Almería en la pluma de Galdós

En pleno año Galdós, se recrea la estancia de don Benito en Almería en la Pascua de 1908

Retrato de un joven Galdós y el anuncio de su llegada a Almería.
Retrato de un joven Galdós y el anuncio de su llegada a Almería.

Galdós, el eterno Galdós -cuya memoria vaga estos días, al cumplirse el siglo de su muerte, entre el fuego cruzado de las trincheras de un ejército de valedores y detractores- fue uno de los autores más populares entre los almerienses lectores en el periplo de entre siglos. En los kioscos del Paseo del Príncipe Alfonso XII y en librerías de viejo como la del Ferrocarril, en la calle Las Tiendas, y la de La Publicidad en la calle Real, esquina Vargas, sus novelas por entregas iban pasando manoseadas de las criadas a las señoras –leer siempre ha sido más cosa de mujeres- donde se hilaban esos dramones ingeniosos, esos amoríos tan de la calle como el de Fortunata con el señorito Santa cruz, esos personajes eternos como Marianela o el Máximo del Amigo Manso. Y en los teatros de esta ciudad, los almerienses se deleitaron y lloraron con obras suyas como Doña Perfecta o El Abuelo.


Galdós, ese muchacho canario que llegó a Madrid a estudiar leyes y se convirtió en el mejor notario de los usos y costumbres de la Villa y Corte –como Sabina muchos años después con las canciones- fue también uno de los escritores de cabecera de poetas como el cuevano Sotomayor y el laujareño Villaespesa y amigo entrañable de Carmen de Burgos cuando la periodista almeriense llegó la Estación central de Madrid, como él mismo años antes, con una maleta de fieltro y unas cuartillas emborronadas.


En 1883, el Ateneo almeriense, dirigido por Trinidad Cuartara, José Fornovi y Francisco Iribarne, contribuyó con una suscripción entre socios al homenaje que se le tributó en Madrid al llegar a la cuarentena como uno de los autores más prolíficos de las letras españolas, con permiso de Lope.


La relación de Galdós con Almería alcanzó su cenit en el otoño de los días de don Benito, cuando sosegó el bramido de su fiebre literaria e hizo una breve incursión en política de la que se arrepintió. Galdós, un acérrimo anticlerical y abogado defensor de toda suerte de desamortizaciones, se presentó a diputado como líder de la conjunción republicano-socialista. Así, se fue montando en un tren tras otro para evangelizar España con su ideario. Y así llegó a Almería, con 65 años ya en la osamenta, a bordo del tren correo de Madrid, en una mañana de sábado del día de San Esteban (26 de diciembre, día de la Reconquista en Almería) de 1908, junto a otros correligionarios como Luis López Ballesteros, Luis Armiñán y Eduardo Ortega y Gasset, hermano mayor del célebre autor de La Rebelión de las masas. Hasta la estación, tan desabrida y alejada entonces, fueron a esperarlo en un coche de caballos los republicanos locales. El diario La Independencia de Vivas Pérez, más monárquico que el ABC, recibió a los candidatos del Bloque Republicano con fuego cruzado: “Han mandado hasta esta ciudad a oradores de saldo como Pérez Galdós en vez de a primeros espadas como Moret o Canalejas. Pena de partido”.



El escritor de Los Episodios Nacionales fue el protagonista del mitin de esa tarde en la tribuna del Teatro Variedades (hoy sede de la Agencia Tributaria en el Paseo) –la misma que cinco años antes había ocupado Unamuno como mantenedor de los Juegos Florales de 1903. 


Rechinaban las plateas con cada frase, con cada palabra de justicia social  y de igualdad que vertía sobre el atril el literato metido a diputado y en la primera fila de butacas lo aplaudían a rabiar, como una gloria nacional, los líderes locales del Bloque Republicano, gente como Guillermo Verdejo y el periodista Pepe Jesús García o como los también escritores Plácido Langle y Ramón Ledesma. Sembró tan grata semilla Don Benito ese día en Almería, que los mítines sucesivos de los republicanos almerienses estuvieron siempre presididos por un retrato del veterano autor.


Ese Galdós que vino a Almería en aquella Pascua de 1908, se hospedó en el Hotel París, de José Mesa, el antecedente del Hotel Simón. Tras el mitin, los oradores fueron agasajados con una cena en el Apolo servida por el bufet del Restaurante Transvaal. Galdós se solazó esa noche con  rosbif a la pimienta, perdiz rotier y vino de Riscal. Después fue invitado a café y tabaco en el Café de España, en la calle Concepción Arenal (antes de Sebastián López y antes aún Alava), que era propiedad de Rogelio Castillo Zea, otro célebre republicano almeriense. Allí se deleitó Galdós, que había sido candidato eterno a premio nobel, con la actuación de un espectáculo de varietés con bailarinas en pololos, como en los salones de las películas del Oeste americano, y con el cuplé que le dedicó la artista Manuela Palma. A la mañana siguiente, tras la noche y madrugada de marras, el bueno de don Benito se subió de nuevo al tren rumbo a Granada para proseguir con su campaña electoral. El célebre autor estuvo a punto de repetir visita dos años después a la ciudad de la Alcazaba, cuando fue invitado por el empresario del Variedades, Felipe Burgos, al estreno de su obra Casandra por la compañía Bremon, pero no hubo ocasión.


Al fallecimiento del novelista en 1920, el diputado y periodista almeriense Manuel Pérez García pidió para él una calle  en la ciudad que hoy aún se mantiene, en el barrio de las Quinientas Viviendas, que, por azares del destino, tiene como vecino de calle a Valle Inclán, uno de sus más acérrimos enemigos literarios en vida.


Almería está presente en la obra de Galdós en 8 de los 46 libros que componen su caudalosa obra de Los Episodios Nacionales, un ambicioso fresco de la vida española del XIX, con vocación de novela histórica, desde los albores de la Guerra de la Independencia. En Juan Martín el Empecinado, Almería aparece en sus páginas cuando Galdós narra el desembarco del general Blake en esta costa con la batalla en la Venta del Baúl; en Memoria de un cortesano de 1815, se reflejan las andanzas del obispo de Almería e Inquisidor General, un hombre menudillo y achacoso, a quienes los lacayos le besaban el anillo; en El Terror de 1824, el cronista describe las tentativas revolucionarias en Tarifa y Almería, es decir, el célebre episodio tan nuestro de los 22 Coloraos; también aparecen pasajes con protagonismo almeriense en los libro Bodas Reales, la Vuelta al mundo en el Numancia donde también aparece Adra y la luz de Almería, en La I República, se narra el bombardeo de los Cantonales de Gálvez al Malecón de Almería, en De Cartago a Sagunto aparecen de nuevo los cartageneros haciendo fechorías en Vera, Garrucha y Cuevas de Vera y en Cánovas, narra Galdós la llegada en barco de unas monjas descalzas y unos frailuchos, desnutridos y mareados. 


El latido de Almería en Fortunata y Jacinta, la obra cumbre del eterno Galdós, ya es harina de otro costal. 


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