El don nadie de los Miguelitos

Su vida constituye un ejemplarizante y vivo testimonio de honestidad, empatía y humildad

¿Cómo se puede templar el carácter del hombre, hacer a este más fuerte que el acero, firme en la desgracia, leal en la amistad y fiel en el amor?. A esta profunda interrogante responde el libro “Así se templó el acero”, de Nikolái Ostrovski, una novela que leí durante mi etapa universitaria y en la que la mayoría de los personajes concuerda con prototipos reales, en tanto que la vida del protagonista, Pável Korchaguin, un trabajador comunista, coincide bastante con la del propio escritor.


Me acaba de llegar el borrador de las memorias de Miguel Martín Olmo –aún en preparación-, un jubilado andaluz que narra todas las vicisitudes de su intensa e interesante trayectoria vital, desde su infancia hasta la actualidad. La lectura de estas memorias, a las que él apellida “de un don nadie” me ha hecho recordar aquel magnífico libro acerca de los komsomoles soviéticos. En el aperitivo del minucioso recorrido por las líneas de la vida del autor, éste nos regala un breve pero determinante relato, “El espejo”, que ha sido la chispa que ha prendido la inquietud relatora de este trabajador de múltiples quehaceres que no quiere dejar en la orfandad a las generaciones postreras de cuanto ha aprendido en carne propia.



Las vivencias de “El espejo” y los deberes encomendados por Raquel, su actual profesora de teatro, han despertado en Miguel unas inmensas ganas de navegar por sus recuerdos y regalar su propia historia.


Nacido en 1950 en el seno de una humilde familia andaluza de seis miembros apodada “los Miguelitos”, Miguel es el tercero de cuatro hermanos, y como otras muchas familias del Sur, la suya solo posee sus manos y a veces lo propio que tienen se lo expropian. Esta  circunstancia incrementa  las enormes dificultades a las que este núcleo familiar se enfrenta cada día para sobrevivir sin poder aportar nada a sus hijos, unos niños que se ven privados de una formación básica, pues a temprana edad se ven obligados a trabajar, hecho que forja un prematuro carácter que les crea plena conciencia de quiénes son y de encontrar en las personas de bien que les rodean la única posibilidad de acrecentar sus conocimientos, si bien para ello muestran siempre una plena disposición a aprender, a ser honrados y humildes.




La sensibilidad que muestra el autor nos regala en estas alusiones infantiles un retrato social de los niños de su pueblo, un lugar donde a muy temprana edad el autor, que habita en una casa cueva, ayuda a su padre a recolectar leña para venderla al panadero, experiencia tamizada de un enojoso episodio protagonizado por el dueño de la panadería, quien en un momento determinado desprecia el trabajo del progenitor. Este hecho alumbra el primer germen de inconformismo del muchacho y de su precoz espíritu de lucha, por lo que concluida la actividad el niño leñador se hace a sí mismo currante y se incorpora, aún sin edad adulta, a trabajar en la construcción.




Las cornadas de la necesidad arremeten sin piedad y nuestro Olmo engrosa la multitudinaria legión de jornaleros andaluces hasta que, junto a muchos de sus paisanos, atisba la salida del éxodo laboral a las Islas Baleares, donde siembra los mimbres del que sería su posterior y definitivo oficio: ayudante de cocina.


De vuelta a Andalucía Miguel se reincorpora a la cocina de un hotel, en el que crea la sección sindical de Comisiones Obreras. En esta atalaya le estremecen las imágenes de la huelga de la construcción de los años 70, y decide ir a más en su lucha a través de .un proceso de identificación de la clase obrera con el que Olmo nos recuerda la importancia de mantener viva la memoria para no repetir errores, aprender y combatir desde el asidero de la ideología. Y es que cuando alguien como él se reconoce como un don nadie es que es alguien con grandes valores.


La personalidad del autor está sustentada en unos valores inquebrantables que él fue haciendo suyos desde sus primeros pasos en la vida, vida infantil que nunca disfrutó porque jamás eludió las necesidades y carencias de su casa. La vida fue su única escuela y sus maestros fueron sus compañeros, trabajadores mayores que le transmitieron la esencia del mundo laboral.  


Esa actitud receptiva a la pedagogía de los compañeros ha ayudado mucho a este Olmo, de nombre Miguel, quien en la defensa pétrea de los derechos laborales pasó por una fallida experiencia como empresario de hostelería. Su espíritu inquieto y su concienciada ideología han llevado a este septuagenario a participar en la reorganización de algunas formaciones políticas. Su vida constituye un ejemplarizante y vivo testimonio de honestidad, empatía y humildad. Una imprescindible lección de vida, la de un Olmo gigante que como buen utópico nunca dejará de mirar a las estrellas, la vida de un don nadie de “los Miguelitos”. 


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