Qué maravilla de lluvia

Salir del área de confort es el principio de la vida, lo demás es rutina

Ha pasado lo mejor que tenía que pasar: que el primer día de verano lloviera un rato de verdad, que hubiera una tormenta y me mojara caminando tranquilamente a la vuelta de mi paseo, mi vestido se empapara y mi pelo acabara goteando mientras yo pensaba qué gusto mojarse bajo una lluvia de verano. 


Con la ola de calor, qué aburrido me parecía todo. Después de votar me fui al Goterón, una cascada ubicada en la bifurcación del río Antas, por donde baja el agua fresquísima formando una poza a sus pies, y donde me bañé escuchando a las ranas cantar. Al lado hay una gruta encantadora en la que muy bien podría aparecerse una Virgen. Me cautivaría.


En este tiempo he acabado de leer “Desgracia”, una novela que me ha mantenido angustiada hasta el final, creyendo que la desgracia iría en aumento, pero, sin embargo, el final me ha dejado todavía más desconcertada y con numerosas preguntas. 



¿Es la desgracia la falta de vínculos, la incomprensión, el egoísmo, la ausencia de empatía, la venganza? Hay tantas desgracias. Creo que fue Tolstoi quien dijo que en la felicidad nos parecemos todos, pero es la desgracia lo que nos distingue y nos diferencia. Cada desgracia es particular. 


Sé que necesito un proyecto a corto plazo, es difícil vivir sin expectativas. El año pasado por estas fechas me presenté a las oposiciones de secundaria y no me quedé en bolsa, pero ese mismo día me llamaron de la gerencia de Cáceres ofreciéndome un puesto en un juzgado y dije que sí, sin pensármelo dos veces. Salir del área de confort es el principio de la vida, lo demás es rutina. 



Esta simple anécdota me ha conducido a estar leyendo con inusitada pasión “Inés del alma mía”, la primera novela que cae en mis manos de Isabel Allende, y la circunstancia de que su protagonista naciera en Plasencia, en el siglo XVI, me ha suscitado más interés por conocer las aventuras y hazañas de esta joven extremeña en Nuevo Mundo, quien, junto a Pedro de Valdivia, otro extremeño, conquistaron y fundaron la ciudad de Santiago de Chile. 


Me la regaló Carla, con una nota suelta, escrita a mano, que decía una frase que luego me la he encontrado en el libro: “Al final, solo se tiene lo que se ha dado”. 




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