Almería y la historia del primer semáforo

El edil apretó el botón en esa ciudad híbrida en la que los 1.500 convivían con las mulillas

La Puerta Purchena en 1968, con los primeros semáforos que se ven debajo de la imagen.
La Puerta Purchena en 1968, con los primeros semáforos que se ven debajo de la imagen.

Fue un 20 de febrero de 1968, cuando el concejal de Tráfico, Joaquin Monterreal, apretó el botón eléctrico y los dos primeros semáforos de la historia de Almería empezaron a funcionar cambiando de color, como algún consejero de Murcia. 


Almería acababa de encender sus dos primeras ‘columnas luminosas’, como se les llamaba entonces, y era como si se hubiera lanzado un cohete de Cabo Cañaveral, como si la NASA hubiera llegado esa mañana de invierno a Almería a través de la yema del índice del tío abuelo del alcalde actual. En fin, acababa de entrar, esta ciudad de mulillas y tartanas, en la modernidad, justo al lado del más que centenario Cañillo.

 



Era 1968, el año en el que también se inauguró el Gran Hotel, en el que Pinito del Oro deslumbró con su circo instalado en la Rambla, los años en los que el Oeste Americano se había trasladado a esta ciudad con decenas de rodajes, con Anthony Quinn probándose unos zapatones en Curtidos Ruiz o Brigitte Bardot paseándose en coche de caballos. 


En 1926 se había instalado el primer semáforo en la calle Alcalá de Madrid y 42 años después había llegado por fin al sur del sur, en ese mismo Paseo por el que circuló el primer utilitario en 1900 con el industrial José García Peinado al volante, haciendo más ruido entonces que la cafetera del Parrilla Pasaje, un Marot y Gardon de París, según recuerda José Luis Ruz.



Los dos primeros semáforos se colocaron justo uno  donde estaba Calzados El Misterio, bajando de la Plaza de San Sebastián, y otro en la confluencia del entonces Paseo del Generalísimo con  Obispo Orberá. Era como ahora, el rompeolas urbano de la ciudad, la Puerta Purchena entonces,  con ese gran luminoso de la Philips  presidiendo el espacio desde arriba y esa fuente redonda y esos seillas achaparrados, que parecían como ciclistas colombianos al lado del tamaño de los 1.500 o de los Haiga que habían traído los indianos retornados de la emigración americana.


El presupuesto de esos primeros semáforos, junto a los que se fueron acoplando como arbolitos metálicos en diversas vías de la época como Las Almadrabillas, la calle América, la calle Real del Barrio Alto, calle Eguilor o Ciudad Jardín o Carretera de Ronda, ascendió a dos millones de pesetas y la empresa  que se adjudicó el servicio fue la Sociedad Ibérica de Construcciones Eléctricas (Sice) que aún sobrevive y que acaba de cumplir cien años de existencia.


Decía el periódico entonces que “el vecindario aplaudía la buena nueva de los semáforos”. Y quien más lo pudo celebrar sin duda fueron los guardias urbanos, que vivían en los últimos años un estrés  de metro de Tokio en hora punta, con el crecimiento exponencial que registraba día a día el tráfico en el centro de Almería.  Aquellos iniciales semáforos no condujeron a los agentes a la jubilación anticipada, pero sí alivió su carga y sí tuvieron mayor libertad de movimientos, con su casco blanco y su silbato perenne en la boca en interminables jornadas de frío de y de calor, según la estación.


Las pruebas de sincronización duraron un mes para que no fallara nada, para que el verde diera paso al ámbar y el ámbar al rojo, con flechas de giro, entonces, que confundían a los conductores poco avezados a los nuevos tiempos semafóricos.


Tanto que el Ayuntamiento tuvo que dar un cursillo, no solo a chóferes, sino también a peatones, publicando las normas en los periódicos: “El semáforo que ha llegado a nuestra ciudad se compone de tres lentes, una verde, otra roja y otra ámbar, para cruzar el peatón esperar a verde. . . Así y todo hubo quejas de ciudadanos porque consideraban que los semáforos tardaban demasiado en ponerse en rojo y los cronometraban con el segundero del reloj para quejarse al concejal Monterreal del tiempo que perdían junto a la calzada cada día. También se hacían advertencias y anuncios del Ayuntamiento para que los conductores no se despistaran en la reanudación de la marcha. Había también algunos que paraban el motor para ahorrar combustible en los dos minutos en los que la señal estaba en rojo.


En los primeros días, a pesar de que el semáforo estaba ya en buena parte de las ciudades colindantes con Almería, algunos conductores se saltaban el luminoso como si no fuese con ellos, como si  no tuviese rango de obligatoriedad.


La Administración Municipal aprobó una ordenanza regulatoria y estableció sanciones por su incumplimiento de 200 pesetas para los conductores y 25 para los peatones que no observasen la conducta adecuada al atravesar la calzada estando la señal en rojo o al demorarse en el tránsito. Los primeros días se  llegaban a imponer hasta veinte multas diarias, según la prensa de la época.


Tan solo un mes después de la puesta en marcha de los artefactos, un camionero llamado Antonio Rodríguez Quiles, dando marcha atrás en una mudanza de una casa del Paseo del Generalísimo, se cargó uno de esos primeros semáforos que estaba situado en la confluencia con la calle General Segura, enfrente del Casino, partiéndolo por la base y derribándolo al suelo. 


Uno de los puntos negros de la ciudad en esos primeros tiempos semafóricos fue el cruce de la Rambla Alfareros bajando hacia Pablo Iglesias y la Puerta Purchena, en la que los guardias urbanos tenían que reforzar lo que las señales luminosas indicaban con sus distintos colores.


Lo cierto es que aunque Almería hubiera dado un  salto tecnológico en aquellos tiempos que nos parecen ahora tan inocentes, la calzada siguió siendo transitada por coches de caballos en pleno apogeo, por algunos carros de mulas que de pronto aparecían por la calle Granada procedente de los pueblos de los alrededores y también por aquellos isocarros que aún formaban parte del paisaje de aquella Almería híbrida: la ciudad estaba escapando del largo posfranquismo, los bikinis bullían en sus costas, habían llegado los tecnócratas al poder, pero en las cuevas de La Chanca seguía presente la pobreza de solemnidad. 



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