Almería en los tiempos del covid-19 (XLIII): El cliente cero

El viento  de Poniente que sopló todo el día de ayer deslució el estreno de Almería en la Fase 1. En la imagen, un cliente del Café Colón.
El viento de Poniente que sopló todo el día de ayer deslució el estreno de Almería en la Fase 1. En la imagen, un cliente del Café Colón.

Allí estaba ayer, como Gary Cooper en Solo ante el peligro; allí estaba José, como un cliente cero, como el fino tallista de muebles de Laujar que es, llegado a la ciudad menos coronavírica de España desde su umbría alpujarreña; allí estaba, en medio de una Plaza Marqués de Heredia para él solo, con su botellín de cerveza, con su tapa de albóndigas, con su sombrero de lana merina, aguantando la Ponientá, atendido por el emboscado camarero del Café Colón.


Era el viento, ese maldito viento que se cuela por el ojo de aguja del Cañarete el que estaba desluciendo, más que otra cosa, el día de estreno de los bares de Almería. Almería pasaba a una nueva fase, como un concursante de Operación Triunfo, como un opositor a judicaturas, pero el viento venía a echar por tierra la celebración. Ese viento que trastorna la testa de mas de uno y que ayer se vengaba con deleite de los que se atrevieron a sentarse en una terraza, que no fueron tantos como se preveía, porque muchos propietarios de bares y restaurantes han preferido otear el horizonte antes de abrir, porque muchos dudan de que con la mitad del aforo les dé para pagar a los camareros.


Ese es ahora el mantra: se puede abrir, sí, pero qué hace un hotel si no hay aviones, qué hace una perfumería si un cliente no puede entrar hasta que no salga el anterior, qué hace un bar sin barra. Es complejo. Hay que seguir trabajando con el riesgo latente, pero hay que seguir trabajando con lo que hay, teniendo en cuenta que la clientela es cien por cien almeriense. No hay más. Puede abrir el Gran Hotel, claro, pero quién dormirá allí, ¿turistas del Quemadero o de Regiones? Parece que se va a recuperar en los meses venideros ese telúrico concepto económico de Juan Palomo: ‘yo me lo guiso, yo me lo como’. Volverán quizá entonces este mes de agosto aquellos veraneos entrañables a Las Negras o a Terreros con fritá y tortilla en la canasta de mimbre. No sé. Quizá Tomás Komuda tenga las claves. El diez también se han convertido en otro mantra, en la cifra totémica de esta III Guerra Mundial en la que participa Almería: diez para ir de bares, diez para ir a un velatorio. Y no se puede cambiar, hay que procurar que sean siempre los mismos dieces, que no haya promiscuidad, como una burbuja social, como aquellos Diez Negritos  de Agatha Chistie que iban muriendo en la isla. Estamos viviendo cosas que parecen soñadas.


Almería se ha llenado de la flor morada de la jacaranda que alfombra la Plaza San Pedro, la Plaza de los Refugios, y me acuerdo del Parque de las Familias, cerrado a cal y canto desde hace 50 días. Quizá se haya convertido ya en un bosque espeso y fulgurante con una pradera por donde corren ardillas y jabalíes, por donde fluye una densa brisa perfumada de savia que nadie puede respirar aún. 



Veo en el telediario el mapa por fases de la desescalada, lo miro con atención y se me antoja como el mapa de las dos España, la de los nacionales y los republicanos, unos avanzando, otros retrocediendo, como este virus mismo.


 

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