La incertidumbre de los pueblos

Esos que son abusados machaconamente por los diferentes eslóganes de las administraciones

José Luis Masegosa
09:00 • 23 may. 2022

A poco que nos adentremos en la ilustradora tarea de la observación de nuestro particular entorno es muy probable que de tan noble ejercicio obtengamos algunas conclusiones que no por relevantes resulten de nuestro agrado. Los ojos chirrían con más frecuencia de la que debieran cuando se detienen ante abominables crímenes urbanísticos, y desean las tinieblas frente a la aniquilación sistemática de la naturaleza. Tal vez, tan negativa experiencia esté motivada porque el mayor de nuestros pecados capitales es la falta de respeto por lo público, entendido como no arrojar papeles al suelo, no destrozar el mobiliario urbano o atender las normativas de urbanidad y buena convivencia, pero también es cuidar y preservar la imagen y la estética de nuestras calles, plazas y espacios del hábitat que nos acoge. Hay una mayoría de nuestros pueblos que conforman un conglomerado de viviendas sin armonía, sin gusto y, lo que es peor, carente de respeto por la tipología constructiva de la zona y de los materiales autóctonos. Claro que en nuestro país cada cual ha construido como le ha venido en gana y como ha querido porque han prevalecido los criterios de promotores, constructores y particulares. La consecuencia inmediata es que España, el segundo destino turístico más visitado del mundo no ha cuidado suficientemente la imagen que vende a los más de sesenta millones de turistas que cada año nos visitan, pues en nuestro territorio también prodigan los pueblos anodinos, con tendencia a la fealdad .Los hay para todos los gustos. Unos son grandes, con dimensiones muy amplias y su territorio ocupa amplias extensiones de superficie. Otros tienen un tamaño medio, y otros son de reducida superficie, a veces tan exigua que solo alcanzan la categoría que los define por su propia trayectoria histórica. Dicen los anales que siempre han querido tener voz propia, hablar por sí mismos, pero que no lo consiguen en todos los casos. También saben callar, sumirse en el silencio y poner a prueba su sempiterna paciencia franciscana. Los hay de interior y con litoral, con vistas y sin ellas. Unos son más complejos y conflictivos que otros. En ocasiones se sienten ninguneados, ignorados con la más cruenta indiferencia. Otras veces se saben protagonistas, atendidos y hasta mimados, cuando no el ombligo del mundo por ese frecuente hábito tan nuestro de la autocomplacencia, por esa inclinación extendida de hacernos creer a nosotros mismos que somos lo mejor de lo mejor, que más allá de las narices propias no hay nada o que lo que hay distinto a lo nuestro es peor o de ínfima calidad.



En cuanto a pensamientos e ideas, la muestra poblacional es muy amplia: Los hay de centro, de derechas, de izquierdas, conservadores y liberales, progresistas y retrógrados, avanzados y retrasados. Su existencia está sustentada por la vida que acoge, la de sus hijos y allegados.



En la inmensa galería que ocupan hay los que se muestran acogedores, hospitalarios y receptivos frente a los inhóspitos e ingratos, antipáticos y desagradables, si bien es verdad que resulta harto difícil homogeneizar y generalizar a todas las almas que cobijan sus casas y edificios. Los hay hermosos, resplandecientes, limpios, cuidados y embellecidos frente a los feos, canijos, sucios y descuidados. Los hay con más y menos servicios, con mayor y menor equipamiento, con mejores y peores comunicaciones… En unos es la cárcava predominante en el paisaje lugareño, en otros abundan los mondos y las parameras. El agua es determinante en las acuarelas naturales que enseñan su piel y sus vergüenzas. Los tonos ofrecen una rica gama que oscila por todos los colores del arco iris en una continua metamorfosis de imágenes y sonidos, de luces y de sombras. Son nuestros pueblos, esos que son abusados machaconamente por los diferentes eslóganes de las administraciones para vender su presunta gestión, aunque ésta quede reducida a un suelto de periódico o a una foto con pie.



A veces uno se cansa de ver y oír el marketing facilón, huero y manoseado de las campañas turísticas, esas que venden humo porque no hay nada que ver ni vender en esa excusa llamada turismo de interior. Para que exista ese turismo habrá que disponer de una oferta seria, competitiva y atractiva. No se puede hablar del turismo de interior como un recurso económico cuando en numerosos casos el mismo se limita a un corto paseo por nuestros abandonados municipios y a la adquisición de algunos productos autóctonos, y hasta la próxima ocasión. Son los pueblos, ése vocablo que diera título a una de las más hermosas obras de Azorín, los núcleos que atesoran mejor calidad de vida, sobre todo los pequeños, bien comunicados y menos degradados, pero que en muchos casos representan una negra realidad carente de toda perspectiva y sumida en la incertidumbre del mañana. Es la incertidumbre de nuestros pueblos.







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