La Vetusta del Sur

El principal escaparate de una provincia es su capital

En los años de mi juventud en los que mi familia vivió en el Norte de España, mis padres me inculcaron la costumbre por la cual las fiestas navideñas las teníamos que pasar en nuestra querida Almería. Así que, en cuanto mi padre cogía las vacaciones, emprendíamos el entonces duro periplo de cruzar la Península Ibérica.


Con las comunicaciones de hace cuarenta años, en ocasiones no era una tarea fácil. En el imaginario familiar permanece imborrable una ascensión al Pajares un veintitrés de diciembre, en medio de una fuerte nevada durante la que aprendimos sobre la marcha a poner las cadenas en nuestro sobrecargado utilitario. A pesar del escepticismo de los curtidos conductores asturianos que nos rodeaban, conseguimos coronar el Puerto y tras atravesar una España cubierta por un manto blanco, pasar la Nochebuena frente al Mar de Alborán.


El efecto que llegar a nuestra tierra tenía sobre mi ánimo es difícil de explicar; a pesar de que Oviedo era y es una ciudad maravillosa, impoluta y en la que disfrutaba de una vida cultural realmente estimulante, abandonar el frío, la lluvia, la nieve y el hielo y cambiarlos por una Navidad en mangas de camisa, iluminada por el sol, mientras me imbuía del expansivo carácter almeriense, era un cambio realmente gratificante. 



No era únicamente en el clima o en el ambiente en lo que encontraba diferencias.  Durante mi corta estancia en Barcelona, el profesor Roig ya me había despertado el interés por la disciplina de la geografía económica, por lo que a mi mirada interesada no escapaba el claro contraste entre la creciente pujanza que detectaba en la ciudad de Almería, impulsada por emprendedores locales y por recién llegados procedentes de toda España, frente al conservadurismo económico que impregnaba a la capital asturiana


Pasaron los años, la vida me llevó por diversas ciudades españolas, pero yo mantuve la costumbre de regresar siempre a Almería por Navidad. Independientemente del lugar desde el que viajara, al volver a mi ciudad sentía de nuevo el latido de una sociedad en crecimiento.



Pero la vida da muchas vueltas, y una vez establecido de nuevo en mi tierra de origen, ahora me toca pasar una parte de la Navidad en el Aljarafe. Así que hace ya varios años, mucho antes de la pandemia que ha agravado el problema, he venido detectando en la mayoría de las ciudades andaluzas que he tenido la oportunidad de visitar, la existencia de un mayor impulso comercial que en la nuestra. Se dice que la actividad se ha trasladado a la periferia y al entorno más cercano. Pero lo cierto es que, para bien o para mal, el principal escaparate de una provincia es su capital y si esta da muestras de cierta decadencia, no es la mejor carta de presentación.


Ampliando el foco desde la capital a toda la provincia, quizás sería un buen momento para reflexionar si hemos caído en cierta autocomplacencia. Con licencia de voces más autorizadas, los signos de que estamos en riesgo de volver a perder el carro de la historia se suceden. Y no solo porque compartamos con los talibanes afganos el dudoso hito de haber derribado en el año 2021 un símbolo de nuestra identidad, tal y como ha ocurrido con el último vestigio de la Cultura del Agua.



Habría que preguntarse si estamos haciendo lo suficiente para dejar a la próxima generación de almerienses el paraíso de nuestra juventud, y no un infierno de salarios bajos, precios altos, deterioro del medio ambiente y el patrimonio histórico-artístico, trufado de delincuencia internacional asociada al tráfico de marihuana.


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