Almería en los tiempos del covid-19 (XIV): Cuatro vidas confinadas

José Antonio Carreño con un cliente, en el supermercado que regenta en la calle La Reina
José Antonio Carreño con un cliente, en el supermercado que regenta en la calle La Reina

Rodrigo Valero, el artista del claroscuro, se hizo ayer para almorzar una merluza a la vasca, con su pisto de pimiento y cebolla. Ahora compone melodías en el piano del salón, imaginando el mar que no ve, confinado- como media humanidad- en un chalé de Retamar. Echa de menos muchas cosas, este Rodrigo retratista y profesor del Instituto Cruz de Caravaca, sobre todo a su hijo, el poder haberse despedido de su amigo, el flamenco Josele, pero jura por teléfono que se levanta cada mañana con más energía positiva que el Dalái Lama. Plancha sus camisas, se abastece de verdura en un economato cercano, pasa la tarde viendo desde la ventana cómo la gente pasea a sus canes y procura escuchar la radio para mantenerse al día de esto (‘esto’ es lo que todos sabemos sin nombrarlo). 


En la calle de La Reina, reina ahora más que nunca José Antonio Carreño, ese catalizador del Pavía, del fútbol de cantera, que, desde el buró de su supermercado Supremo ordena, con la maestría de un guardia urbano sin silbato, las compras de todo el barrio. Su tienda parece ahora lo que era antes del virus el Paseo en hora punta, con los pasillos anegados de compradores con mascarilla y guantes: un bote de café por aquí, unas latas de atún por allá o cinco barras de pan para congelar. “No damos abasto estos días”, asegura, con su jersey verde esperanza, tecleando sin parar la máquina registradora. Carreño es el paradigma de eso que se ha dado en llamar la vuelta a los orígenes, a los comercios de barrio de toda la vida. Lo que no ha conseguido la Asociación Almería Centro lo ha logrado  un virus que viaja más que Marco Polo



Hay una galleguiña estos días en Almería, una 'María Pita', una jabata que, cuando oyó hablar el primer día del coronavirus dijo: “Santiago y cierra España”. La Madre Manuela, la superiora de la Residencia Teresa Jornet de Diputación, se levanta cada día con sus seis monjitas a las 5 y media de la mañana a orar por todos nosotros y después asean y les dan el desayuno a los ancianos. Son el total 129 -más mujeres que hombres- y el virus se mantiene a raya allí en El Mamí. No se atreve el covid-19 con esta gobernanta de hábito y cofia. Habla y no para de las donaciones que les están llegando: “Me emociona ver cómo se están portando con nosotros los almerienses, con los abuelitos, nos llegan cajas de bombones, zanahorias,  yogures y hasta pimientos de mi tierra, del Padrón”. Ayer almorzaron risotto con setas y papaya de postre, con una cocina en continuo zafarrancho -Dios también anda entre los pucheros,decía la santa de Avila-  en un comedor soleado en el que no hay tregua. Uno incluso se llega a imaginar a esta Sor Manuela coruñesa en la puerta de ese Hogar de mayores con una escoba, vigilando como una cancerbera que no entre ningún bicho.



Francisco Leal cambió hace doce días las comandas del ‘Quinto Toro’ por su terraza en la calle California del Zapillo. No estaría mal si fueran vacaciones, si no tuviera que haber hecho un ERTE obligado por las circunstancias para ocho trabajadores. Cuenta los días para poder abrir de nuevo esa acrisolada bodega del centro de Almería que fundara su padre Juan, ya con su hermano Manolo jubilado. Mientras tanto, saca al perro, hace bicicleta estática y canta con el Dúo Dinámico a las ocho de la tarde de cada día de esta era coronavírica.


 

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