Economía del pesimismo

El BCE utiliza la política monocorde de tipos de interés que genera más dolor para las familias

Francisco Joaquín Cortes
09:00 • 16 feb. 2023

La situación económica que estamos viviendo en la actualidad nos invita a compararla con la que se vivió en los años setenta del siglo pasado. La decisión de Nixon en 1971, rompiendo con la convertibilidad del dólar en oro y con los pilares del Sistema Monetario Internacional, creado con los acuerdos de Bretton Woods y las premisas de Keynes y White, hizo que los mercados financieros se hicieran cada vez más especulativos y aumentara la exuberancia financiera a la que ya estamos acostumbrados. 



Además, ese mismo año se llegó al pico del petróleo (peak oil) planteado por el geofísico M. K. Hubbert, propiciando la cartelización de la producción de esta materia prima y anticipando las dos mayores crisis energéticas de nuestra historia contemporánea: las de 1973 y 1979. En estos precisos momentos, comenzaron a ganar cada vez más terreno unas nuevas ideas económicas de calado pesimista y malthusiano asociadas con el agotamiento de nuestro modelo económico, tales como la de los límites del crecimiento, la de la estanflación (inflación con estancamiento económico), o la teoría del estancamiento secular, que, en su día, introdujo el economista norteamericano Alvin Hansen en plena Gran Depresión económica de los años treinta, y que rescataría Larry Summers, el que fuera Secretario del Tesoro de la Administración Clinton.



Pero también, no debemos olvidar que en los 70 se quebró el consenso social de ajustar y vincular los salarios a la productividad, algo que, en la década inmediatamente anterior, permitió que funcionara automáticamente la curva de Phillips y se consiguiera una paz social con escasos precedentes en términos de mejora del poder adquisitivo de los trabajadores.



Pero llegó la crisis de 2008 a poner de manifiesto que la caja de herramientas del economista era insuficiente. En el año 2019 ya venían apareciendo datos macroeconómicos sólidos y recurrentes que nos permitían ver la luz al final del túnel en el que nos metimos con una de las mayores crisis financieras de nuestro tiempo. Una crisis que estalló en el epicentro de la economía global (EE UU), y que rápidamente irradió su virulencia a Europa y al resto del mundo en forma de inestabilidad financiera, recesión económica, desempleo y, en alguna ocasión, en forma de deflación.



Crisis sanitaria Pero cuando todo apuntaba a que, en líneas generales, íbamos por la senda adecuada para la recuperación económica, aun siendo conscientes de que nos habíamos dejado importantes cosas en el camino, sorpresivamente tuvimos que hacer frente a una crisis sanitaria que implicó un hecho inédito e insólito en la historia económica: la hibernación voluntaria de la economía para reducir la movilidad y controlar la evolución de la pandemia. Una gran cantidad de empresas, pertenecientes a los que se consideró como sectores no esenciales, tuvieron que parar su actividad productiva, incurriendo en graves problemas de liquidez que, paulatinamente, fueron convirtiéndose paulatinamente en problemas de solvencia y de viabilidad económica. La inyección de dinero público y, sobre todo, los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE), contribuyeron inequívocamente a paliar los efectos de este coma inducido de la economía sobre las familias y las empresas, impidiendo que la crisis económica se convirtiera en una crisis financiera, y que el coste social fuera realmente inasumible. 



Pero la cosa no acaba ahí. La paralización de una buena parte de la actividad económica generó lo que hemos llamado como un efecto de gibarización de la oferta. Dicho efecto se tradujo, por un lado, en una reducción de la capacidad productiva instalada (encogimiento de la oferta) originada por el volumen de empresas que tuvieron que cerrar o que, simplemente, llegaron a tener severas dificultades financieras y de viabilidad económica. Y, por otro, parcialmente consecuencia de lo anterior, en la reducción de las interrelaciones e interacciones entre las empresas. El efecto fue una crisis de oferta que más tarde se unió a un boom de la demanda debido a las ayudas públicas y a la inyección de liquidez al sistema a través de la política acomodaticia del Banco Central Europeo y de sus correas de transmisión monetaria. Este desajuste intertemporal entre la oferta y la demanda se agravó con el problema energético, la guerra entre Rusia y Ucrania, por no hablar de la crisis de las materias primas y de la lucha de carácter geoestratégico por el control de la producción de las tierras raras, elementos materiales fundamentales para producir los dispositivos electrónicos y las nuevas tecnologías.



Inflación Por su parte, tras muchos años de inflación controlada y tipos de interés próximos al cero, la inflación ha venido a hacer más compleja la situación, Pero no debemos olvidar que, en la actualidad, los problemas inflacionarios, tal como se están presentando, son más el síntoma que la propia enfermedad. Se trata de una inflación netamente de oferta a la que se está aplicando políticas monetarias como si se tratara de una inflación de demanda. La inflación de oferta requiere de medidas estructurales sobre los distintos sectores económicos y su régimen de competencia, por lo que solo puede generar efectos a medio y largo plazo.  Por lo tanto, para afrontar una crisis polifónica, basada en la oferta, el BCE utiliza la tradicional política monocorde de los tipos de interés, que solo tiene efecto sobre la inflación de demanda. La consecuencia es más dolor para las familias, mientras que los resultados en relación con el control de la inflación se vuelven pírricos.



En este sentido, la actual situación económica y financiera aglutina de forma simultánea diversos frentes de problemas que la hacen notablemente compleja y, probablemente, impredecible. La incertidumbre, así como el aumento del riesgo que lleva aparejado, está haciendo muy volátiles a los mercados, muy endeudados a los Estados, muy frágiles a las economías locales y globales, y muy vulnerables a las empresas y a las familias. En concreto, estas últimas, las empresas y las familias, ante la ingobernabilidad del entorno, están intentando ganar en resiliencia y capacidad de adaptación.


*Francisco Joaquín Cortés García es Profesor de la UAL


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