Vida y milagros en Almerimar

El emporio estalló en los 80 con locales como El Segoviano, Tiburón, Pirámide o el Club Playa

Almerimar empezó a construirse en 1976 y su impulsor fue Agustín González Mozo.
Almerimar empezó a construirse en 1976 y su impulsor fue Agustín González Mozo.

Almerimar es lo que es -para bien o para mal- por la proeza de un mortal que convirtió pastos y marjales en una nueva tierra de promisión. La metamorfosis no ocurrió de un día para otro, ni estuvo exenta de intrigas, sudor y lágrimas, sino que fue reptando por los meandros de los 60 y los 70, por los años dorados de los 80 y 90 hasta evolucionar a lo que es hoy: uno de los principales núcleos de turismo residencial del Poniente almeriense con más de 8.000  habitantes y uno de los mayores  puertos deportivos del mediterráneo.


El artífice de ese milagro de querer transformar esa pequeña albufera y los restos de un antiguo embarcadero de sal en el Puerto Banús almeriense fue Agustín González Mozo, un inquieto empresario palentino que vino por primera vez a Almería en 1960. Acababa de vender una mina de cobre y mirando al mapa de Andalucía vio que uno de los lugares más vírgenes para invertir era el Campo de Dalías, donde todo estaba por hacer. Se asoció a la promotora británica Mac Alpine y empezó a comprar antiguos pastizales a ganaderos y agricultores mediante expedientes de dominio hasta desmadejar un puzzle 1.500 hectáreas.


Muchas de ellas fueron adquiridas a las empresas Adralmería Española y Unión Salinera y después fue vendiendo, a su vez, a Gustavo Bueno, entre otros, para constituir el germen de 'Tierras de Almería'.



González Mozo nació en 1924 en Palencia, hijo de un vendedor de caramelos. Muy joven quedó huérfano y marchó a Burgos donde montó varias empresas, entre ellas la lechería Clesa y una fábrica de tableros aglomerados y de cerámica, compaginándolo con la promoción inmobiliaria. 


Almerimar fue, no obstante, su gran obra, a partir de que el proyecto fue aprobado como Centro de Interés Turístico Nacional con más de 500 hectáreas. El proyecto de urbanización se inició en 1967 y en 1971 se empezó a desarrollar el Plan Parcial en el entorno de la antigua Ensenada de San Miguel. 



Era un sueño lo que allí se barruntaba para el aún baldío Poniente: miles de viviendas, hoteles, campos de golf, puerto deportivo con mil puntos de atraque para solaz de ricos europeos, en esos años fabulosos del primer turismo. En ese tiempo, el proyecto aún no se llamaba Almerimar sino ‘Oasis de la costa del sol’, en tiempos del alcalde de Dalías Ramón Callejón, cuando El Ejido aún no existía como municipio.


González Mozo era un torbellino que no cejaba de comprar, de inmatricular fincas en el juzgado de Berja, con la asistencia del procurador José Alcoba. Hasta que se constituyó en 1975 la empresa Almerimar S.A. con un capital social de 640 millones y con lo más granado de la inversión inmobiliaria española del momento. Entre los accionistas inaugurales de la urbanización estaban empresarios madrileños y catalanes como Fausto Blasco, José María Cata, los hermanos Cutillas, el popular piloto de carreras Francisco Godia, junto a la compañía del inglés Sir Alfred MacAlpine, el grupo financiero alemán Oasa, el Banco Catalán de Desarrollo y la Caja de Seguros Reunidos.


El arquitecto que dejó su huella en todo ese complejo fue Julián Laguna y el diseñador del campo de golf el americano Ron Kirby. La empresa constructora fue Laing y el autor del proyecto del Puerto deportivo Rafael  Segovia. Los financieros de la macrooperación urbanística fueron el Banco Catalán de Desarrollo, el Banco Coca y el Banco Atlántico y en 1976 se iniciaron los trabajos con una inversión en la primera fase de más de mil millones de pesetas. “Esto es Almerimar, no se venden planos se venden realidades”, era el lema del momento. Pero lo cierto es que, tras el ímpetu inicial de Mozo, diez años después,  Almerimar no había logrado ni un 20% de su ocupación prevista. 


Pero fueron años en los que se fueron abriendo los establecimientos pioneros de la urbanización: el Tiburón, el Segoviano, la discoteca Pirámide, el Club Playa del mexicano Mauricio Cervantes, yerno de aquel afamado doctor alemán Kremer. Ese recinto fue uno de los principales centros de la movida nocturna de la provincia por donde pasaron grupos legendarios como Radio Futura, Gabinete Caligari, Glutamato Yeyé o los británicos Inmaculated Fools. Allí estaba también el Camping Marazul, de la familia Otero, reconvertido ahora en un residencial.


González Mozo, el fundador, fue soltando amarras, y  tras un cúmulo de problemas financieros a través del Banco de Madrid, la urbanización ejidense fue adquirida por un grupo empresarial comandando por Francisco Escorial, Jorge Garriga, Emilio Espinosa y Santiago Martín, como consejero delegado, entre otros, quienes en 1991 le vendieron una parte al grupo japonés Shin-Ei, propiedad del banco Daywa Bank, quienes llegaron como el Tío Gilito, pero terminaron vendiendo su parte a Francisco Escorial más de una década después, acuciados por la galopante crisis económica nipona. 


Más de 40 años después de la primera piedra, el sueño del emprendedor palentino, el hijo de aquel humilde vendedor de golosinas con carrito, se ha consolidado y su memoria ha quedado para siempre reflejada en un  busto junto al Puerto Deportivo tras su muerte hace ya más de una década.


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