Esa playa proletaria por donde pasó el gran Cousteau

Ingresaban en el agua de Playa Calipso con el mismo recogimiento que lo hacían en la sacristía

Al Calypso se acercaban los bañistas a tomarse un vermut y a apaciguar el hambre canina que despierta el agua.
Al Calypso se acercaban los bañistas a tomarse un vermut y a apaciguar el hambre canina que despierta el agua.

Ingresaban los monaguillos en el agua de playa Calypso con el mismo sobrecogimiento que lo hacían en la sacristía. Era el baño virginal del verano para estos acólitos llegados de Garrucha, de Mojácar, de Turre o de Vera tras  domingos de homilías como subalternos de don Diego de Garrucha o don José Miguel de Turre y Mojácar. 


Los curas de la comarca se ponían de acuerdo para organizarles una excursioncilla doméstica y barata en junio a esos juveniles escolanos que les auxiliaban en tareas como tocas las campanas, pasar la bandeja o servirle las vinajeras en el momento culmen de la bendición del pan y el vino. 


Allí llegaban cada año varias docenas de jovencillos con acné y bañador, dispuestos a pasar un día en esa playa infinita en la que se podía caminar mar adentro sin que el agua rebasara el nivel de la tetilla, con la vista puesta en la nerudiana Isla Negra o en las terreras amarillas. Después, los sacerdotes, que dimitían por unas horas de sotana y alzacuellos, les gratificaban con refrigerio en el Hotel Calypso.


Nunca se supo si Terreros era una playa más panocha que almeriense o una mixtura clientelar de ambos ambientes: allí llegaban las antiguas tartanas y carros de tiro de nuestros abuelos a tomar los baños, como después lo hicieron carretas y autocares de la zona del Almanzora, familias enteras de Tíjola, de Serón o de Albox, con sus tortillas y fritadas primorosamente dispuestas por las madres en cestas de mimbre y pañuelos contra las moscas. 



Y después, ya en bañador, con la carne a flor de piel, tras levantar el chambao con palos y loneta, los padres se aprestaban en  enterrar las botellas de Fanta y de cerveza y la sandía en el fresco rompeolas. 


Pero también era la playa de murcianos domingueros, de familias de huertanos menestrales de Caravaca o de comerciantes de Lorca y Totana que aparcaban   sus lujosos 1.500 y 850 en la arena achicharrada por el sol mientras sus dueños se refrescaban en Mar Serena o en Mar Rabiosa o echaban la caña en El Pichirichi. 


Terreros era también el veraneo barato  en las barracas a base de cañizo y multicolores jarapas que se fueron refinando con madera barnizada y excusados portátiles, con inquilinos engolfados en la placidez perenne del bañador desde el desayuno hasta la cena. Y Antes de que llegaran hoteles y urbanizaciones extranjeras como Crommelyck o Beberly Hills, la aristocracia de la rada pulpileña la componían los mayorales de las cuevas abiertas en la misma arcilla con puertas y ventanucos fantasmagóricos con una temperatura de paraíso terrenal en el interior. En una de ellas, en condominio, pasaba sus veranos, entre lecturas juveniles y el olor a  salitre Carmen Chacón antes de que llegase a ser ministra. Como otra Carmen, también correligionaria, apellidada Alborch, había trabajado extrayendo sal gorda en Las Salinas.


Uno de los emblemas de esa vieja costa asolada por piratas ha sido desde hace más de medio siglo el Calypso, un hotel aún en pie, a diez metros del agua inaugurado con boato por el Gobernador Ramón Castilla en 1960 junto a la playa de La Entrevista siendo alcalde José Juarez Quesada. El párroco don Francisco Ayala le echó el agua bendita y sus promotores, Vicente Bayona y Nomberto Mira lo bautizaron con el nombre del barco oceanográfico del contralmirante galo Jacques Cousteau que había explorado esos fondos unos meses antes. 


Se convirtió en el hotelito más moderno de esa costa y fue albergue en esa etapa iniciática de Leo Anchóriz, el actor almeriense cuando rodó en la provincia Marcha o Muere. 


Los bañistas acudían al Calypso como autómatas cuando el calor apretaba y el agua abría el apetito y echaban bajo su toldo un vermut con aceitunas con el bañador mojado mirando a la Isla de Terreros. Acabó convirtiéndose en punta de lanza de esa playa, como el chiringuito de El Gordo, el Colorín, en El  Cipotón, o El Perichán. Y tiene el privilegio, el Calypso, de contar con el paradigma de la fidelidad: un matrimonio austriaco que ase alojó allí en su viaje de novios y estuvo volviendo cada verano hasta jubilarse. 


Después, el Calypso se amplió con pub en los tiempos en que Ramoncín acudía al Terrerock y pasó a manos de Fernando Puentes, un pastelero madrileño de alcurnia que se enamoró de su mar. Hasta que  lo compró el ganadero Martín Berrocal y lo modernizó con un proyecto del arquitecto Luis Pastor, ahora con Pedro Díaz como nuevo director. 


Pasan los años por Terreros, por su blanquecina arcilla, pero ahí siguen inmutables sus amaneceres, iguales a los de nuestros abuelos. 

 

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