La Almería de los felices años

En las décadas de los años 20 y los 30, Almería, como el resto del mundo, fue un tobogán

Baile de disfraces en el Teatro Cervantes, al poco de ser inaugurado, en una época de ficticia prosperidad.
Baile de disfraces en el Teatro Cervantes, al poco de ser inaugurado, en una época de ficticia prosperidad.
Manuel León
01:04 • 09 abr. 2023 / actualizado a las 01:11 • 09 abr. 2023

Fue la Almería de los grandes banquetes, de los primeros autos americanos, de los baños templados en el balneario Diana; fue la Almería de González Egea y de Madariaga, de la Cámara Uvera y del Somatén; fue la Almería del tobogán de la prosperidad a  la grisura tras el crack 29.



El día de la instauración del Directorio militar de Primo de Rivera, apoyado por el rey Alfonso XIII, el 13 de septiembre de 1923, se recibió en Almería con normalidad. El Gobernador Militar, Sánchez Ortega, declaró el Estado de Guerra y al día siguiente desfiló por el Paseo del Príncipe el Regimiento de la Corona, entre los vítores de los transeúntes. Los almerienses recibían con alivio el nuevo régimen, que laminaba el sistema liberal, hartos del turno de partidos que desoía continuamente a esta tierra esquinada.



El obispo, Bernardo Martínez Noval, en la Catedral berroqueña hacía rogativas a favor de los nuevos gobernantes. En el bar Americano de Ambrosio López, en el boulevard, entre ponches y volutas de tabaco, la gente brindaba por los nuevos tiempos, en los que veían una oportunidad de librarse del caciquismo imperante. Pepe Durbán y Paco Aquino escribían en La Crónica Meridional versos encendidos  ante la nueva era. La fiebre regeneracionista invadió las calles y los centros de trabajo.



Hubo algunos guiños: el economista del Estado, el mojaquero Flores de Lemus, dotó a los ayuntamientos y diputaciones de mayor autonomía fiscal y eso propició el emprendimiento de proyectos de mejoras urbanas. Con Juan de Madariaga al frente de la Diputación se duplicaron  los caminos vecinales y se modernizó el Hospital Provincial, el Hospicio, la Casa de Expósitos y el Manicomio; se creó la Cámara uvera, presidida por José Sánchez Entrena y se instalaron los primeros barracones del Campamento de Viator. Se posicionaron como hombres fuertes de Almería, el banquero Antonio González Egea, Francisco Rovira, Carlos Palanca y Gabriel Callejón, que comandaba La Unión Patriótica, el partido imperante. José Rocafull, director de la Escuela de Arte y Oficios, organizó el Somatén, una especie de milicia armada.



Mejoraron las exportaciones de uva, a pesar de la plaga de la mosca  mediterránea que cerró el mercado norteamericano. En 1925 se obtuvo una comercialización histórica de dos millones de barriles embarcados a un discreto precio medio de 18 pesetas el barril. 



Almería en esa época gozaba de una tasa de paro casi inexistente: había trabajo para cualquier bracero y el que tenía ambiciones de algo mejor, emigraba a América. 



Fuerzas Motrices del Valle de Lecrín había mejorado, en esos primeros años veinte, la potencia eléctrica que llegaba a los hogares y negocios más opulentos de la ciudad. Se pusieron de moda los banquetes en el Casino presidido por Eduardo Pérez, regados por buenos vinos y postres de la Bollería Suiza, regentada por el hijo de Piedad; se hablaba en los salones de la nueva veta de oro en la mina ‘María Josefa’ de Rodalquilar; en el verano, los adinerados reposaban sus vientres en la terraza del balneario Diana y por la tarde leían las cotizaciones en  la biblioteca del Círculo. Había sociedades como La Peña que frecuentaban el selecto restaurante  El Montañés donde se servía cazuela de ave a la americana y langosta Termidor. Allí se homenajeó al empresario Francisco Oliveros. José González Egea, hermano del alcalde, solía  agasajar a sus invitados en Villa Sofía, un artístico chalé en Aguadulce, al que llegaban estos potentados almerienses en canoas.



La autoridades locales presionaron en las altas instancias y Miguel Primo de Rivera llegó a Almería el 22 de abril de 1927 a bordo del crucero Princesa de Asturias. Venía a visitar las obras del campamento Álvarez de Sotomayor, un lugar estratégico en el contexto militar del país en aquel tiempo, debido al conflicto bélico con Marruecos.


Antonio Acosta Garzolini regentaba el concesionario de Chevrolet y la plaza de toros se llenaba para ver torear al Niño de la Palma o al novillero local, Pepe Canet. Se consolidaron buenos comercios de tejidos como el Abc, sastrerías como la de José de Juan, peluquerías como La Inglesa, hoteles como el Simón y el Continental o casetas de tocinos, mantecas y carnes como La Higiénica. El cable inglés y el francés estaban a pleno rendimiento con el hierro que llegaba de Alquife.


Pero había mucho de ficticio: Almería seguía siendo una cenicienta rural en manos de caciques de nuevo cuño.  Había todavía mucho por hacer en una ciudad lacerada por la pobreza y la mendicidad, por el analfabetismo y los estragos que provocaban en la población más menesterosa enfermedades como el tracoma y la tuberculosis. Toda esa alegría impostada de los años veinte del charlestón, amparada en las buenas cosechas, en la recuperación tras la Primera Guerra Mundial, provocó una especulación financiera que pinchó un Jueves Negro de octubre de 1929 en Nueva York y que tiñó de pesimismo la economía mundial. Los periódicos de Almería informaban en pequeños sueltos del pánico neoyorquino, de los saltos por las ventanas de los banqueros. La provincia, sobre todo la uva, sufrió en demasía esa gran recesión de los años treinta que los potentados del Casino y del Círculo, engolfados entre bailes y habanos, en las comidas pantagruélicas en El Montañés, apenas llegaron a intuir. El  ejemplo más palmario, con la República recién inaugurada, fue el gran paro de noviembre de 1931: primero fueron los panaderos y después siguieron los ferroviarios, los tipógrafos, los camareros, los barberos hasta llegar a los  obreros del Puerto, cuando  ya la huelga en la ciudad se convirtió en general, cuando todos los gremios sacaron el tropel a la calle la lista de agravios por tantos años de injusticias sociales. 













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