picante en Casa Blanes. Después llegaba su fiel escudero, Joaquín Requena, quien encendía las dos pailas a rebosar de aceite de oliva para fabricas esas bravas que se han convertido en las más renombradas a oriente y a occidente.



Ese hombre que hizo de un habitáculo de cuatro metros el templo de las patatas picantes, se llama Gregorio Giménez Bonillo. Era hijo de Fernando un panadero de Baza que trabajaba en la calle Mariana y que trajo al mundo, con ayuda de su mujer María Bonillo, natural de Tabernas, nueve hijos. Gregorio se crio en la zona de la Plaza de Toros, viendo pasar los coches de caballos, y fue a la escuela  de San Isidro en Regiones Devastadas. Con 15 años se puso a trabajar en París Madrid,  una tienda de muebles enfrente de Casa Puga propiedad de don Rogelio. Allí empezó de aprendiz como transportista tirando de un carro de tres ruedas cargado de armarios cogidos con cuerdas que llevaba por toda la ciudad. Después se fue a La Valenciana, otra tienda de muebles que había en Juan Lirola y pasó también por la perfumería Imperio y por la droguería del señor  Efrén Martínez, junto al hostal Andalucía. Pero aquellos sueldos no daban para progresar demasiado en la vida y decidió irse, como algunos de sus hermanos, a Barcelona. Antes, se pasó dos años haciendo la Mili por la Marina, a bordo del buque escuela Juan Sebastián Elcano, surcando todos los mares del mundo, con hasta 3o días de travesía sin tocar tierra. Allí ya se empleó como camarero del barco sirviéndole muchos coñacs al hoy rey emérito cuando era guardamarina. Así pisó Gregorio desde Nueva York a Cartagena de Indias, desde Dublín a San Juan de Puerto Rico. En la Ciudad Condal, en el barrio de Sans, se empleó en un garaje lavando y engrasando  coches y después esmerilando válvulas de cocina en un taller. Del trabajo se iba a la casa de su hermana en Pueblo Nuevo y los fines de semana se divertía, como tantos hijos de la emigración, en aquellos cabarets tan populares del Paralelo, donde tanto cantó y bailó La Bella Dorita.



Pero quería más, Gregorio, aspiraba a más, y aprovechó que su hermano Juan se había ido a Inglaterra para seguirle los pasos. En Brighton se colocó de camarero en el hotel Royal Crescent y en un restaurante de alcurnia, el  Wheelers, donde le sirvió la cena una noche al magnate Aristóteles Onassis y a su esposa María Callas. Allí ganó dinero y aprendió todos los rudimentos del oficio durante cinco años. 



Hasta que en unas vacaciones en la Almería de su alma se enamoró de Carmela, una dependienta de la tienda de Briseis en el Paseo, con la que se casó y tuvo dos hijos. Volvió a su tierra, Gregorio, con muchas ganas y con la seguridad del que ha recorrido mundo. Se empleó de camarero en el Manolo Manzanilla, en el restaurante La Caracola y en el Gran Hotel, con Pepe Tara. Hasta que un día fue a verlo su amigo Matías Pérez, el presidente del Plus Ultra y le ofreció un pequeño local en la calle General Saliquet  (hoy Granada) donde había estado anteriormente una imprenta.



Era 1968 y tenía ya 30 años y decidió que era el momento de montarse por su cuenta, de trabajar para él mismo. Así nació el bar Bonillo, al principio con su mujer en los fogones y él en la barra. Hasta que nacieron los niños y fichó al inolvidable Joaquín de cocinero, que entonces trabajaba en un bar de la calle Altamira. Desde entonces y durante cuatro décadas, el tándem funcionó como un reloj, teniendo como marca de la casa las célebres bravas que le llegaron del consejo de unos turistas madrileños que las comían en el barrio de Salamanca. 



Así fue como se forjó la leyenda del Bonillo: con mucho picante y mucha guasa almeriense: “Señores pasen al fondo que está libre”, y en los días de más calor: “Parece que se va a poner a llover de un momento a otro”. Su clientela cada vez era más juvenil y los fines de semana se llenaba, como ahora, toda la calle. Tanto, que tuvieron que poner fuera unas repisas para los botellines y los chatos de vino y para los platillos de las gloriosas patatas picantes o moderadas.



Gregorio se retiró de la faena en 2002 pero siguió el negocio su querido Joaquín, ahora también jubilado, quien lo ha legado, a su vez, a su hijo Rubén, que sigue manteniendo las patatas bravas como el primer día, con un tremendo mural de Los Escullos a sus espaldas, aunque ya sin tanto chiste como el que se gastaba Gregorio. Desde que se fue este buscavidas, este emigrante que surcó todos los mares, la terraza del Bonillo se cerró para siempre, aunque el fuego en la boca permanece.


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