La violencia ‘silenciada’ en el fútbol modesto almeriense

Insultos racistas, machistas o agresiones: cuando el balompié saca lo peor de la gente

Imagen genérica de un juez de línea durante un partido.
Imagen genérica de un juez de línea durante un partido.
Francisco G. Luque
21:15 • 26 sept. 2022

Al hacerse público y trascender a nivel mediático en contadas ocasiones, pueden parecer casos aislados, pero lo cierto es que los insultos racistas, y de otros muchos tipos, están muy presentes en buena parte de los campos de fútbol. Si los hay en los grandes estadios, pese a las campañas de concienciación, las sanciones y las cámaras que suelen captarlo todo, imagínense lo que puede llegar a escucharse en el graderío del humilde templo de un equipo de barrio o de pueblo, sin televisiones, micrófonos o cronistas delante.



Lo ocurrido hace unos pocos días en Carboneras, donde el Roquetas 2018 denunció presuntos ataques verbales de racismo a tres de sus jugadores, por parte de aficionados locales, no es nada extraordinario, no es raro. Evidentemente, no puede decirse que pase cada jornada y en todos los lugares donde una pelota esté rodando, pero sucede muchas veces y no parece que existan medidas efectivas para evitar este tipo de comportamientos violentos en un deporte constantemente manchado por la actitud de algunos energúmenos. Y esto es algo que hay denunciar, decirlo alto y claro. No hay que dejarlo pasar, ni normalizarlo como suelen hacer los propios clubes, árbitros e incluso el ente federativo



Un buen entorno para la hostilidad



Nos tragamos en su momento el concepto de la supuesta modernización y 'profesionalización' del fútbol canterano, del provincial, con la renovación de instalaciones que pasaron de ser rectángulos de albero a perfectos mantos de verde artificial, con vestuarios nuevos y pistas de pádel. Una buena oportunidad para que estas históricas pero mayoritariamente pobres entidades de barrio pudieran llenar sus arcas. Además, era un buen reclamo para que la chavalería de la zona, una generación cada vez más pegada a las nuevas tecnologías y sin ganas de rasgarse las rodillas sobre el chinorro, se animara a defender el escudo de su barrio con todas las comodidades.



No cabe duda de que han mejorado muchas cosas, que ya los niños y niñas de estos equipos no suelen estar en manos de cualquiera, que ahora existe una metodología, una didáctica especializada, entrenadores bien formados, como educadores que preparan a los críos no solamente para ganar partidos, también para afrontar la vida con buenos valores. Pero el entorno que rodea a estos encuentros, desgraciadamente sigue siendo hostil, como hace treinta años. No ha cambiado nada en ese sentido, porque no se toman las medidas adecuadas.     



Desde mi infancia he visitado campos de fútbol de todo tipo y con el paso de los años he tenido cada vez más claro que el denominado como el "deporte rey", saca lo peor de la gente. He visto de todo. Desde el Juan Rojas, donde el 'gapo' sobre la espalda del juez de línea siempre fue una tradición, hasta un Rafael Andújar en el que hace más de una década los jugadores del Atlético Fines tuvieron que saltar el muro del campo para escapar de una paliza por parte de varios jugadores y seguidores locales. Y no, no eran ultras, eran personas corrientes, estudiantes de instituto y trabajadores, sin estar bajo el amparo de ningún colectivo extremista.  



En Los Molinos viví como la madre de un jugador corría con un paraguas directa a por el árbitro, algo similar a lo que trató de hacer aquella anciana de una conocida peña de la UDA, que saltó a la pista del Mediterráneo con la maza de un bombo para 'dialogar' con el colegiado. Suceso que no impidió a la autora de esta condenable actuación volver a dicho estadio poco después, porque encima la directiva la tenía entre algodones. En quince años como redactor deportivo, de esos a los que mandan patearse cada domingo las categorías más castizas del fútbol, son cientos los ejemplos de hechos violentos que podría citar, algunos de ellos surrealistas, como cuando un individuo tiró desde la grada en Olula del Río al perro del que tenía al lado, a Goofy, que salió volando hacia el árbitro desde una altura considerable. ¿Y qué repercusión tienen estos actos para sus autores? Absolutamente ninguna que les haga aprender.



Tolerancia cero y más educación

Mandíbulas desencajadas acordándose de los familiares de un árbitro; las venas del cuello con el mismo diámetro que el gasoducto que entra por El Alquián, para dirigirse a un negro con un tono más que despectivo; padres frustrados insultando a sus propios hijos e incluso a los niños de otros, son situaciones que, aunque no salgan en televisión cada lunes, han pasado y pasan durante el fin de semana en los cientos de partidos que suelen jugarse. Y solamente contando la provincia de Almería. Todas las personas que están relacionadas con el mundillo del fútbol lo saben, pero lleva pasando siempre y se ha convertido en una preocupante normalidad.


De todos esos, solo tienen trascendencia un pequeño porcentaje, porque parece que desde los propios clubes siempre se intenta quita hierro al asunto ante una agresión o un insulto racista en su campo, para evitar estar en la palestra mediática o hacer una bola más grande de un problema que se suele 'solucionar' por la vía rápida: silencio, dejarlo pasar y pagar la multa de la Federación, en el caso de que llegue. Pero no hay respuesta firme ante los violentos, ante racistas y homófobos, frente a padres y madres impresentables o jóvenes del barrio o del pueblo que van a liberar tensión a una grada. 


Sería necesario plantearse prohibir el paso a los recintos deportivos, y no solamente de boquilla y de cara a la galería, a todas aquellas personas cuya conducta incite a la violencia. Habría que, mejor que multar o sancionar a los clubes, que a veces es cierto que no pueden controlar la estupidez humana de otros, darles la oportunidad de hacer cursos para sus aficionados, educarles en civismo, enseñarles que se puede cantar y gritar, animar a los suyos, sin usar el insulto para atacar a futbolistas y colegiados. Todos tienen que tener claro que es un deporte, que no hay que silenciar la violencia, ni la física ni la verbal. Sea en el Santiago Bernabéu o en el Blas Belmonte, la tolerancia ante estos comportamientos debe ser de cero.


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