La dinastía de los retratistas alhameños

Hubo un tiempo en la villa y corte en el que la buena fotografía eran ellos: los Calvache

Diego y José Calvache Gómez de Mercado, hijos del patriarca de la saga.
Diego y José Calvache Gómez de Mercado, hijos del patriarca de la saga.

A Diego Calvache Yáñez, un   avezado agente de seguros de la Almería uvera y minera, le ofrecieron un traslado a Córdoba como inspector Jefe de  La Equitativa, un ascenso en toda regla que el almeriense no rechazó. Había nacido en Alhama la Seca en  1849 y tras abandonar su pueblo, en el que solo contaba con unos bancales y derechos de agua en el Pantano del Pasillo, Diego decidió establecerse en 1877 en la capital almeriense, abriendo despacho como corredor de  seguros, en la calle Martínez Campos.

Sus hermanos habían abrazado, como más de un centenar de familias alhameñas en esas fechas, el camino de la emigración a las minas de La Unión, en Murcia, pero él quiso cambiar de rumbo en esa Almería en la que cohabitaban la miseria con una burguesía pujante que empezaba a amasar caudales a través de la febril  actividad exportadora.


Fue corresponsal de fletes marítimos de La Previsión y El Fenix Español y tomaba café todas las mañas en el Suizo, mientras ojeaba las noticias de La Crónica Meridional. Pero ya con una familia a sus espaldas, con su mujer Angeles Gómez de Mercado, de Laujar, y tres hijos -Angel, María y Diego- hizo las maletas y se plantó en la ciudad de los califas en 1890.  Allí se amplió la familia con dos vástagos más -José y Antonio-  intentando Diego salir adelante, aunque el número de pólizas daba apenas para alimentar a tanta prole. No quería volver a Almería con el rabo entre la piernas, ni quería favores de su cuñado,  Pío Wandosell, casado con su hermana Dolores, uno de los más acaudalados propietarios mineros de La Unión.Alguien debió hablarle, entonces, de la floreciente ciudad de Jerez, de sus vinos, de su sherry, de que las libras esterlinas corrían por las mesas de los cafés y de los casinos como  en los mercados de valores londinenses.


 Y hasta allí llegó sin pereza el alhameño con su familia, dispuesto a probar fortuna de nuevo. Abrió  una tienda de tejidos, en la calle Consistorio, en la que vendía vestiditos de organdí, mantones de manilas para las verbenas y mantillas para la Semana Santa. La casualidad hizo que fuese vecino de calle de un laboratorio fotográfico regentado por el retratista local Castillo, al que visitaba con mucha frecuencia, cada vez más embrujado por el milagro de la cámara oscura, por los vapores del  yoduro de plata y por el misterio del revelado.



 Llegó a un punto en el que era tanta su afición, que se había convertido en ayudante de Castillo descuidando su  negocio. No dudó, por eso, en poner en marcha su sueño: un laboratorio fotográfico propio. Era un negocio al alza, espoleado por la moda de las postales coloreadas con el retrato del cliente, que se pagaban a tres pesetas la media docena. Su hijo mayor, Angel, había empezado estudiar para dentista y con el tiempo se convirtió en un notable odontólogo en el Hospital General de Madrid.

Su hijo Diego fue su gran ayudante y demostró unas dotes innatas para el oficio: armaba la cámara y permanecía durante segundos aguardando hasta dar con la mejor expresión del cliente, como el portero que  se mantiene inmóvil hasta el último segundo para adivinar el lanzamiento del penalti. Fue, pues, Diego hijo, el artífice de que el apellido Calvache empezara a sonar a algo serio en el mundillo de la fotografía y con solo 20 años ganó una medalla de oro en la Exposición Internacional de Madrid de 1903, un año después de fallecer el patriarca.


Embriagado por la nombradía de su trabajo y con el apoyo de su hermano Angel, Diego dejó Jerez en 1909 para ganarse la vida en Madrid. Abrió estudio en la Carrera de San Jerónimo, frente a los leones del Congreso, compitiendo a base de esfuerzo con consagrados popes del retrato, como Fracen, Alfonso o Kaulak, y se convirtió en uno de los profesionales predilectos  de artistas como Fornarina, escritores como Galdós  y damas encopetadas, que iban a su estudio en romería a posar para la posteridad. En su tarjeta de visita decía: “se trabaja todos los días, aunque esté lloviendo”. Sus composiciones  se publicaron en las portadas de revistas ilustradas como Nuevo Mundo, Blanco y Negro y La Esfera.


Falleció pronto Diego, en  1919, con solo 38 años, y le sustituyó su hermano Antonio, el benjamín, que entonces era novillero, quien abandonó los ruedos para hacerse con el laboratorio familiar. Antonio superó a su hermano en renombre y fue escogido como fotógrafo de la Casa Real por sus afamadas láminas de Alfonso XIII y Victoria Eugenia y los retratos de matadores de toros como Joselito el Gallo, de quien era amigo personal.


Su hermano José también abrió estudio en la calle Sevilla de Madrid, con el sobrenombre de Walken,  especializándose en el retrato de actrices como Margarita Xirgú y cantantes como Raquel Meyer o Pastora Imperio.  En esos años de la bohemia, los dos hermanos estuvieron en la nómina de los pioneros del cinematógrafo en España: crearon la productora Numancia Film y  dirigieron y actuaron en películas como Currito de la Cruz, la Chica del Gato, el Niño de las Monjas, Charlot español  y Boy.


La Guerra Civil cortó por lo sano la deslumbrante carrera de los dos alhameños: José fue asesinado en 1936 y Antonio ya nunca levantó cabeza y murió en la indigencia en 1984, en un piso de la calle Atocha, muy alejado ya de aquellos días de vino y rosas.


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