¡Ya están aquí los polvorones!

Un supermercado del centro saca a la venta los primeros mantecados de la temporada

Una señora mira las cajas de polvorones en un supermercado del centro.
Una señora mira las cajas de polvorones en un supermercado del centro.

Ya han dispuesto las cajas de polvorones y mantecados reglamentarios en uno de los supermercados del Paseo; ya están ahí para recordarnos, una vez más, el paso del tiempo, para recordarnos que somos mortales. La gente pasa por su lado y los mira con incredulidad, como no creyendo que, en medio de este otoño que se acaba de inaugurar, aparezcan ya luciendo envoltorios como pavos reales. La señora de la foto, aún en pantalón corto, no daba crédito a que estuvieran ya allí esas cajas de mantecados envueltos con toda su manteca y su azúcar, con todo su limón, con todo su garbo como mensajeros de la Navidad.


La última vez que comimos, en tiempo y forma, polvorones o mantecados o alfajores, aún no sabíamos lo que se nos venía encima, aún estábamos libres de pandemias, solo nos incordiaba nuestra pedestre gripe. Para esta Pascua tendremos que desenfundar mascarilla antes de llevarnos el mantecado de Fondón o de Laujar o de Estepa a la boca. 


Ya están aquí estos mantecados y han venido para quedarse al menos hasta después de Reyes, cuando volverán a desaparecer de la mesa camilla familiar. Paros los niños de la Postguerra, un mantecado era, si lo tenían, un néctar de ambrosía. Los nuevos niños de ahora no les hacen ni caso, por mucho que luzca su papel de seda, por mucho que desde el interior del envoltorio el ingenio hecho con paciencia artesanal esté gritando ¡cómeme!.


Dicen que el polvorón lo inventó una tendera de Estepa nombrada como La Colchona hace ya varios siglos. En Almería pronto empezarán las peregrinaciones hasta los hornos de Fondón y de Laujar a por una caja de mantecados, aunque el frío aún esté por venir. 


Ya están aquí los polvorones -en una tarde echan por tierra una semana de gimnasio- aunque pocos los coman aún, usurpando un tiempo que aún no es el suyo. La gente los miraba ayer en el antiguo Simago como el que mira un programa de Iker Jiménez, como no sabiendo si creérselo del todo. Pero allí estaban, surtidos, rollizos, recordándonos que algo tendremos que hacer de cena en Noche Vieja, recordándonos el sabor de nuestra infancia, como la magdalena a Proust como el Roseburd a Kane, cuando compartíamos un polvorón como se compartía un pitillo, recordándonos aquellas mesas gloriosas de nuestras madres llenas de todo, recordándonos a Manolo de la Poza trayendo lotería, mantecados y Anís del Mono a la redacción, cuando aún se podía compartir la vida. 





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