Dos amantes muy almerienses

Si Maya es la algarabía, el ladrido ronco y de fácil gatillo, Queen es la musa de la delicadeza

Juan Antonio Cortés
00:21 • 06 jun. 2023

Queen y Maya son dos hembras.






Maya es blanca, un poco bestia y extrovertida hasta decir basta: un bichón americano de cuerpo redondeado que vive para lamer y comer. Buena como ella sola, pero intransigente en grado sumo. Es joven, dos primaveras. Se curará. Duerme al pie de la cama -de los jefes-, ha rechazado su perrera porque le aburre la soledad y su mayor divertimento es un patito amarillo, de nombre Juan, que atrapa como una presa mala. Cuando sale a pasear, que es ella la que manda, le gusta masticar hierba fresca y ladrarle a todo quisque. Morder no muerde, pero acojona. Todos son potenciales víctimas de sus ataques frustrados. El jefe, que lo sabe bien, la ata en corto. Pero lo que más le mola a Maya es ir al colegio. Es su viaje corto, que por la tarde llega el largo, y tiene como gran motivación las mochilas de los críos. Ya la conocen, así que uno la coge y el otro la suelta. Cada niño cree que su bolsa con libros es la preferida, pero no se dan cuenta los pobres de que lo que a Maya le mueve es la bolsa de dentro. El bocadillo, vamos. Aunque últimamente hace un gesto raro cuando huele. Será porque está harta de tanto sandwich friqui: que si el pan de hogaza con cebolla pochada, brotes de alfalfa, humus, queso vegano y algo de calabacín. Un coñazo, se dice. ¿Y el paté? ¿Dónde está el morcón de Serón?



Queen, cuatro años, es una yorkshire tan pequeña que, cuando sale a la calle, siempre parece recién salida del nido. Está harta de que al jefe le digan que cuántos meses tiene. Cómo qué meses, se dice. Negra como el tizón y del color del oro, tímida desde que la sacaron de aquella jaula donde se ofrecía al mundo, su mirada es más de zorra que de loba. Tiene el hocico alargado, sabe dar la pata con gracia y agacha la cabeza con genio cuando quiere que le toquen el cuello, que es casi siempre. Duerme la mitad del día y es tan pacífica que solo ataca cuando ve al electricista. Abajo. Sin aviso previo. Al tobillo. Como manda la ley de los invisibles. Queen, no crean, se recuesta en sitios de alcurnia: o en la cama grande, con los jefes, muy pegada al costado en los días de enero; o en su guarida, con la cabeza siempre a vista de pájaro, preparada por si acaso la jefa martillea el cuchillo y le da por cortar una brizna de jamón de york -que vendrá de yorkshire, pensará-. Tiene Queen una vida burguesa. Dispone de posibles varios y, aunque no reza capital alguno en su libro veterinario, bien es sabido que cuenta con dos perreras de madera -la suya y la de Maya-, el respaldo del sillón principal -desde donde se entretiene viendo la Patrulla Canina-, una cama que nunca usa junto a la de los jefes -porque prefiere dormir con ellos- y un metro cuadrado de losas en la terraza para cuando el sol asoma tibio.



Si Maya es la algarabía, el ladrido ronco y de fácil gatillo y la tozudez perruna, Queen es la musa de la delicadeza. Maya bebe y forma charcas donde vivirían hasta las ranas. En los días de compras, cuando ve bolsas en el portal, Maya deja las lisonjas para otro rato y se va directa a olisquear. Busca su ágape, su banquete inesperado. Gasta tal ansiedad que, si come rápido, se atraganta. Bien lo sabe el jefe, que han sido ya demasiadas las veces en que ha tenido que hacerle la maniobra de Heimlich. Una vez aquello no funcionó y en un éxtasis de desesperación decidió, como última bala, recurrir al instinto. La perra estaba ya morada. Se moría. Pero el jefe, que por eso es jefe, pensó en voz baja: “¿Y si toco el timbre?”. Mano de santo. Fue activar el pulsador y, ras, Maya ladró. Y con el ladrido, ras, la bola salió disparada a la puerta de la vecina. Pero qué majadería, decía la jefa. ¿Majadería? Ya lo ves. “Me entiende más que tú”.



Queen no se moja ni los bigotes cuando bebe. Y si lo hace, se relame con una extraña sutileza. Mastica con el refinamiento de un burgués de Berja del siglo XIX y es tan territorial que no necesita más mundo que el que tiene en rededor: un feudo de castillos y muñecas y zapatillas de bailarina. Que eso parece ella: una danzarina clásica.



Cuando los jefes y las hijas de los jefes y la gente de los jefes entran por la puerta, Maya y Queen aguardan su momento. Empiezan, entonces, a agasajar con benignidad aunque desde la última vez haya pasado el tiempo justo de tirar la basura y comprar el pan. Maya mezcla el ladrido y el aullido en un tono impropio de un perro serio. Queen es tan poca cosa (...). Algo le sale de dentro, pero muy suave, tenue, apocado. Menea el rabo con fineza, aunque retraída. No es seductora, no. De chica era la más fea de entre las perras feas, si es que alguna hay, pero de adulta es una reina excelsa que repudia el boato. Una emperatriz tan sumisa a la manada que se diría sierva más que soberana. Y no, ella es Queen, Su Majestad, la primera amante del jefe.



La otra amante es una señorica exótica. Es más besucona. Más insistente. Aduladora como ella sola. Traviesa en sus conquistas. Su ínsula, allá donde hay comida. Una princesa en casa de una reina. Reina y princesa, amantes de un mismo jefe. O lo que es lo mismo: pelea. Porque la reina no manda y la princesa quiere reinar. De suerte que Maya, que es algo más bruta, no puede ver a Queen echarse en brazos del jefe. Y asalta su lomo con estrépito. Queen huye a su perrera y echa las llaves del puente levadizo de su fortificado castillo. Maya está muy celosa. De vísceras. El jefe, que conoce los efectos de esa cólera, las coge en brazos como un justo juez. Y le susurra algo a Maya, que deja de arremeter. Y a Queen, que casi tiembla. Y les promete a las dos cosas tan imposibles como quererlas igual. Lo normal en un amante. Engaña, claro, pero se dejan engañar. La jefa, que jefa es, sabe lo del jefe con las dos tipas, pero vive como si no lo supiera. Esas dos amantes caninas corren el peligro de una orden de separación si Maya sigue con sus intentos de homicidio. Queen, que reina es, debe demostrar quién tiene la corona.


Posdata: No es bueno humanizar a los perros, pero su sola presencia nos hace mucho más humanos. Siempre perdonan. Siempre aman. Siempre fieles. Siempre. 


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