Los primeros almerienses que volaron

Se creó el Aero Club Almería y se pusieron de moda los bautizos de aire

Inauguración del aeródromo de Tabernas en 1932, con el piloto Peñafiel. Gentileza de José Juan Moreno.
Inauguración del aeródromo de Tabernas en 1932, con el piloto Peñafiel. Gentileza de José Juan Moreno.

Almería fue en aquellos días un hervidero de rumores respecto al milagro de la aviación. En los bares y comercios no se hablaba de otra cosa y todo el mundo andaba expectante ante la llegada del aparato. Fue la mañana del 23 de agosto de 1911 cuando arribó, procedente de Orán, Julien Serviès con su aeroplano a bordo del vapor Turia y fueron cientos los almerienses que acudieron a los muelles del puerto para ver bajar el ingenio. Para los ciudadanos de entonces, una avioneta era como podría ser para nosotros hoy una nave marciana.


El aparato fue trasladado  hasta el campo de vuelo junto al río Andarax, donde la Comisión de Festejos, encabezada por Francisco Pérez Cordero -padre del que fue después abogado y alcalde Francisco Pérez Manzuco- había nivelado un llano libre de espacios. Almería iba a disfrutar ese verano de su primera Fiesta de la Aviación, poniéndose a la altura de las principales de España.


El contrato entre el piloto oranés y el Ayuntamiento se firmó unos días antes. El emolumento sería de 7.000 pesetas si el artefacto volaba y de 1.500 si no volaba por causas ajenas al aviador. Serviès había nacido en el oranesado francés y regentaba junto a su padre un taller de mecánica de automóvil. Hasta que se afilió a la Liga Aeronáutica y al Aeroclub de Argelia y adquirió tal pericia en el aire que se convirtió casi en un héroe nacional. Para aprovechar esa popularidad, Julien inició una gira por distintas ciudades españolas que le hicieron aún más celebre como coloso de la navegación aérea que entonces estaba aún dando sus primeros pasos.


Llegado el día de marras, una multitud “como nunca se había visto en Almería” acudió en masa al improvisado campo de vuelo, andando entre polvo y bajo un sol abrasador, en automóviles o en carruajes de la época como en una romería mariana.



En uno de los extremos del  singular aeródromo, se había improvisado un precario barracón de madera y lona, que,  a modo de hangar,  servía de cobijo al aparato y al piloto antes del vuelo. Se instaló también una tribuna donde se iban acomodando los espectadores de esa pionera exhibición, mientras la banda municipal tocaba una y otra vez pasodobles y marchas militares para amenizar la espera. Hasta que los mecánicos sacaron el frágil monoplano del hangar, modelo Deperdussin, de apenas una docena de metros de envergadura, y los aplausos iniciales dieron lugar a un silencio tenso: Serviès salió envuelto en su mono de vuelo como si se aprestara a realizar algún número de quiromancia, se ajustó los guantes, el casco de cuero y las gafas y se subió al aparato. Dio orden de arrancar el motor, mientras los ayudantes sujetaban el avión por la cola. 

Cuando el ronroneo de la máquina inundaba el campo de vuelo, el aparato inició su rodadura y, cuando nadie lo esperaba, se elevó sobre el cauce fluvial y planeó como un pájaro, ante la mirada atónita de unos cientos de almerienses que no habían visto nunca algo parecido. 


El vuelo duró 23 minutos y Serviès llegó hasta el embarcadero de Alquife donde giró  hasta volver de nuevo al río y aterrizar junto a la tribuna mientras los invitados gritaron espantados. Sonó La Marsellesa y Julien fue paseado a hombros como un torero entre vítores y aplausos. 


Se volvió a incluir en los festejos de agosto de los años siguientes la Fiesta de la Aviación, como el acto estelar del programa, por encima de corridas de toros, de tómbolas y del cinematógrafo. Volaron en el mismo campo que Servies, el  primer aviador español Benito Loygorri, en 1912, quien fue abucheado porque se negó a volar por miedo al viento reinante. Lo intentó pero aterrizó tras unos pocos metros en el paraje conocido como El Jabato.  El francés Enmanuel Helene protagonizó el vuelo en 1913 también con más pena que gloria.


Un años después el presidente de la Comisión de Festejos, Carlos Pérez Burillo, contrató al célebre Lucien Demazel -los franceses entonces dominaban la aviación- quien voló junto al propio Burillo, partiendo desde el Molino de la Torre, en el Andarax.


Al día siguiente, el excéntrico piloto fue invitado a la corrida de feria pero abandonó su localidad antes de terminar. Pocos minutos después volaba sobre el coso, haciendo piruetas acrobáticas, ante el asombro de los aficionado y del legendario torero Juan Belmonte que no daba crédito. En uno de los lances se lanzó con tal valentía sobre el redondel “que las alas del biplano rozaron las crestas de la plaza”.


La fiesta de la Aviación siguió algunos años más protagonizada por el británico Havilland en 1921, quien dio también una conferencia en el Casino. Después por el piloto Hermida y por el paracaidista Fernández Moreno, que en 1928 se lanzaría sobre la bahía desde el avión a una altura de mil metros .


El hito que marcó la afición definitiva de los almerienses llamados ‘de postín’ a volar fue la constitución del Aero Club Almería en 1930. Su primer presidente fue el Marqués de Torrealta junto a los primeros socios Antonio Fernández Hidalgo, el ingeniero Francisco Rueda, el médico Antonio Villaespesa, el consignatario Francisco Berjón y el hotelero Rodolfo Lussnigg. El Aeroclub siguió organizando las Fiestas de la Aviación y trayendo hasta Almería a consagrados pilotos.


Al poco tiempo se renovó la  directiva entrando como presidente, el coronel del Regimento de la Corona, Manuel García Malea, abuelo de la almeriense Rosa María García-Malea, piloto de combate, que acaba de ser nombrada pregonera de la Feria.


También entraron en el Aero Club  el aviador Antonio Ortega, José Plaza Gallart y Juan Díaz Aguilera. La sede estuvo en el Paseo del Príncipe hasta que se trasladó a la calle Rueda López, compartiendo edificio con la sede de la Asociación de la Prensa.

También pasaron por este club elitista Manuel Fontela, Juan de Madariaga, Tomás Zarate, Félix Huici, Luis Tornero, Carlos Torres, Trino Cuartara, Antonio Moreno y Miguel Naveros Burgos.


El Aero Club Almería tuvo una vida corta -hasta el inicio de la Guerra- pero intensa, con conferencias, verbenas, ‘bautizos de aire’ en los que volaron cientos de almerienses. Su momento estelar fue cuando en 1932 se inauguró el aeródromo de Tabernas, en junio de 1932, con el vuelo de Antonio Peñafiel, al que acudió Ramón Franco, hermano del que años después encabezaría el Alzamiento.


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