Los universitarios de Rodalquilar

Por allí pasaron Ramón Tamames o el televisivo Jaime Peñafiel alternando con los mineros

niversitarios y mineros de Rodalquilar, en una imagen de 1953, cuando cuajó el proyecto del Servicio Universitario del Trabajo (SUT).
niversitarios y mineros de Rodalquilar, en una imagen de 1953, cuando cuajó el proyecto del Servicio Universitario del Trabajo (SUT).

Fue como un Erasmus a la nijareña. Eran tiempos aún de boniatos y estraperlo, cuando en 1950 llegaron tres jóvenes estudiantes universitarios, Jorge Jordana, Eduardo Zorita y Ramón Rotaeche, al Valle de Rodalquilar, a trabajar codo con codo con los mineros y a enseñarles algo de cultura general.


Provenían de una residencia religiosa fundada por el célebre jesuita José María Llanos en la periferia de Madrid y supusieron el embrión de lo que luego fue el Servicio Universitario del Trabajo (SUT), un movimiento que marcó toda una época en la España de los 50 y de los 60, que principió como un apéndice del falangismo y termino convirtiéndose en un movimiento político de furibunda oposición a Franco. 


Y ese Rodalquilar lejano, poblado de casas de humildes mineros, a los pies del Cerro del Cinto, fue el cimiento con el que se edificó la argamasa de mayor contestación social de la Dictadura. Muchos de esos estudiantes que pasaron veranos, en ese yacimiento aurífero almeriense –Ramón Tamames, Cristina Almeida, Nicolás Sartorius, Vázquez Montalbán- fueron con el tiempo adalides de los primeros cambios políticos en la España de la Transición.


Después del primer campo de trabajo rodalquilareño, en el ecuador del siglo XX, le siguieron un segundo con 30 y un tercero con más de medio centenar y el movimiento del SUT, bajo la tutela del SEU (Sindicato Español Universitario), se fue expandiendo como una mancha de aceite a otros centros de trabajo de España como el Pantano de los Hurones, en Jerez de la Frontera, las Marismas de Sevilla, las Minas de Alquife o Minas de Almagrera, en el poblado de El Arteal, en Cuevas del Almanzora.



En los diferentes SUT, que se extendieron desde el iniciático de Rodalquilar en 1950 hasta los últimos en 1968, participaron también gente como Xabier Arzalluz, Juan Goytisolo, Gregorio Peces Barba, Pascual Maragall, Manuela Carmena, Jaime Peñafiel, Javier Pradera, el almeriense José Antonio Martínez Soler, Enma Cohen, Mario Gas o Manuel Titos y coincidieron desde falangistas bienintencionados, cristianos con inquietudes sociales hasta rojos que empezaban a serlo.


Rodalquilar fue el pionero en toda España debido a que Eduardo Zorita, uno de sus fundadores, alumno del Padre Llano, quería ver el mar a toda costa y localizó en el mapa ese poblado minero perdido en el sur con sabor a salitre. Hasta allí fueron llegando a lo largo de los años sucesivas legiones de estudiantes universitarios que convivieron con los mineros, manejando el pico y la pala en las galerías y a veces el martillo neumático y aprovechando los descansos dominicales para enseñarles las cuatro reglas matemáticas después de salir de Misa.


Disfrutaban después del tajo de momentos de ocio en la taberna del pueblo, bien surtida de vinos peleones y de alcoholes exóticos en ese momento como el Licor 43. Los dormitorios de estos estudiantes, entre ellos también Fermín Prieto Castro, Fernando Elena o José Luis Lacalle, estaban en las casas construidas para los obreros por la Empresa Nacional Adaro del Instituto Nacional de Industria, explotadora del yacimiento, que estaban aún sin inaugurar. 


En ese entorno de pitas y chumberas, los estudiantes comprobaban cómo el cuarzo arrancado a las montañas se convertía en papilla triturada con la que se moldeaban al fuego los gloriosos lingotes. Esos jóvenes ilustrados, más acostumbrados al lápiz y a la libreta en las aulas, aprendieron a valorar el trabajo esforzado de los obreros almerienses y éstos, miraban a los muchachos llegados como exóticos compañeros de verano.


En uno de esos campos de trabajo, concretamente el del verano de 1953, en la noche de la despedida, a falta de un acordeón o una armónica en el campamento, un grupo de estudiantes, entre ellos el televisivo Jaime Peñafiel, se fueron a la casa del cura a pedirle el pequeño órgano Armonium de Iglesia que sacaron a cuestas. Así empezaron una ronda que duró hasta la madrugada, cundiendo la música, el jolgorio y la jarana por todo el caserío habitado por unos 600 mineros junto a la planta Dorr y la Casa de los Robles.


Ramón Tamames, economista y político del Partido Comunista después, recordaba también su paso por Rodalquilar, desescombrando galerías de la mina María Josefa, empujando vagonetas con el oro de baja calidad que se extraía, pasando frente a las cuadras para las bestias de los arrieros, por la calle de Los Gorriones que aún existe  y por la Caseta de los Carabineros.


También rememora su paso por el SUT el periodista almeriense, José Antonio Martínez Soler, quien considera que estos campos de trabajo lo hicieron mejor persona y desde luego más antifranquista, después de comprobar sobre el terreno las penosas condiciones en las que vivían los mineros en los 50 y en los 60.  


En aquellos veranos intensos, se produjeron intercambios de experiencias en dos direcciones. La mezcla de universitarios inquietos con obreros y campesinos al borde de la miseria y con rabia contenida fue explosiva y los gobernadores civiles y los jefes provinciales del Movimiento empezaron a desconfiar de esa experiencia juvenil.


El SUT fue también heredero, en cierta forma, de las Misiones Pedagógicas de la República, puesto que llevaron también el teatro y el cine por las minas, talleres y fábricas, en campañas de educación popular y alfabetización por Almería, Granada, Jaén, Cáceres o León. Algunos de esos jóvenes entraron en el SUT como partidarios del Franquismo o de la Juventud Obrera Católica y salieron para engrosar las filas clandestinas del PC y del PSOE, en una mezcla incomprensible de falangistas, curas obreros, comunistas y democristianos. 


En total, a lo largo de 18 años de campos de trabajo, desde el iniciático de Rodalquilar, participaron más  de 13.000 alumnos, principalmente acomodados hijos del Régimen que terminaron por convertirse en los principales contestatarios de esa España que olía ya a alcanfor. El padre Llanos sufrió un trauma al ver cómo los chicos cambiaban de bando al palpar la España real, la de los pueblos y aldeas como la nijareña y las revueltas estudiantiles de finales de los 60 terminaron por finiquitar el proyecto, y hasta el propio cura Llanos terminó por abrazar al PCE. 


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