Almería en los tiempos del covid 19 (XXVI): Zihuatanejo

Vendedor de cupones  en su puesto del Paseo, un día antes de decretarse el Estado de Alarma, cuando aún  se acercaban los clientes a comprar ilusión.
Vendedor de cupones en su puesto del Paseo, un día antes de decretarse el Estado de Alarma, cuando aún se acercaban los clientes a comprar ilusión.
Manuel León 09:00 • 16 abr. 2020

Ayer fuí a tirar la basura en pantuflas, -en pijama no me atrevo aún-  me encontré con un vecino y le pregunté: - “¿Dónde vas, fulano?” –“A mirar la batería del coche, que llevo un mes sin arrancarlo”. Nos pasamos el día observando en la cueva el Mundo de las Ideas de Platón, que son esas imágenes de gruñidos en el Congreso o esos doctos aposterioristas de tertulias  de garrafón y caigo en la cuenta de que información útil sería que Ana Blanco abriera el Telediario revelándonos el tiempo  que dura una batería inactiva. Al fin y al cabo, todos tenemos un coche.


Me deshago de la bolsa de desperdicios como quien se deshace de una condena y pienso en lo que dejo atrás: restos de unas lentejas, mondas de manzana, un bote de desodorante gastado (para qué me echaré si nadie me huele), periódicos atrasados de cuando éramos normales, pañuelos de papel manchados de café, restos de pelusa del recogedor y viejas cintas de cassette inservibles producto de un día de limpieza a fondo. Con permiso de Ortega, uno, más que su yo y sus circunstancias, es su basura.

 

Una de las primeras cosas en las que pensamos todos cuando nos dijeron que teníamos que encerrarnos fue: “bueno, aprovecharé para ordenar la casa”. Ya se sabe que ordenar trastos es un eufemismo, que en realidad, haciendo eso, lo que ordenas son tus ideas, tus personas, tus recuerdos, tu vida. Unas las conservas y otras las vas descartando. También pensamos, cuando nos obligaron a convertirnos en ‘condes de Montecristo’, en que no había mal que por bien no viniera y que aprovecharíamos para hacer esas llamadas siempre pospuestas a esa gente situada en la periferia de nuestra vida. Todos tenemos siempre una llamada pendiente que no hemos hecho y una llamada que no hemos recibido y que nos duele. Ha pasado ya un mes de esos inicios, cuando aún salíamos con alegría a aplaudir a los balcones, cuando aún nos hacíamos vídeos con mascarilla sonriendo por el exotismo de la situación, cuando aún no se había empoderado el tedio de nosotros. Me dan ganas a veces de llamar a Ortega Lara para enviarle un abrazo y preguntarle “cómo lo lograste, boludo”. Quizá como aquel Tim Robbins, que resistió la cadena perpetua soñando con su Zihuatanejo. Todos quizá tengamos un Zihuatanejo que nos espera.



Y cuando todo esto acabe -si es que acaba- qué salvaremos de este naufragio, qué inventario haremos -como Robinson Crusoe en su isla- de los restos con los que afrontaremos nuestra nueva vida. A él le quedó un hacha, un loro. . . nosotros por lo menos habremos aprendido a lavarnos las manos: hemos pasado horas viendo el jabón haciéndose argamasa contra la sospecha, sintiendo el caño de agua derramarse sobre nuestras uñas igual que el gota a gota de Nerja sobre las estalactitas. 


Qué recuerdo nos quedará de este cautiverio confortable, de esta cárcel de oro: la presión de la goma en la sien, las páginas que leímos sin ruido de tráfico, el hijo preadolescente al que descubres una mañana que le ha salido bigote, el olor a perejil en la cocina. Todos conservaremos cosas para la posteridad. No siempre la distancia será el olvido.



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