Luces de celofán, bailes lentos y arte gamberro: una mirada a Las Cruces

Los rincones de José y Jesús Muñoz en el entorno de Las Cruces

Muñoz, junto a la Sala Las Vampiras
Muñoz, junto a la Sala Las Vampiras La Voz

Zapatillas puestas, cámara al hombro, móvil listo. Me voy a ‘patear’ la ciudad. Esa Almería que cada día me acoge para contarme sus problemas, sus deseos, pero que casi nunca me deja el respiro de disfrutar de sus rincones, de sus raíces, de su alma.


Mirar la ciudad como si fuera la primera vez que nos encontramos. Mirarla como si no fuera yo. Conocer los rincones escondidos en la memoria o en el presente de quienes viven sus calles. Así nace esta sección. De las ganas de conocer aquella Almería que otros ven, que otros han vivido y que yo, supongo que como tantos, no hemos recorrido.


Por devoción recorro la calle Las Cruces y su entorno de forma habitual durante tres meses al año. Lo hago mirando las casas rehabilitadas mezcladas con el asfalto y el adoquín estropeado, pero casi sin pensar en la vida oculta tras esos muros o las pisadas que antes recorrieron esas aceras. Eso fue así hasta que conocí a José Muñoz Ortega. Este maestro industrial llega a mi vida gracias a su hijo, el escritor -aunque economista de profesión- Jesús Muñoz, y entre ambos se deciden a mostrarme su barrio, esa mezcla entre el de hoy y el de ayer.


Nacido y criado en la calle La Parra, José Muñoz toma las riendas de este paseo contando sus orígenes. Esa habitación austera situada junto al horno de la panadería con cuyo olor despertaba cada mañana en la casa familiar y que le permitía estar “calentito en invierno” pero que le hacía sufrir en verano.



Los juegos En esa calle de gente trabajadora creció junto a un ya desaparecido patio en el que convivían cuatro o cinco familias. Recuerda que eran niños felices, esos que disfrutaban de los juegos al aire libre y de esos disfraces de toreros confeccionados con papel celofán por sus madres para que imitaran a los protagonistas de la arena del coso de la Avenida de Vilches. Y es que recuerda que su barrio era torero. Tanto, que en esos juegos tenían hasta un toro de verdad. Entre risas explica como Pepe ‘el loco’ pasaba bajo las puertas de carruajes del matadero unos cuernos que luego ellos limpiaban, unían a una madera, y así esa escuela taurina, era casi real.


Pero el objetivo de hoy es encontrar sus rincones así que, tras un café y las presentaciones, emprendemos la marcha. Arrancamos en la calle Marcos y en solo dos pasos llegaba la primera historia, la de la desaparecida pensión de Luis Peña que quedaba interrumpida por un rincón sorprendente. Allí estaba  un edificio presidido por un cartel en negro y rojo, una silueta de Morticia Addams escoltada por lápidas, estamos ante la ‘Sala Vampiras’.


Propone Jesús Muñoz entrar a “la sala de arte más canalla de Almería” donde nos recibe un ocupado Fran López, propietario del establecimiento, que está en pleno proceso de creación musical. Nos da libertad para visitar lo que es un espacio de tatuajes, de exposiciones, de inspiración musical... un local ‘artístico y polifacético’ tanto como lo es su dueño.


De vuelta a la ruta improvisada, porque esas son siempre las mejores, vamos de camino a un edificio de varias plantas bastante insulso. “Aquí, en una casa de dos plantas, vivían los propietarios de la tienda ‘Sánchez de la Higuera”, dijo José Muñoz. Creo que notó en mi cara mi desconocimiento absoluto y se apresuró a explicarme que se trataba de un comercio ubicado en el Paseo de Almería, de esos de novedades y  “de los primeros en traer discos de vinilo. Eran los reyes de la Navidad”. Supongo que sería para su generación lo que fue Radyelec para la mía.


Seguimos camino mientras cuenta que en esa calle Judía estaba la carnicería en la que compraba los recortes de jamón para la comida, hasta que nuestros pasos llegan a San Eugenio. Allí, con su persiana bajada, su cartel de ‘se alquila’ y su placa original desaparecida, nos recibe El Brindi.


En este punto padre e hijo se solapan para contar su historia. Gana el más joven. Y es que ‘El Brindi Negro’ fue hasta hace unos años un punto de encuentro en el que poder disfrutar de gastronomía en un entorno ‘diferente’. Cuenta Jesús que su dueño,  Julio, pasó de “tener un comercio de decoración en la calle Las Tiendas en el que tenía artículos de mercadillos de Holanda, Londres...” a, después de cerrarla, “coger todo y abrir la persiana con un local decorado como sus escaparates”. Después se marchó a Las Negras y a Nueva Andalucía, y yo no fui cuando me recomendó el ‘Gastrolopitecus’, ya no podré hacerlo.


