Quiénes son los verdaderos almerienses

Hubo unos colonos calvinistas que se desollaron para hacer una nueva provincia en 14 poblados

Plaza del poblado del Parador, a mediados de los 60, donde se observa un carro, la torre de la iglesia y la fuente de agua compartida.
Plaza del poblado del Parador, a mediados de los 60, donde se observa un carro, la torre de la iglesia y la fuente de agua compartida.

Manuel Martínez Galafat era un niño de nueve años cuando llegó a la Tierra Prometida. Su padre había sido hasta entonces aparcero de un señorito y dejó atrás su patria original para llegar en un carromato al campo de Roquetas. Era 1956, aquel año del frío siberiano que acabó con los olivos, y la familia del niño Manuel había sido agraciada con dos lotes de tierra del Instituto Nacional de Colonización. Era una parcela de tres hectáreas en el Sector 1, con una casa de labranza donde Manuel se crió con sus hermanos, entre sabañones y olor a alfalfa recién segada.


El Estado entonces dotaba también a cada colono con un ajuar agropecuario formado por una vaca suiza, dos lechones, dos conejos macho y hembra y una docena de gallinas. Era una casa campesina, que aún existe junto a las demás, integrada ahora en la Roquetas profunda, en lo que entonces solo era una paramera seca. Tenía también una cuadra para los animales, una cocina, un saloncito, dos dormitorios y un cuarto de aseo, un lujo asiático para la época. Al poco tiempo de llegar Manuel con su familia, pusieron la primera luz eléctrica con cable trenzado.


El día que apareció Franco (o su doble) en un Dodge Dart a ver esas tierras de promisión, a Manuel lo vistieron de azul falangista y salió luciendo sus mejillas delgadas y agitando una banderita rojigualda en todos los cines de España a través del Nodo. Mientras iba a la escuela de don Epifanio para aprender las cuatro reglas, su padre sembraba guisantes, habas y alcachofas con el agua del Pozo de los Motores, cuando aún no había llegado el descubrimiento del enarenado, que ha sido  para Almería como la invención de la rueda para la humanidad.



Cuando dejó el colegio, Manuel se hinchaba a trabajar cortando hierba con la hoz para los animales. Solo paraban los domingos por la tarde para oír en la radio los partidos de Di Stefano y Kubala. Manuel recuerda que los ingenieros de colonización intentaron poner fresa al principio, pero fracasaron por la salinidad. Hasta que dieron con la alquimia perfecta del plástico y la arena que traían de la playa en carros tirados por yeguas. “Si no hubiera sido por la arena, el Poniente hubiera fracasado”, explica Manuel  echando mano de sus recuerdos infantiles. 


Después empezaron las corridas, los camiones, el milagro, las asociaciones como El Olivo y las Lomas, que compraban juntos los abonos. Las primeras alhóndigas en esa zona fueron las de Poveda, la de Amat Ayllón, la del Lechero, la Diana que era de Luis Cañadas. Después llegó Agroparador y hasta el obispo montó una cooperativa. 



Y en El Ejido estaba el Merco, Camposol de Jesús Alférez, Frusol, El Porvenir, Ejidomar y la subasta de Góngora y se fueron sustituyendo los isocarros por las furgonetas Ebro hasta empezar a convertirse el invernadero urcitano en la Despensa de Europa, como antes fue la parra de Europa, el hierro de Europa y la seda de Europa. La historia de Manuel es la de miles y miles de colonos que fueron asentándose en esta tierra a partir de finales de los 50 procedentes de Albuñol, de Celín, de Laroles, de La Rábida, bajando de las montañas alpujarreñas, como una segunda repoblación, tras la iniciada 500 años atrás cuando expulsamos a los moriscos y nos colonizaron murcianos y manchegos.


Qué somos los almerienses, sino una mezcla; qué es el duende almeriense sino un crisol de paisanos llegados de todos sitios; quién tiene  la pureza de sangre en esta ciudad, en esta provincia mestiza, quién de verdad puede sentirse ‘cristiano viejo’ para poder hablar de ‘nosotros’ y de ‘los otros’; quién no es forastero en esta tierra que está hecha con jirones de todo el mapamundi; quién tiene el gen de San Indalecio, quién ha heredado la diabetes de Almutasín; quién tiene derecho a expulsar, a no permitir venir, ¡si nadie es de aquí más que nadie!


Por otra parte, lo que hace genuino el ‘modelo almeriense’ que iniciaron esos modestos rancheros -padres y abuelos de los actuales agricultores- no es su efecto económico, sino el social, en el que no se han enriquecido unos pocos, sino que ha habido un reparto equitativo de riqueza entre los pequeños campesinos, como una lluvia fina que fue empapando los minifundios de todos esos iniciáticos colonos en los que la meritocracia del sudor se vio recompensada con una buena casa, un buen coche y estudios para los hijos.  La verdadera Reforma Agraria que formulara Joaquín Costa hace más de un siglo ha ido cristalizando a lo largo de las últimas cinco décadas en este rincón del sur más que en ningún otro campo de España.


Cuando Franco creó el Instituto Nacional de Colonización en 1941 bajo el manto de una Dictadura, el Campo de Dalías eran doce kilómetros de baldíos erosionados  que llegaban al mar, “un desierto como el Sinaí”, como escribió Brenan. Hasta lo que es hoy, porque las hortalizas no entienden de política. 


A partir de que el Estado declarara de Interés Nacional la zona del Campo de Dalías, Níjar y el Saltador, fueron germinando catorce poblados de colonización en el territorio provincial: San Isidro y San Francisco, en Huércal-Overa; Campohermoso, Puebloblanco, San Isidro y Atochares, en Níjar; Ampliación de Roquetas, El Parador, las Norias, Camponuevo del Caudillo (La Mojonera), Las Marinas, Puebla de Vícar, San Agustín y El Solanillo, en el Campo de Dalías.


Todos estos pueblos, estrenados por esforzados alpujarreños con mentalidad calvinista en vez de por pendencieros como en el Lejano Oeste, fueron medrando a partir de una docena de casitas y tierras de labor en medio de la nada y se fueron complementando con pequeñas escuelas y plazas y altas torres de iglesias que se encumbraban como catedrales góticas en medio de la planicie, que eran diseñadas por jóvenes arquitectos como Fernández del Amo o José Antonio Corrales o Francisco Langle. 


Almería no sería hoy igual sin esos adelantados colonos, que abandonaron la tierra de sus antepasados para venir a vivir y a morir al desierto. La provincia les debe algo a esos pioneros de la caña y de los setos que de forma tan  callada y humilde, pidiendo préstamos a la Caja Rural, trabajaron  junto a los balates de sol a sol, aunque no tuvieran la pureza de sangre que siempre ha corrido desde Las Mariposas a la Plaza Circular.


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