Almería en los tiempos del covid-19 (XLIX): La guerra de los hijos

El paseo de Almería ha sido en los primeros días de desconfinamiento, durante el fin de semana, escenario de juegos.
El paseo de Almería ha sido en los primeros días de desconfinamiento, durante el fin de semana, escenario de juegos.
Manuel León
07:00 • 20 may. 2020

Hay como una consigna colectiva que se ha hecho ley de tanto oírla, de que al virus “lo vamos a derrotar entre todos”. Está bien, pero sabemos que, por mucho que lo gorjeemos a los cuatro vientos, ese eslogan grupal tiene algo de adormidera para ahuyentar el desánimo. Al virus -del que no tiene la culpa nadie- lo derrotará una probeta. Borrar su efecto entre generaciones, será más complicado.



Hay algo que ha conseguido este malware humano, este troyano siniestro que campea como un cid por gargantas y pulmones: estimular el espíritu gremial ante la crisis, la conciencia de pertenencia a un pelotón. Por eso, ahí están los hosteleros, los taxistas, los charcuteros, los peluqueros, los tatuadores, para preguntar desde sus filas, oye Pedro u oye Juanma u oye Ramón, “qué hay de lo nuestro”.



Y no solo se ha sentido ese concepto identitario con la profesión de cada uno, también se ha dejado notar en las edades. Aquí, con este coronavirus, hemos hecho cada vez más patente una sociedad de capas de cebolla. Incluso los telediarios han ordenado así sus informaciones. No a la vieja usanza (Economía, Cultura, Sociedad, Deportes, etcétera), sino así: “damos paso para hablar ahora de nuestros mayores”, “les contamos ahora toda la actualidad que tiene que ver con los niños”, etcétera, etcétera.



Se ha hablado estos días de los ancianos, de los jubilados, de sus penurias, de las tristezas que vivieron en su tiempo; también de esa generación de la tierra media, cabalgando a lomos de la cuarentena y de la cincuentena, en ese espacio de la vida de una persona que en los terrenos de juego ocuparía Xavi. Se ha hablado de éstos, de que se pasaron su niñez escuchando a sus abuelos contando aquella guerra y ahora se encuentran con que también les ha llegado la suya. Pero, sin embargo, se ha hablado poco, bien poco, de todos esos hombres y mujeres jóvenes, que rondan los treinta años, que no están en la línea de zagueros de los abuelos ni en el centro del campo, que están en la delantera, pero que no pueden ni chutar a puerta. Llevan toda la vida estudiando, son la generación más empapada de másteres, de posgrados, de erasmus. No pueden estudiar más, porque ya lo han estudiado todo. Y, sin embargo, no tienen nada (o casi nada). Son barbudos, con pantalones “cagados”. La mayoría tiene  ganas de trabajar, pero no pueden ( hay overbooking hasta para repartir pizzas). En Almería, el paro en los jóvenes menores de 30 años alcanza casi el 40% y esté malvado fragmento de ARN les está dando la puntilla. Están instalados en la precariedad, como siguen instalados en la casa de sus padres, durmiendo aún en cuartos adolescentes, como si el protagonista de Cinema Paradiso, el célebre Totó, nunca se hubiera marchado  y hubiera seguido en ese cuarto infantil del que colgaba aún su gorra y su vieja bicicleta. 



Sus padres, con su edad, ya se habían metido en un piso a plazos, ya ahorraban dinero. Ellos no pueden ni alquilar uno. Están condenados a ser eternos Peter Pan. Tienen decenas de pines y contraseñas para sus quehaceres digitales, pero no han echado aún una firma en un banco. Y con esta crisis, se les está haciendo aún más de noche, sin poder empezar siquiera a escribir su propia historia. 







Temas relacionados

para ti

en destaque