Almería en los tiempos del Covid-19 (IX): El día después

Militares controlando el tránsito en la puerta trasera del Mercado Central, en la Rambla Obispo Orberá.
Militares controlando el tránsito en la puerta trasera del Mercado Central, en la Rambla Obispo Orberá.

Me gusta hacer cola porque se aprende mucho, sobre todo en esta situación tan anómala en la que estamos postrados. Ayer la hice en una casa de comidas, La Juaida, que cierra hoy después de más de 30 años ininterrumpidos abriendo al público porque ya no pueden garantizar un servicio al cien por cien, explicaban a su fiel clientela.


Allí escuché cómo se están poniendo de moda, ahora que llega el fin de semana, los aperitivos virtuales por Skipe: un vermú con aceitunas con los amigos, unas cervezas con los vecinos, un brindis con la familia que está lejos o cerca. Son lenitivos de nuestra falta de libertad para hacer lo que nos da la gana, pasa escapar de este anclaje, que ya empieza a hacer poca gracia. 


El humor nos salva, como casi siempre: ayer, en esa cola de la que hablo, una señora de moral híbrida, decía que cuando acabe todo esto se va a hinchar a comer papas a la espaldas en una venta que hay por Huércal de Almería que no recuerdo el nombre; la compañera, con una mascarilla levantada -para qué la llevaría entonces- terciaba diciendo, que ella de lo que tenía gana era de irse a pegarse una convidada en Enix con sus cuñados. 


Hoy comienza la primavera, pero seguimos en el invierno, seguimos refugiados de una tormenta que no sabemos cuándo ni cómo amainará. Vivimos ya presos de actos cotidianos y repetitivos, a los que no podemos añadir demasiadas actividades reales -virtuales todas, como la de los aperitivos postizos- como escuchar hablar a ese hombre que se llama Fernando Simón, que es ya como de nuestra familia, al que ya le hemos cogido afecto. El día que se ría tiraremos cohetes. Aparece a diario en las noticias como alma en pena, con sus cejas pobladas, con sus ojos de huérfano asustado, a darnos el parte de guerra, como un mensajero del diablo que solo nos puede ofrecer malos augurios.



En la cola, los clientes seguían soñando, dando rienda suelta a su imaginación con lo que prometían hacer el día después a que acabe esta plaga egipcia.  Mientras me despachaban unas lentejas, me dio tiempo a oír una menestra de deseos por ahora estabulados por el virus de Wuhan: desde quien dice que está deseando coger la bicicleta para subir a Sierra Alhamilla, hasta quien se conforma con poder darle un beso de nuevo a su padre anciano. El día después va a ser sonado, pronosticaba otro: “En Almería no va a haber sitio en los bares, ni en las playas, ni en los parques”.


Mientras tanto habrá que seguir con la canción de las pequeñas cosas, esas que cantaba Mercedes Sosa: un amigo me cuenta porque algo hay que contar- que se ha aficionado al bricolaje haciendo agujeros por toda la casa con un taladro que le regaló su mujer cuando eran novios. Ya ha colocado dos percheros y un cuadro. Yo ayer me hice un desinfectante casero con un tutorial que vi en YouTube a fuerza de alcohol, vinagre, limón y fairy. Después volví a salir a comprar el periódico y comprobé que Carmen, del Kiosco Plaza, sigue vendiendo ejemplares. Vi a legionarios en la puerta del Mercado Central, controlando el tránsito, vi a gente abatida con los carritos de la compra, como mustia ya, después de seis días de zulo, cuando pueden llegar a ser meses. Vi otra cola en el estanco de la calle Ricardos pero de esta me abstuve para no abusar.


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