Cartageneros que abrieron fuego contra Almería

Aparecieron los cantonales con dos fragatas exigiendo 100.000 duros y bombardeando la ciudad

Malecón de Almería, en un grabado de Nicholas Chapuy plasmando el bombardeo cantonal.
Malecón de Almería, en un grabado de Nicholas Chapuy plasmando el bombardeo cantonal. La Voz

Fue una noche larga y oscura, a pesar de la canícula, la que vivieron aquellos almerienses, sin pegar ojo y con el miedo metido en sus carnes. Pero fue también una de las primeras demostraciones heroicas de orgullo tribal urcitano. Ocurrió un 29 de julio de 1873, día de Santa Marta, cuando aparecieron por el prontuario de la ciudad las fragatas acorazadas Almansa y Vitoria, al mando del general Contreras. Eran los cantonales de Cartagena, quienes seguían las consignas del héroe huertano Tonete Gálvez, quien pretendía convertir España en una República Confederada. 


Acababa de acceder a la presidencia del Gobierno diez días antes el alhameño Nicolás Salmerón, que se había dado de bruces con una España incendiada en guerras cainitas: al norte los carlistas y al sur los cantonales cartageneros, más lunáticos que cuerdos éstos últimos, aunque en una posición de fuerza por tener la mayor parte de la flota en su base naval. 


Habían hecho rapiña en puertos de Alicante, exigiendo reales y rendición, y ahora se disponían a hacer lo mismo en aguas de Bayyana. Allí anclaron los barcos, enfrente del Malecón antiguo, tan campantes y fanfarrones, pero amnésicos de su frágil velamen camuflado y de sus vulnerables cascos de madera. Regía marcialmente la capital almeriense el brigadier Teodoro Alemán, oriundo de El Ferrol, a quienes los sublevados le exigieron 100.000 duros de recompensa, que los efectivos militares evacuasen la ciudad y que se declarase el Cantón de Almería, so pena de sufrir un bombardeo.


Parlamentaron las partes a bordo durante un día entero con su noche y ante la negativa almeriense, las fragatas cartageneras desplegaron al amanecer del 30 de julio ocho botes con fuerzas de desembarco en zafarrancho de combate  con el objeto de intimidar a la población, según la narración de Joaquín Santisteban. Rugieron los cañones cantonales para proteger el desembarco, pero las fuerzas almerienses, a las órdenes del alcalde Antonio Campoy y del brigadier Alemán, junto a Carabineros y Guardia Civil, en total unos 1.400 soldados y voluntarios, causaron numerosas bajas entre los invasores que tuvieron que retroceder en esa primera acometida. 


A pesar del temor que había producido el estruendo de la artillería entre la población, que en parte había huido en desbandada por trochas y vericuetos en ropas menores, el brigadier Alemán mandó enarbolar la bandera negra en la torre de la Alcazaba en señal de desafío. Las fuerzas almerienses ocuparon el Malecón y el Muelle resguardados por sacos de arena para resistir los proyectiles cantonales. Hasta cuatro intentos de desembarco fracasaron durante esa larga jornada de pólvora y plomo, rechazados por un intenso fuego de fusilería y a las siete de la tarde la flotilla cartagenera levó anclas sin llevarse ni un real almeriense. Almería salió victoriosa del envite, como se cuenta en las páginas de La Iberia. El primer batallón del Ejército y los voluntarios recorrieron con banda de música las calles de la ciudad. Solo dos o tres casas del Malecón, como la del cónsul prusiano, resultaron con daños de consideración. 


Fueron dos los telegramas enviados por el alcalde, el gobernador  y el oficial, Enrique Crovetta al ministro de la Guerra y al de la Gobernación solicitándoles ayuda de barcos leales, pero no obtuvieron respuesta. El único gesto del Gobierno de la I República, presidido esos días por el paisano, fue una ‘Declaración de Disgusto por la mala conducta de los piratas cartageneros en Almería’. 


El  abogado almeriense, Antonio Ledesma, que de niño fue testigo de los cañonazos del cantón, escribió en su diario, recogido por el investigador José López Cruces, que “a pesar de los repetidos telegramas solicitando auxilio, Salmerón no hizo nada por su patria chica y ni siquiera se dignó a contestar, por eso se demostró que el pueblo de Almería tenía razón cuando no lo votó para que lo representara en las Cortes”.


Quien salió reforzado de la escaramuza cartagenera en la playa almeriense, fue el brigadier Teodoro Alemán que por su bravura fue declarado hijo adoptivo de la ciudad. Para paliar el disgusto almeriense, el Gobierno de la República autorizó a la Diputación para que acuñara unas medallas conmemorativas en plata y bronce, con la silueta de las fragatas derrotadas, que fueron concedidas a los “Heroicos defensores de Almería”. Y el Paseo  fue bautizado durante un tiempo con el nombre oficial de ‘Paseo del 30 de julio’.


 

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