El astillero centenario de Almería

Lo fundó en 1910 Rafael López Martos, un bravo calafate abderitano iniciador de una estirpe

Arriba el maestro Enrique en el astillero con su hermano, su hijo y un armador. Debajo Rafael y Enrique López.
Arriba el maestro Enrique en el astillero con su hermano, su hijo y un armador. Debajo Rafael y Enrique López.

Almería fue durante centurias venero de provechosos carpinteros de ribera, de meritorios maestros calafates, que construían barcos agachados bajo las cuadernas con un lápiz en la oreja y un pitillo en los labios. 


Ocupaban el final de la Rambla de La Chanca o la playa de Las Almadrabillas para restañar las heridas de aquellos legendarios paylabotes de carga, para darles brea a aquellas célebres barcazas en las que se estibaban los barriles con pámpanos de uva para llevarlos a remo hasta el vientre de los grandes vapores anclados frente a la bahía rumbo al mundo entero.


Eran esos talleres y esos hombres, peritos en el arte de manejar la madera y el clavo, herederos de aquellas fabulosas atarazanas morunas, que aparecen en las láminas de Chapuy, que estaban frente a lo que hoy es el Parque, donde pudo cimentarse la legendaria flota califal y que fueron voladas con dinamita el año de la Gloriosa Revolución para, en su lugar, alzar los primeros edificios burgueses del añejo Malecón.



Era entonces todo el frente marino, incluido el Barrio de Pescadores, un hervidero de maestros y aprendices de astillero, de buenos artesanos en el arte de lijar, de cepillar, de enmasillar, de pulir tablones con la garlopa, de pintar con patente para mantener la flota en perfecto estado de revista.


José Hernández fue uno de esos antiguos calafates que en 1885 reparó con destreza las averías en el casco y en las jarcias de una corbeta francesa que se dirigía al Senegal, un trabajo que fue muy celebrado en aquella época remota. En Las Amadrabillas destacaba el maestro de ribera José Asencio Uclés, cuando aquello era un emporio de marengos y de talleres de reparación.



También fueron renombrados Tomás Vila, Sebastián León que armaba faluchos y Antonio Ledesma Navarro, experto en veleros que en 1918 bautizó la balandra Teresa Alberola. Y el conocido calafate chaqueño Juan de Amalia consiguió en 1920 la hercúlea tarea de reparar el  buque de cabotaje Somorrostro. 


En el Muelle de Almería se reparó también en esas fechas el Savoia, un hidroavión de la Marina de Guerra española que sufrió una averia en pleno vuelo procedente de Los Alcázares de Murcia y fue remolcado al cantil de Levante para su puesta a punto. La Junta de Obras del Puerto tenía sus propios maestros calafates y mecánicos para sus embarcaciones, como Francisco Cano Milán y José Arabí Salmerón. 


Había entonces en Almería un conocimiento ancestral del oficio de la construcción y reparación naval -como ahora puede ser la industria del invernadero- un pequeño hub náutico forjado de generación en generación, como la casa Sierra y Romero o talleres como el de Oliveros, cuyo origen no fue la construcción de vagones de la Renfe,sino los motores de los barcos de pesca y cabotaje. Uno de esos maestros pioneros en el arte de la carpintería naval, que con el tiempo echó raíces fue Rafael López Martos, un  calafate abderitano que en 1910 se afincó en Almería al reclamo de la pujante demanda de barcazas para el embarque de la uva de Ohanes. 


Se casó en 1914 con  Antonia García Toledano, también abderitana y descendiente del adinerado empresario y  político Juan Lirola, aunque este maestro de ribera nunca quiso vivir de la alcurnia de su mujer, sino de su bregado taller que estaba bajo el Pito del Puerto. Allí, dirigiendo esa pequeña factoría, bajo ese olor denso a madera fresca, adquirió nombradía el maestro Rafael, en un arte heredado de sus ancestros, hasta que falleció una semana después de que terminara la Guerra Civil en su casa de la calle Cordoneros.


Dejó seis descendientes, Enrique, Rafael, Pepe, Antonio, María y Soledad.  Los cuatro varones continuaron por un tiempo el oficio donde lo dejó su progenitor y siguieron ennobleciendo la honrada tarea de armar y arreglar embarcaciones de la flota anclada en la rada de Almería. Pero fue Enrique, el mayor, el que tomó las riendas convirtiéndose en un fino calafate como sus antepasado, con su gorra ladeada y su eterno cigarro, con el apoyo de sus hermanos y de empleados como Luis Haz. Con el tiempo se fueron retirando de los astilleros antiguos carpinteros como José Fernández, el Lino, Pepe el Che o más reciente Paco el Chico o Zapata y Hernández, ya sin demasiados recambios donde elegir.


Enrique era un maestro en el arte de trazar los barcos a escala sobre una cartulina, sin estudios navales de ningún tipo, solo por la sapiencia transmitida por su padre. Aprendió a dibujar primero barcos de vela y remo en una pared blanca y después embarcaciones de motor como el Chinalo, El Policía, Hermanos Gallart, el Pingano o los Cuatro Hermanos. 


Tenía manos de artista para todos los que le conocieron y por su taller empezó a aparecer después del colegio su hijo Antonio, quien fue aprendiendo pronto a calafatear sobre un lecho de serrín, a dar estopa y masilla a cauterizar juntas y a pintar con dominio. Y también a trazar a medida los barcos en la cartulina con una habilidad casi genética. 


Ahora, con el nombre de Loha y 110 años de historia  oliendo a salitre, el de Antonio es el único astillero que sobrevive en el prontuario de Almería, después de aquella época esplendorosa en la que llegaron a competir hasta seis o siete talleres de calafates. 


Antonio sigue adelante como el último mohicano, por cariño a ese oficio que lleva en los genes, haciendo lo mismo que hacía su padre y su abuelo, inclinada la cabeza sobre la cartulina, con el lápiz y la regla en la mano, ahora que los barcos ya no son de madera sino de fibra, ahora que después de él ya solo puede que quede la nada, como en nada quedaron tantos oficios marineros que se han ido perdiendo en el puerto milenario de Bayyana.



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