Pero este bar no nació ayer. Muñoz padre se apresuró a explicar que el original lo puso en marcha el torero almeriense Juan Luis de la Rosa después de cortarse la coleta. Allí hubo noches de flamenco, de toros y hasta de alguna tertulia cofrade soleana.
Pasamos por la Plaza Dragón y sus casas con historia pero sin rostro camino de la calle Prim. Dice José Muñoz que allí vivió José Fernández Campos, el Maestro Richoly, ese guitarrista que revolucionó Almería, y que poco más abajo tuvo su casa Enrique Vera, ese matador de toros que llevó su arte de la plaza a la gran pantalla compartiendo película con la mismísima Sara Montiel.


Artista Zigzagueando por el barrio, disfrutando de algunas casas tradicionales rehabilitadas y en uso, otras olvidadas y con historias tan ocultas que ni un escritor encaramado al alféizar de la ventana puede descifrar, llegamos a otro rincón del barrio. Allí  está casi en ruinas la que fuera la casa de Jesús de Perceval, ese lugar al que todos miramos por encima de la tapia para ver los árboles que crecen salvajes o las esculturas que decoran el jardín, pero que luego todos olvidan. Será así hasta que un día desaparezca y salte la alarma en las ‘redes’.


En plena crítica nos cogió el verdadero cronista de estos rincones cuando, con una sonrisa traviesa en la boca, nos cuenta como en los tiempos en los que el escultor de la Fuente de los Peces o del Cristo del Amor vivía y trabajaba allí, más de una vez se le ‘escapó’ alguna piedra a ese jardín. Y fue al único niño.


Y es que el Cerro de San Cristóbal acogía cual campo de batalla las guerras entre los niños de la calle Las Cruces y los de Lepanto, y claro, a la vuelta, alguna de las piedras sobrantes  llegaban al jardín al que daba el taller de Perceval. El arte siempre tan incomprendido.


Hablando de los pilones para lavar de la huerta del Tío Juan y de los Cines Imperiales y esas colas que tanto Jesús Muñoz como yo tuvimos que hacer para ver el estreno de Jurassic Park, seguimos caminando por un barrio que nos sorprende al llegar a una plazoleta excesivamente ocupada por coches para poder disfrutar de todo su sabor.


Al llegar a la Plaza Orbaneja la vista se va a la derecha, al número 14. Es un edificio diferente, de arcos apuntados y ladrillos con relieves. Es una vivienda casi fuera de contexto en un entorno en el que, a pesar de los pesares, siguen en pie algunas viviendas de puerta y ventana. Allí estaba el colegio de doña Encarnación. Ese al que José Muñoz llevaba su propia sillita para atender a las clases para saciar su curiosidad infantil. La misma que le hacía recorrer el tramo de Refugios de la Guerra Civil que conectaba esta plaza con la de Pi y Margall como si fuera un juego.


El cierre Con miles de historias que no caben en un reportaje, más de dos horas de recuerdos y presentes, llegamos al último punto de nuestro recorrido. Llegamos a la calle Las Cruces.


Allí  se para, y entre risas nos cuenta que justo en esa calle, en la que llamaban la Casa de la Cruz -porque tenía una gran cruz en su fachada- nació la peña ‘El Lento’. Es cierto que es un barrio taurino y que de niño toreó, pero no era una peña de toros. Tampoco era un punto de encuentro deportivo ni una agrupación musical. La peña ‘El Lento’ era el nombre que le pusieron al grupo de amigos que utilizaba el gran vestíbulo de esta casa para “organizar bailes” y obviamente, como su propio nombre indica, “siempre con música lenta” y seguro que con codos de por medio.  


Toca despedirse tras descubrir los rincones de la memoria, del alma, de este barrio. Cuesta volver a mirar como quien recorre a diario estas calles sin detenerme a ver los detalles de cada vivienda. Pero otros ojos me esperan, otros lugares que descubrir.


Perfil José Muñoz Ortega y Jesús Muñoz Fernández son padre e hijo. El primero es un maestro industrial que hizo de la docencia en FP su vida. Además fue el fundador del Colegio Oficial de Delineantes de Almería y poseedor de una memoria prodigiosa.


Jesús Muñoz es economista pero sin duda es mucho más conocido por su labor como escritor y su defensa del almeriensismo.
Ambos han nacido y crecido en el barrio y son de esas personas que guardan cada detalle de su historia o de las que le cuentan en su memoria. Curiosos por naturaleza, recomiendo un paseo con ellos para descubrir hasta lo que les es desconocido.

 

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